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jueves, 19 de junio de 2025

Turismo con filtro: entre la historia y el decorado

Un viaje entre lo auténtico y lo escenográfico, donde las fotos perfectas a veces esconden relatos imperfectos.

Hace unos años, conversando con algunos conocidos sobre Reto Colombia, me preguntaban:

—¿Por qué no te tomas las fotos con los avisos de letras gigantes en lugar de la iglesia?

La verdad es que, cuando empecé el reto, la mayoría de los municipios no contaban con un aviso de letras llamativas en la plaza, hecho de concreto, piedra o metal. De hecho, incluso hoy en día no existe una uniformidad en este sentido, y muchas poblaciones todavía no disponen de ese punto “fotografiable”.

Avisos como el de Mesetas, Meta, en enero de 2025. Fuente propia.

Pero en realidad, la respuesta que siempre doy es que no hay un lugar tan auténtico y único como la iglesia central de cada municipio. Un poco de historia, algo de arquitectura, fe —por supuesto—, pero, sobre todo, autenticidad. 

Parroquia de la Inmaculada Concepción, en Cepitá, Santander. Fuente propia.


¿De qué hablamos cuando hablamos de turismo?

Siento, precisamente, que es la autenticidad lo que convierte a un sitio turístico en algo valioso y patrimonial.

Seguramente hemos escuchado sobre los distintos tipos de atractivos turísticos, y podríamos fácilmente aventurarnos a crear una lista de ejemplos, basada en nuestras propias experiencias: podemos pensar en el turismo de aventura, con lugares como el Cañón del río Güejar, tan de moda ahora, o el Cañón del Chicamocha, tan de moda siempre; el turismo religioso, con destinos como el Santuario de Las Lajas o la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá; y el turismo cultural e histórico, como La Candelaria en Bogotá o San Francisco, en Mompox. Cada uno de estos destinos evoca actividades, comidas, vestimentas y una disposición distintas por parte del viajero. Y de eso, precisamente, se trata la autenticidad.

Por otro lado, el turismo —como bien sabemos— es una industria que mueve enormes cantidades de dinero y que, en un mundo ideal, debería traer progreso y bienestar a las comunidades locales. Hablamos de los famosos empleos directos e indirectos: alojamiento, restaurantes, transporte, artesanías, entre otros. Por eso, resulta comprensible que las comunidades busquen posicionar y popularizar sus destinos turísticos, con la esperanza de garantizar un flujo constante de visitantes e ingresos.

En este maravilloso contexto, llegaron las redes sociales.

Y, por supuesto, trajeron consigo un gran impulso publicitario para muchos sitios turísticos que antes permanecían en el anonimato, restringidos por el desconocimiento popular. Algo similar ocurrió con la apertura de zonas del país que, durante años, fueron consideradas zonas rojas por el conflicto armado. Aunque dicho conflicto no ha cesado del todo, al menos permitió imaginar una diversificación económica para muchos colombianos que habitan esos territorios.

Ahora bien, con la aparición de nuevos y exóticos destinos, surgió también la necesidad de "repotenciar" los ya existentes. Una verdadera marejada de alas de mariposa, alas de ángel, arcos en forma de corazón, letreros gigantes, miradores con forma de mano, casas al revés —cuento al menos tres en diferentes departamentos al momento de escribir este texto—, rodaderos o toboganes pintados con los colores del arcoíris… todo esto comenzó a aparecer en medio de verdes parajes.

Y como consecuencia, otra marejada inundó las redes sociales: miles de fotos iguales, donde solo cambia el viajero. De hecho, hay un spot turístico en el desierto de la Tatacoa que, literalmente, se llama Tatacoa Selfies.

Tomado de Caracol Radio Armenia, publicación en Instagram.


Excelente por el turismo, por la visibilidad de nuevos espacios, por los ingresos (nuevamente: ojalá para las comunidades locales). Pero no estoy tan seguro de que sea igual de excelente para la autenticidad de la experiencia del viajero.

¿Es importante lo auténtico entonces?

En foros de viajeros, existe una vieja discusión entre el supuesto turista y el verdadero viajero, con una lista de ítems que, a mi parecer, carecen de verdadera importancia: que si la selfie, que si hostal, hotel o Airbnb, que si piscina o charco natural, que si Uber o transporte público.

Tomado de Holidify.com

Por ejemplo —como plantea un artículo de Holidify.com—, hay quienes defienden que hospedarse en un hotel ofrece una experiencia más auténtica y cultural que hacerlo en un Airbnb, donde terminas trasladando tu rutina doméstica a otro espacio: cocinar, limpiar y organizar, pero en un lugar diferente a tu residencia habitual. Sin embargo, si ese mismo análisis se aplica a un hospedaje tipo hostal, con familia anfitriona incluida, entonces el hotel sería el que pierde puntos en términos de autenticidad.

Lo mismo ocurre con el clásico ejemplo de quien, al viajar, busca el McDonald’s o el Starbucks local. En últimas, termina comiendo exactamente lo mismo que en su ciudad de origen.

Entonces, ¿no sucede lo mismo con lo que he llamado “spots de turismo forzado”? Básicamente, esos sitios que han sido artificialmente creados para ser instagrameables, pero que no lo son de forma natural.

Claro, al final la experiencia debe ser disfrutada por quien viaja, así que las condiciones dependen de los gustos de cada persona. —Por supuesto, esto no aplica para el mal llamado “turismo sexual”: no, mil veces no—.

Y en cuanto a esta idea de autenticidad, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto los atractivos naturales o históricos deben “modernizarse” para seguir siendo competitivos en la industria turística?

Recientemente tuve la fortuna de visitar el departamento de Norte de Santander. En Villa del Rosario, uno de mis sueños era conocer la casa natal del general Francisco de Paula Santander —cuyo nombre, por cierto, fue el emblema de este humilde blog durante más de 15 años—.

Allí, en el marco del llamado Parque Grancolombiano, se encuentra también el Templo Histórico del Congreso, aquel que fue escenario de una de las decisiones más trascendentales de nuestra historia: la creación de la Gran Colombia, como unión de Venezuela, la Nueva Granada, Ecuador y Panamá.




Este es un buen ejemplo de lo mencionado anteriormente. Aunque la Casa Natal está allí, cualquier curioso sabrá que sus paredes no son, en realidad, las mismas que vieron crecer al joven Francisco de Paula. Tanto el templo como la casa fueron completamente destruidos por el terremoto de Cúcuta en 1875. La diferencia es que el templo no fue reconstruido —salvo su cúpula, con fines meramente simbólicos—.

Son, pero no son.

Ruinas del Templo del Congreso. Villa del Rosario, Norte de Santander. Enero de 2025. Fuente propia.

Esa tensión entre lo simbólico y lo auténtico no es exclusiva del norte del país; también puede verse en destinos icónicos del altiplano cundiboyacense.

Uno de los destinos más visitados en Boyacá es la noble Villa de Leyva, con su imponente Plaza Mayor, considerada una de las más grandes de América. Sin embargo, uno de los mayores engaños al respecto es su histriónico —aunque inconfundible— empedrado. Aunque la arquitectura de esta población es claramente colonial, con edificaciones de entre 200 y 400 años en pie, su característico y antivehicular empedrado no tiene ni siquiera un siglo de antigüedad: fue instalado a mediados del siglo XX, en un claro ejemplo de paisajismo deliberado, pero no de historia auténtica. 

No niego, por supuesto, que visitar Villa de Leyva sea siempre una experiencia increíble. 


Estas dos imágenes son de los años 60, se evidencia que la Plaza Mayor de Villa de Leyva, no tenía empedrado aún. Tomadas de Huellas de Territorio @historiatundama en X 

Para cerrar, reitero que viajar es un placer que siempre debe depender de quien lo vive: de sus gustos en hospedaje, comidas, actividades y, por supuesto, fotografías. No hay nada más valioso que una linda imagen, un bello recuerdo de ese lugar que alguna vez soñamos conocer y que, con fortuna, logramos visitar.

Al final —como en el Carnaval de Barranquilla—, quien lo vive es quien lo goza.

Abrazo viajero.

jueves, 5 de enero de 2017

Aura o las violetas

Parece ser uno de los temas que más rápidamente se convierten en populares. Bien por el gusto de los lectores, bien por la gracia y magnitud con que es escrito. Se trata de las tradicionales historias de amor que por diversas razones, se vuelven inmortales debido a su imposibilidad. Tal vez, el primer ejemplo que se nos viene a la cabeza es la magistral obra de Shakespeare, Romeo y Julieta.




En algunos casos, estos amores no solo son una historia típica de romance dificultoso sino también comparten un sino trágico: terminan en muerte. -Por eso se me hace extraño cuándo tantos adolescentes publican en redes sociales que quieren amor a lo Romeo y Julieta... o las letras de las canciones del otro Romeo (Santos)... ¿Será que no conocen que se trata de un amor trágico, nunca consumado, corto y que termina con los pies por delante?-. Divago de nuevo.   

¿Cuál es entonces el motivo de escribir este artículo sobre tan trillado tema? Solo uno: leí Aura o las violetas, de José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla más conocido como José María Vargas Vila, y llegué a estas reflexiones.

Antes de seguir, es importante resaltar que el relato de 1887, es una obra magistral de la literatura colombiana, exquisita al ser leída y repensada. ¿Qué tiene de especial? En mi opinión, es un relato fresco de unas formas poéticas dignas de ser admiradas y extrañadas en nuestros tiempos. Ejemplo de esto es que mientras avanzaba en la lectura, iba tomando lista de frases notorias y poéticas, que se presentaban cada tanto. 
"Yo no he podido dudar nunca de la existencia de Dios, porque he visto sus reflejos en los ojos de mi madre. He tenido que forjarme la ilusión de un cielo, porque lo necesito para ella."
Aura o las violetas. José María Vargas Vila

Como dato que vale la pena agregar, Aura o las violetas se convirtió, en 1922, en la primera de la fila en la interminable discusión entre si es mejor el libro o la película: Aura o las violetas dio inicio al cine colombiano (en el momento en se escribe el presente artículo, se exhibe en cartelera El Paseo 4, así que mire usted, amable lector, a dónde hemos llegado).   


Vale la pena, entonces entregarse a los clásicos, a los autores de los que alguna vez hablamos en la clase de literatura del colegio, y descubrir, a través de sus letras inmortales, por qué se hicieron parte obligada de los currículos de la lengua castellana. Seguramente reconoceremos en Vargas Vila al autor más poético de Colombia.

martes, 21 de junio de 2016

La culpa es de Daneidy

"Eh Eh Eh Epa Colombia!" es el grito que ahora se repite por doquier (entendiendo por doquier: redes sociales y su extraña extensión hacia los medios de comunicación tradicionales). Pero más allá de la moda divertida de unos y de la rasgada de vestiduras de otros, quedan muchos elementos que nos permiten llegar a las mismas reflexiones de siempre:

El país se encuentra siempre dividido en regionalismos, que bien vistos, son saludables y divertidos, pero en su mayoría de casos, (como en el fútbol, por ejemplo) se traduce en un cruce incesante de insultos que nunca terminan... y que también nunca, presentan un solo argumento de peso que le dé validez.


Las modas virales vienen y van, aparecen, duran un rato y en un corto tiempo, desaparecen. Esa es la historia de la viralidad de contenidos gracias a la tecnologías. No es algo alarmante, ni trascendental sino apenas conyuntural.  Como dicen por ahí "esas cosas pasan". 

Sin embargo, aparecen, también como efecto de esos contenidos inocuos, un algo que llamaremos "Contraviral" que responde con fiereza argumentando razones intelectuales, sociales, culturales, etc. En pocas palabras, Mamertismo viral. Igual de inocuo al contenido viral pendejo que lo originó. 




Y así mismo, un grupo de mamerticos varios, siguen con ahínco estos contravirales haciendo que de la misma forma, y con una profundidad apenas aparente, se conviertan en el otro bando. Supuestamente más inteligente, pero igual de estéril. 

En este punto, recuerdo cómo, durante la Copa América Centenario, muchos montaban su voz de protesta a través de facebook, contra aquéllos a quienes les gusta el fútbol, culpando a su amor por este deporte, por todas las cosas malas que hay en el país. 

Como dice Calamardo en varios memes:


De hecho, pocas cosas en la vida unen tanto a las personas como el fútbol (y el deporte en general), tanto así que numerosos ejemplos en la historia presentan casos muy curiosos, de cómo este deporte puede lograr unir bandos contrarios. Por supuesto, en este caso, no hablaremos de los vándalos que se disfrazan de hinchas (eso sí que te hace menos inteligente).

Aún así, los colombianos (copiado del barrismo y regionalismo de otros países) nos las arreglamos para volvernos a distanciar, incluso en el momento en el que deberíamos no tener excusa para separarnos, como cuando juega la Selección Colombia (el fútbol es uno cuando la juega la Selección y es otro cuando juegan los clubes, ¿Verdad?). 

Y ¿a qué viene todo esto? Simplemente, el cuentico de Eh eh Epa Colombia, nació a partir de allí, del fútbol y sobre todo, del juego de la Selección. Pocas cosas nos mueve tanto en la red. 

Finalmente, la idea de este texto es: 

  


Ríete de las cosas que la vida te presenta. Ríete de Daneidy y su canto. Ríete del lamento mamerto. Ríete de la vida, pero tomándola en serio. Trabaja por ti y tu familia. Mira fútbol, juega fútbol y bromea fútbol. Y si quieres hacer algo por el país, muévete y hazlo (más que publicarlo). Lo demás son tonterías.

Y no te preocupes por Daneidy. Le pasará lo mismo que a Homero "Juego Perfecto " Simpson, solamente tendrá su cuarto de hora, y según mis cálculos, ya van como 10 minutos.




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