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martes, 8 de noviembre de 2016

La Rebelión en la Granja... y sus semejanzas eternas

Rebelión en la Granja, o Animal Farm (por su nombre original en inglés) fue escrito por George Orwell en 1945.

Libro en PDF

Como no se trata de hacer una sinopsis o un resumen, puesto que de eso está plagada la red, solamente quiero compartir un par de experiencias al haberme encontrado con este libro. 

Lo primero que hay que decir, es que sin duda, se empieza a leerlo como si se tratara de alguno de los cuentos de los hermanos Grimm, donde los animales hablan, sienten  y piensan como humanos... pero es aquí, en el pensar como humanos, donde empieza a distanciarse de los Grimm y se asemeja peligrosamente a las intrincadas realidades políticas, primero de la situación comunista en la que estaba enmarcada en su época y, solo por mencionar un ejemplo, de la actual situación en Venezuela.



La historia se enmarca en algo que se llama "Distopía" (ésta es una palabra que no conocía y que curiosamente, me la enseñó una angloparlante con quien trabajo). Este término se refiere a ese momento cuando las utopías fallan y se convierten en algo mucho peor que lo que trataban de cambiar. De nuevo, me huele a Venezuela.

Por último, el libro Rebelión en la granja, es una lectura divertida, corta y crítica, que invita al lector a reflexionar sobre muchos aspectos de la realidad política de nuestros países, y que definitivamente, no perderá validez y relevancia en un buen tiempo. 

(Este texto fue escrito el 8 de noviembre, día de las elecciones en Estados Unidos, y no sabemos si el próximo Cerdo Napoleón sea elegido hoy).  



viernes, 20 de marzo de 2009

Escritor invitado: Declaración Universal de los Derechos de los Niños a escuchar cuentos

Cortesía: Biblioteca Infantil "Juan Sábalo" Universidad Surcolombiana, Neiva, Huila, Colombia.

1. Todo niño, sin distinción de raza, idioma o religión, tiene el derecho a escuchar los más hermosos cuentos de la tradición oral de los pueblos, especialmente aquellos que estimulen su imaginación y su capacidad crítica.

2. Todo niño tiene pleno derecho a exigir que sus padres les cuenten cuentos a cualquier hora del día. Aquellos padres que sean sorprendidos negándose a contar un cuento a un niño, no sólo incurren en un grave delito de omisión culposa sino que se están autocondenando a que su hijo jamás les vuelva a pedir otro cuento.

3. Todo niño que por una razón u otra no tenga alguien que le cuente cuentos, tiene absoluto derecho de pedirle al adulto de su preferencia que se los cuente, siempre y cuando éste demuestre que lo hace con amor y ternura, que es cómo se cuentan los cuentos.

4. Todo niño tiene derecho a escuchar cuentos sentado en las rodillas de sus abuelos. Aquellos niños que tengan vivos a sus cuatro abuelos podrán cederlos a otros niños que por diversas razones no tengan abuelos que les cuenten. Del mismo modo, aquellos abuelos que carezcan de nietos están en libertad de acudir a escuelas, parques y otros lugares de concentración infantil en donde, con entera libertad, podrán contar cuantos cuentos quieran.

5. Todo niño está en el derecho de saber quiénes fueron José Marti, Hans Christian Andersen y Aquiles Nazoa. Las personas adultas están en la obligación de poner al alcance de los niños todos los libros, cuentos y poesías de estos tres autores.

6. Todo niño goza a plenitud del derecho de conocer las fábulas, mitos y leyendas de la tradición oral de su país. En el caso de los niños colombianos, éstos tienen perfecto derecho a interesarse en nuestros relatos indígenas y cuentos costumbristas, así como en toda aquella literatura oral creada por el pueblo.

7. El niño también tiene derecho a inventar y contar sus propios cuentos, así como modificar los ya existentes creando su propia versión. En aquellos casos de niños muy influenciados por la televisión, sus padres están en la obligación de descontaminarlos conduciéndolos por los caminos de la imaginación de la mano de un buen libro de cuentos infantiles.

8. El niño tiene derecho a exigir cuentos nuevos. Los adultos están en la obligación de nutrirse permanentemente de nuevos e imaginativos relatos, propios o no, con o sin reyes, largos o cortos; lo único obligatorio es que éstos sean hermosos e interesantes.

9. El niño siempre tiene derecho a pedir otro cuento y a pedir que le cuenten, hasta un millón de veces, el mismo cuento. 

10. Todo niño tiene derecho a crecer acompañado de las aventuras de RinRin Renacuajo, del Pastorcito Mentiroso, las clásicas Caperucita, Cenicienta y Blanca Nieves; del Colorín Colorado de los cuentos y del inmortal "Había una vez...", palabras mágicas que abren la puerta de la imaginación en la ruta hacia los sueños más hermosos de la niñez.

sábado, 7 de marzo de 2009

De la basura de las cadenas

Recientemente recibí un correo en cadena (FW) que verdaderamente me llamó la atención. Generalmente tiendo a ignorarlos y eliminarlos sin siquiera verlos, pero éste me gustaría compartirlo con el lector.

Ésta es solo la primera entrega:

Es la historia de una niña.

En el funeral de su madre, vio a un hombre joven
que no conocía.

Es fantástico, el hombre de sus sueños.

Es el amor a primera
vista, cae irremediablemente enamorada.

Unos días más tarde, la chica mata a su
propia hermana.

Pregunta: ¿Por qué razón ella mató a su hermana?

No vaya muy rápido, más abajo está la respuesta completa.

Piense en primer lugar a su respuesta de la pregunta.

Respuesta: Ella tiene la esperanza que el chico estará de nuevo en el funeral.

Si usted responde a la pregunta correcta, usted piensa como un sicópata.

Esta prueba fue utilizada por un famoso sicólogo para determinar si una persona tenía una mentalidad de asesino.

Muchos asesinos en serie han sido sometidos a esta prueba correctamente y responden a la pregunta.

Si no encuentra la respuesta correcta - tanto mejor para usted.

Si sus amigos la responden, le recomiendo los mantenga a distancia...

miércoles, 23 de julio de 2008

6 de noviembre

Carlos Mario* cuenta ya con 22 años, orgulloso hijo de un militar colombiano de muchos años de experiencia, quiere seguir los pasos de su padre. Terminó el bachillerato hace unos años y después hacer una carrera técnica aspira a entrar a las filas para emular la exitosa vida militar de su progenitor.

Aunque para el hijo de un militar no debe ser dificil el ingreso a las filas, algo hizo que el proceso esta vez se entorpeciera, un papel más y un documento que faltó, una palanca que no funcionó. En estos trámites, Carlos Mario tuvo que viajar hacia el centro de la capital, más específicamente, a la notaria tercera, en la carrera 8 con calle 12, muy cerca de la Plaza de Bolívar, una de las manzanas más históricas de la República. Una vez finalizado el proceso de sacar copias de un registro civil, Carlos Mario se dirige hacia el sur, hacia el Palacio Liévano, en la mencionada plaza, solo porque alguna vez alguien le dijo que por allí cerca vendían almuerzo corriente muy bueno y muy barato, tal como nos gusta a los colombianos.

Cuando este joven se acercó a la esquina sur occidental del Palacio de Justicia, un anciano indigente se le acerca, le pide una moneda y ante la negativa del muchacho, le dice:

"No sabes cuál es el origen de tu vida, no sabes cuán verdaderamente grande es tu padre, no sabes nada!"

Muchos podríamos pensar que personas como éstas, con sentencias como éstas, no reportan mayor importancia en una ciudad donde la población crecre en cifras alarmantes y la línea de miseria le sigue los pasos de cerca. Sin embargo, Carlos Mario notó algo raro en este sujeto... debajo de su ropa maltrecha tenía un pantalón, viejo sin igual, color caqui, como aquel que usaba su padre, pero además este pantalón venía acompañado de unas botas militares que habían perdido, hace mucho, su brillo. El joven reconoció en esas botas, unas similares que su padre guardaba como una requilia sagrada de algo que había sucedido cuando el estaba por nacer, o talvez, ya había nacido. ¿Quién podría recordarlo con exactitud?

- ¿Quién es usted? ¿Por qué usa esas botas?

- Éstas eran mis favoritas, y lo siguen siendo, las use ese día cuando tu madre te trajo al mundo, muy cerca de aquí.

- jajaja - La sonora risa del joven, le hizo entrar en confianza. - Yo nací en Pereira, mi madre vivía allá y mi papá estaba en un batallón aquí en Bogotá.

- Tu padre no lo conocí, pero sé que nunca fue militar y tu madre... tu madre fue una heroína.

El joven quedó perplejo pero en pocos segundos creyó comprender que todo era un desvarío del viejo.

- Sí, el suboficial Vega se la daba de valiente, pero nunca supo lo que fue ser un héroe.

Al escuchar el apellido de su padre y el que él mismo portaba, Carlos Mario sintió como un escalofrio hizo chocar sus piernas.

- ¿Cómo sabe de él? ¿Quién es usted? - Repitió cada vez más nervioso.

- Mi nombre es Fernando Gámez*, era soldado raso del Batallón Charry Solano, cuando el M-19 se tomó el Palacio, por aquí mismo entraron esos hijueputas. - Dijo señalando la entrada del sótano en el costado occidental de Palacio.

Carlos Mario no supo más que decir, con su vista pidió al anciano que continuara hablando.

- Tu madre se llamó Ana Rosa Castiblanco Torres **, era empleada de la cafeteria de Palacio, ese 6 de noviembre, día de tu cumpleaños. Yo mismo saqué a tu mamá de Palacio. Cuando salí con ella en hombros por la puerta principal, un coronel del ejército nos obligó a subirla a un camión, diciendo "Ojo, con esta malparida, ésta es especial"... Yo mismo la vi, escondida entre los baños de la cafeteria, no era especial, no era guerrillera, era una simple empleada, además, una embarazada no se mete a una toma guerrillera porque quiere. Pero no la quise dejar con ellos, se veía muy mal con esa barriga y en el mismo camión rompió fuente.
Cuando los policías y soldados están en una misión así, creen que tienen el poder de hacer cualquier cosa. Y ese suboficial, Vega... te tomó, solo porque su señora no podía tener hijos, eso dijo, aunque después nos enteramos que había tenido dos hijos más, tus hermanos.

Carlos Mario, había dejado de pensar y sentir hacía unos minutos, simplemente observaba con grandes y esféricos ojos a aquel ser entrado en desgracia. Su historia, por más loca que pudiera ser, era también posible. Su padre se decía a sí mismo, héroe de Guerra por participar en la Retoma.

-Cuando quise denunciar todo lo que estaba pasando, lo que pasó con tu mamá y con los otros desaparecidos, los de arriba me mandaron callar. Por cosas del destino pude salir, no lograron ajusticiarme y hoy, no tengo identidad, no tengo documentos, no tengo servicios de salud ni menos, una pensión de las F.F.A.A. simplemente hago lo que puedo para sobrevivir.

Sin decir una palabra, Carlos Mario sacó un billete de 20 mil pesos y se los dio a Gámez. Dio media vuelta y regresó a casa en un tiempo récord, allí saludó a su madre con un lapidario:
¿Quién soy?

Se trata de Ana Rosa Castiblanco Torres, auxiliar de cocina en la cafetería del Palacio. Ella fue conducida a la Escuela de Caballería, y allí, aún en las angustias del parto, fue obligada a brincar del camión. Luego la llevaron hasta las caballerizas donde la sometieron a torturas hasta quitarle la vida. Para desaparecerla, su cadáver fue lanzado a una fosa común como una N.N (ningún nombre), a pesar de que los oficiales que la secuestraron sabían cuál era su identidad. El Ministerio de Defensa Nacional fue condenado por este crimen el 12 de diciembre del año 2007.

(El Palacio sin máscara - Germán Castro Caycedo)
La anterior es una historia ficticia basada en un hecho de la vida real, cualquier parecido con nombres u otros hechos reales, es coincidencial. Éste es un homenaje a las víctimas inocentes de la fatídica Toma del Palacio de Justicia, ocurrida el 6 y 7 de Noviembre de 1985.

* Nombre ficticio
** Nombre real

sábado, 7 de junio de 2008

Los niños del conjunto

Tercera entrega
El asunto ya había aparecido en los noticieros a nivel nacional, el colegio estaba en la mira de la opinión pública y las directivas trataban desesperadamente de tomar medidas al respecto. Los profesores habían sido avisados de tratar el asunto con mucha precaución y sobre todo, de buscar algo de indicios para establecer el porqué de la muerte de estos dos estudiantes del grado séptimo.

Fernando, en un espacio entre clases, se encontraba tomando café con la vista perdida a través de la ventana que daba al parqueadero del colegio.

-Lo más triste es que esto va a seguir – Le interrumpió la pesada voz de Justo, el profesor de sociales de bachillerato.
A pesar de haber pensado en lo mismo, Fernando notó algo extraño en las premisas de su colega.
- ¿Por qué, profe? ¿Sabe algo?
- No, si no que digo que los muchachos son muy curiosos y con algo como esto que pasó, les puede dar ganas a otros de hacer lo mismo… y es que salen con unas cosas ahora, estos jóvenes.
- ¿Cosas? ¿Cómo cuáles? – preguntó Fernando con la inquietud creciendo en su interior.
- Pues con todas esas cosas de grupos y ropas y música y esas vainas que se inventan. Respondió ensimismado en su empanada, el profesor de sociales.

Al atardecer, la línea de emergencia de la policía recibía una llamada desde el conjunto cerrado contiguo al colegio, a dos y tres cuadras de las urbanizaciones donde habían sucedido los hechos hace tres y cinco días.

Flor Alba, una profesora de sesiones particulares de baile, decidió llamar a los padres de Paula Martínez, de once años de edad, porque la niña no había llegado a la clase, como acostumbraba hacer todas las tardes después del colegio.
Cuando el señor Carlos Mario Martínez, dueño de una microempresa de juguetes, recibió la llamada, de inmediato buscó comunicarse con su exesposa, quien estaba a cargo de su hija ese día. Ella no respondió el teléfono porque al parecer, había salido del apartamento. Ella nunca lo hacía con Paula, porque uno de los compromisos pactados en la separación, era la asistencia de la niña a estas clases.

Al no poder comunicarse, decidió ir hasta el apartamento, ubicado en el tercer piso del bloque 1. Carlos Mario entró y recorrió con la vista la sala-comedor, la cocina, los cuartos y el patio de ropas; sólo cuando llegó al baño, encontró a su pequeña hija recostada contra el inodoro, totalmente pálida y con su ropa destrozada. Su inerte rostro reflejaba una lucha desesperada contra ella misma. El interior de su estómago se dispersaba por el suelo en multicolores sustancias… apenas bañadas, de vez en cuando, con un líquido de tono ocre sanguinolento que al parecer, había perdido su capacidad de coagularse.

viernes, 30 de mayo de 2008

La noche de la Alianza Nacional

Segunda entrega (final): Las culpas

En el histórico sector de Grassmarket, se tiene una hermosa vista del Catillo de Edimburgo, coronando la peña que recibe el nombre de Castle Rock y al que se tiene acceso a través de la Calle de los Príncipes, un sendero que sube la peña rodeado de árboles y desde donde se obtiene una gran perspectiva del río.

El presbítero había sido abordado por dos caballeros de la corte de Carlos I, que sin ningún tipo de violencia, lo tomaron de los brazos y sin decir palabra, lo condujeron hacia el castillo.
Ernest no musitó palabra; había llegado el momento de comprobar si los rumores que circulaban en las lóbregas calles de Edimburgo, eran ciertos. Al parecer, aquella firma en el documento rebelde, era el tiquete de ida a las mazmorras del Castillo, el problema estaba en el de regreso.

Era el año de 1638, antes de Mount Mills, 7 firmantes habían desaparecido misteriosamente, o talvez no había tal misterio, el secreto a voces indicaba que el Rey estaba destrás de todo esto.

Al entrar al oscuro recinto, se acabó de repente la amabilidad de los guardias. Al tenerlos plenamente identificados, después de hacerlos entrar ya no había riesgos de equivocaciones. Entre insultos fue conducido a una húmeda celda donde un bulto oscuro en un rincón, era todo lo que rompía la monotonía gris de los muros.

Al ser dejado allí, Ernest se dirigió inmediatamente hacia el lugar donde reposaba aquel montículo envuelto en telas azules o negras, no se distinguía bien por la oscuridad. Al acercarse, el presbítero descubrió que se trataba de un saco, burdamente cosido a partir de una túnica religiosa... A pesar de forzar su mente, no logró determinar a qué comunidad pertenecía: los monasterios era algo que abundaba en Europa. Este saco estaba completamente lleno de huesos humanos, principalmente cráneos y fémures, lo que indicaba que el manejo de los cuerpos de los prisioneros, no era precisamente el más ortodoxo: sufrían mutilaciones hasta después de muertos.

Ernest contempló este frío panorama con aparente calma. Había tenido tiempo de digerir y entender cuál sería su destino por haber sido parte importante del documento de la Alianza Nacional. Ahora, se resignaba a esperar la muerte.

La noche llegó rápido, la oscuridad era directamente proporcional a los gritos que emanaban de las celdas contiguas. Pero así como aparecían de un momento a otro en la noche, así mismo se dispersaban, solo para aparecer de nuevo, pero esta vez más cerca y en otra garganta. No había duda, la noche de la Alianza Nacional había llegado.

Cuando Ernest perdió el conocimiento, sintió que en ese dolor terminaría toda la hazaña de la Alianza; no sospechaba que apenas empezaban los 40 años que duró esta persecución. Cuando ese día de 1679, más de 1200 aliados, entre presbiteros y laicos, sufrirían las mimas torturas y asesinatos que el pacto había conjurado desde el comienzo.

Hoy, en el Grassmarket, en Edimburgo, existe un pequeño recuerdo de lo que fue la Gran Matanza. En el Castillo de Edimburgo, se puede visitar una pequeña exposición.

viernes, 23 de mayo de 2008

La noche de la Alianza Nacional

Primera entrega: La firma

Cuando Ernest Mount Mills despertó esa mañana, sintió un extraño presentimiento recorrer su espinal dorsal. El sol alumbraba con una tibieza envuelta en niebla a una ciudad escocesa que había visto pasar por sus calles, grandes momentos que habían definido el presente del país: Edimburgo.

Hacía unos meses, Carlos I de Inglaterra había intentado introducir en Escocia, el nuevo libro de oraciones que era basado en el modelo inglés y por supuesto, Ernest sabía que todo lo que venía de Inglaterra quería introducir el Anglicanismo en un pueblo fuertemente Presbiteriano como era el escocés.

Ernest contaba ya 65 años y su ferviente vida religiosa le había valido un lugar en las altas esferas de su iglesia Presbiteriana. Ésta es una iglesia episcopalmente independiente y era gobernada por presbíteros, que en griego significa literalmente ancianos.

Mount Mills había visto cómo misteriosamente habían desaparecidos de sus hogares, decenas de compañeros suyos, contradictores, como él, del gobierno despótico del débil y enfermizo rey inglés, que debido a una serie de alianzas fallidas con otras monarquías europeas, no tenía definido un claro horizonte religioso para el Reino Unido.

Aquella mañana, Ernest recordó, con cierto desagrado, ese texto que él mismo firmara meses atrás en la iglesia construida sobre lo que quedaba de un monasterio franciscano. Ese documento donde él y otros presbíteros que conformaban la llamada Alianza Nacional, juraron defender la independencia de su iglesia escocesa, de la tiranía de la inglesa. Un documento que incitaba a sus creyentes a la rebelión total en contra del Rey Carlos I y de su ministro en asuntos religiosos, un señor de apellido Laud.

Sabía que su firma, estampada en aquel documento, habría de traerle problemas, pero eran concientes de que estaban dispuestos a asumir esos problemas, por el bien de su causa. Los que ya habían desaparecido, eran firmantes también y sus nombres estaban escritos con anterioridad en la lista, así que si el rey siguiera ese orden, pronto sería su turno. Una especie de miedo y ansiedad se apoderó de sus debilitados huesos.

Como pudo se levantó de su cama, lavó su cara y se acomodó una túnica negra de cuello blanco, como acostumbraba hacer. Los oficios religiosos le esperaban y una pequeña cantidad de fieles le aguardaban en frente al recinto que servía de templo: una casa no muy grande de claro estilo inglés, un poco contradictorio pero que no se presentaba como una ironía digna de hilaridad, bien al contrario, pasaba desapercibida por los habitantes de este sector de Edimburgo.

El de hoy era un rito de bautismo, uno de los sacramentos más importantes según el credo presbiteriano y muchos jóvenes aguardaban con gris y parca ansiedad, su ingreso oficial a la iglesia de sus padres. Ya todo estaba dispuesto.

Al salir de sus aposentos, Ernest se vio frente a frente con lo que pensó, era la imagen de la muerte hecha humanidad, sin embargo, su larga experiencia en la vida le había enseñado a no perder la compostura en ningún momento, sea cual fuere.

- Míster -Increpó la anciana con sus ojos grisáceos dirigiéndose a dos lugares diferentes al mismo tiempo - Cuando descubra que el león viene por usted, no se entregue a la cruz... mejor... escúpala y las garras le dejarán ir.

Más allá de lo dicho, fue la atmósfera y la repugnante y maloliente anciana, lo que le habían revuelto las entrañas. Sin embargo, con un esfuerzo, esbozó una sonrisa socarrona y dejó de lado a este ser, salido al parecer, de los cuentos de M. R. James.

Este asunto quedó olvidado en la memoria del presbítero cuando frente a su templo, notó a dos señores que no eran fieles de su iglesia, al menos eso pensó Ernest ya que siendo pocos los recordaría a todos fácilmente. Supuso que pasaría lo que habría de pasar y nada más.

El Presbiterianismo dice que la predestinación es un dogma del que nadie se puede salvar.


El anterior es el primero de una serie de relatos de ficción histórica, lo que es decir, narraciones imaginarias fuertemente ligadas a hechos históricos reales.

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