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sábado, 30 de marzo de 2024

¿Qué es la gravedad?


       Es de vergüenza que estemos en el siglo XXI y ni sepamos  siquiera qué hace que funcione la gravedad. 

      Woody Norris.

       

       Millones vieron caer la manzana, pero Newton fue el único que preguntó por qué. 

       Bernard Baruch. 


Newton y la manzana. Tomado de: https://www.esa.int/kids/es/Aprende/Nuestro_Universo/Historia_del_Universo/La_Luna_la_Tierra_y_la_gravedad


En esta entrada compartiré algunas cosas que encontré muy interesantes del libro Gravedad, de Marcus Chown. "Una historia de la fuerza que lo explica todo":

1. La gravedad genera una atracción mutua entre ti y las monedas que llevas en el bolsillo, y entre ti y una persona que esté pasando por la calle. 

2. Es tan débil que, si extendieras la mano, la gravedad de todo el planeta no es capaz de imponerse a la fuerza de tus músculos.

3. Pese a ser así de débil, es tan irresistible a gran escala que controla la evolución y el destino de todo el universo.

4. Todo el mundo piensa que atrae, pero en la mayor parte del universo empuja.

5. De no haberse "activado" tras el big bang, el tiempo no tendría dirección. 

6. Como lo dijo Einstein: es la curvatura del espacio - tiempo.

7. Se incrementa a medida que aumenta la cantidad de materia.

8. Es una fuerza universal, que intenta juntar toda una colección de partículas dotadas de masa de la forma más compacta posible, que es una esfera. 

9. Lo que provoca las mareas no es solo la gravedad, sino las diferencias en gravedad. 

Las matemáticas son el idioma balbuceante y pueril que tenemos los mortales, y sin embargo, es lo mejor que tenemos para comprender el universo, y en este caso la gravedad. 

 

viernes, 29 de marzo de 2024

La peste

Hace cuatro años que la vida en el planeta cambió. Sucedió algo que nadie imaginó. Un virus que nadie conocía, vino para quedarse. Nuestra vida como la conocíamos, cambio 180 grados. Ahora somos otros. 
Pero a inicios de este año, me encuentro con un libro que se llama: “la historia de los perdedores”, uno de los mejores libros que he leído. Este libro me remite a otro, cómo pasa siempre con los buenos libros. Este libro se llama: “ el diario de la peste”, de Daniel Defoe. Y yo me pregunto… ¿qué hago leyendo un libro relacionado con la peste, una enfermedad que ocurrió sobre el siglo XVII y que se convirtió en pandemia? ¿Acaso no me bastó vivirla en carne propia, para dejarla atrás y continuar con mi vida? Y no contenta con esto, cae en mis manos otro libro relacionado con la pandemia de COVID, “el árbol de  Guayacán” de Dany Alejandro Hoyos, alias “el Suso”.
Estos tres libros y mi historia personal, hacen que mi deseo de escribir fluya, así como mi necesidad de ser leída. 
Cada quién tiene su propia historia, relacionada con la pandemia. Cada uno vivió lo bueno, lo malo, nuestros hábitos cambiaron. Durante la pandemia, creímos que íbamos a ser más empaticos, que ahora si no habrían más guerras, que íbamos a cuidar más el planeta, que nos íbamos a ayudar los unos a los otros… y qué pasó…? Nada… absolutamente nada…después de cuatro años, seguimos siendo los mismos, con todos los defectos, con nuestros egos, la deshumanización…  acaso no aprendimos de nuestros errores?
Así de rápido olvidamos lo que pasamos hace cuatro años… los seres queridos que dejaron de existir… como mi padre que murió por culpa de ese virus… como que se nos olvida… así como la historia… que tendemos a repetirla. 

Ahora que leo el diario de la peste, recuerdo cómo hace cuatro años, vivimos todo lo que se nombra en aquel libro. Las desesperanzas, la melancolía, la soledad, la tristeza, la indefensión, la falta de resilencia, la incomodidad. Lo que era tan común como ir a la tienda, o sacar la basura, se volvió en una salida para poder respirar, mirar el mundo como era y no cómo queríamos que fuera. 
Tales cosas que sucedieron en el pasado, cómo la peste bubónica, el COVID, la peste negra, etc… nos deberían haber dejado una gran enseñanza, pero al parecer todo sigue igual, el mundo sigue igual… a mi modo de ver no aprendimos nada. 
Solo me queda la pregunta, ¿aprendimos al menos a ser más resilientes, más humanos, más personas? 


domingo, 13 de noviembre de 2011

CON SENOS Y CON SESOS

Ella se encontraba un día como cualquier otro, en una ciudad como cualquier otra, a una hora como cualquier otra, con personas alrededor que miran sin ver y escuchan sin oír. Esta ciudad como ninguna otra, caos, desesperación, ganas de huir, pero aún aquí, sin poder creerlo, sin poder huir.
Se encontraba en aquel día como cualquier otro, lleno de caos y desesperación, con rostros confundidos, preocupados, letárgicos, con ganas de correr, de reír, de soñar.

Pero allí estaba con ganas de soñar, de vivir, de amar, cuando se acerca un hombre como cualquier otro, de esos que se cuentan dentro de los siete mil millones que estamos aquí, alto, simple, sin mucho que contar, solo existía, pero para quién, para ella, solo para ella, en ese momento solo existían ellos dos, todo se desvanecía a su alrededor, no existía nadie más, ni el bullicio, ni los niños, ni Dios, solo ellos, ellos dos como uno solo.

¿Cómo el destino los había encontrado, o era acaso coincidencia, o el universo lo había planeado...? No... Eran ellos, solo ellos dos, como uno solo. Aquel azar, aquella tarde, aquel día lluvioso, como cualquier otro, que delicia, que armonía, todo era hermoso para ellos.
No se miraban, solo ellos lo sabían, entendían que eran el uno para el otro, pero no podían hablar, tenían miedo, ese miedo que no nos deja seguir, que no nos deja actuar, maldito miedo, pensaban tal vez.

Cada uno con su miedo, trataban de acercarse con el movimiento, pensando o actuando como si fueran cosas de la física, que sus cuerpos trataban de quedarse donde estaban, tratando de pasar desapercibidos, que el otro no lo notara, pero cada uno lo pensaba, lo intentaba, lo lograba, lo soñaba, su cometido, acercarse más y más.
Sus manos se rozaban poco a poco, milímetro a milímetro, cada segundo contaba, cada respiración, cada movimiento era una forma de acercarse, sus manos sudaban, se encontraban, se soltaban y volvían de nuevo...
Sus miradas se cruzaban con miedo, se iban, venían, con el movimiento... maldito miedo que nos aturde, que no nos deja actuar, pero allí estaban, juntos, inseparables, unidos por las circunstancias, él salía de su casa a esa hora, ella también, necesitaban el mismo autobús, ¿Quién lo diría? nadie lo puede asegurar, eso de las coincidencias, del azar.
Repasaban las estaciones y cada vez su confianza aumentaba, se sentían como uno solo, no les importaba el miedo, se había ido, pero aún quedaba parte de este, que no los dejaba hablar, miradas cruzadas, destinos marcados por las coincidencias del ahora y del después, allí estaban en la ciudad que nunca duerme, que nunca sueña, que nunca despierta, esa ciudad de millones, en donde solo importan dos, esos dos más unidos que nunca, más enamorados que nunca, sin decirse nada, solo tocaban sus manos, sus dedos se movían suavemente, sin saber que pensaba el otro, con miedo al fracaso, con miedo a ser rechazado.


Y pasaba el tiempo tan rápido que ni se daban cuenta del tiempo, del ahora, de sus asuntos, de su dirección, de su motivo en el mundo, nada de eso importaba, por unos minutos se olvidaron de todo, o al menos eso creía ella, y sus manos seguían tocándose tan suavemente, tan delicadamente, tan profundamente, eso parecía amor; amor?
Pero qué es el amor, un sentimiento, un lugar, un momento, para ellos lo era ese momento, y que momento, que momento tan especial, que momento tan lindo, tan puro, tan mágico...
Se acercaban cada vez más al lugar de destino, y cada vez el miedo se desvanecía, sus miradas cruzadas, sus manos más cerca, sus cuerpos más cerca, sin hablarse aún, el miedo, ese miedo que no nos deja actuar, ese maldito miedo...
Y como todo lo que empieza termina, así fue, ella pudo soltar unas palabras, cuantas veces las había dicho antes, pero no le salían, su cuerpo temblaba, su garganta no respondía, su respiración aumentaba, sus palpitaciones descontroladas, como queriendo desaparecer su día, su día lleno de tareas, aquella tarde, aquel día, en aquel autobús como cualquier otro, sin nada que esperar cuando se levantó esta mañana, pensando que iba a ser como cualquier otro, pero no, ese día no, para ninguno de los dos lo era.
Ella pudo decir con mucho esfuerzo - aquí me bajo- sin más ni más.... llegando a su destino y él aún con su mano encima de la de ella, sudorosa, sin poder decir nada, se miraron, y él sin querer soltarle su mano, esa parte de ella, que para él lo era todo, su aroma, lo único que le quedaba de ella, para siempre tal vez.
Se abrieron las puertas, y el tiempo que es relativo, se pasaba tan rápido, ella bajó, sin despedirse, sin mirar atrás, sin más ni más... así como sin importancia, se bajó del autobús, sin decir más, en ese día tan normal para todos, pero no para ellos dos.
Sin mirar atrás, sin pensar si quiera en mirarlo por última vez, sin pensar que él se bajaría con ella. Ese miedo que nos deja actuar, el maldito miedo, ese miedo que no los dejó ni hablar, ni correr, ni mirar, ese miedo que lo dejó petrificado allí, sin poderse mover, sin poder decirle nada, miedo, ese miedo.
Y ahora qué, de nuevo en el mundo real, el sueño había terminado, para siempre, nunca más se volverían a ver, nunca más volvería a tocar sus manos, a soñar con que eran el uno para el otro, sin pensar en nada, sin saber nada, solo importaban ellos dos, cuando el destino o el universo los había unido, ese día como cualquier otro, esa tarde como cualquier otra, ese bus como cualquier otro, que para ellos no se repetirá, y todo por el miedo... el miedo a actuar, a vivir, a soñar.

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