domingo, 1 de marzo de 2026

Entre estoraques, montañas y campanarios

Relatos desde la frontera: segunda entrega

Relatos desde la frontera: primera entrega

Mucho se ha mencionado en este blog sobre la iniciativa de los Pueblos Patrimonio (Ver: El Repitente: Lo que hizo el puente Navarro - Primera Parte) y, por supuesto, ello también influyó en la elección de Norte de Santander como un destino para visitar con prontitud.

En ese panorama aparece una joya enclavada en las montañas del departamento fronterizo: un espacio que, como otros pueblos de esta red, parece haberse abstraído de la evolución urbanística y conservar la belleza y la aparente sutileza de la arquitectura colonial de los siglos XVIII y XIX. Hablamos por supuesto, de La Playa de Belén.

Las callecitas de La Playa de Belén. Fuente propia. 

La Playa de Belén es parte de la provincia de Ocaña y reconocido como uno de los pueblos más hermosos de Colombia. Fue fundado el 4 de diciembre de 1862 y elevado a municipio en 1913, consolidándose como un importante centro agrícola y cultural de la región. Su historia está ligada al desarrollo campesino y al intercambio comercial con Ocaña, conservando hasta hoy una arquitectura tradicional que le ha valido el reconocimiento como Bien de Interés Cultural de la Nación, además de ser parte de la mencionada Red de Pueblos Patrimonio.

Su casco urbano, con calles empedradas y casas blancas de estilo colonial, ofrece una experiencia tranquila y auténtica. La Playa de Belén combina historia, naturaleza y patrimonio arquitectónico, convirtiéndose en un destino ideal para quienes buscan paisajes extraordinarios y tradición nortesantandereana.

Parroquia San José, La Playa de Belén. Fuente propia.

Y si de paisajes extraordinarios hablamos, es precisamente este pequeño municipio el que alberga uno de los escenarios más increíbles y majestuosos de la geografía nacional: el Área Natural Única Los Estoraques. En honor a la verdad, su denominación es tan singular como su belleza: “Área Natural Única” es una categoría exclusiva en el país, otorgada por Parques Nacionales Naturales, la entidad estatal encargada de proteger y administrar las áreas protegidas en Colombia. No existe otra área con esta designación.

El término “estoraques” proviene, según se dice, de una planta que habría existido en la zona y que desapareció con el desarrollo humano. Hoy, al menos en Colombia, la palabra se asocia a formaciones rocosas en forma de columnas erosionadas.

Los Estoraques conforman un laberinto de columnas, agujas y figuras de roca moldeadas por el viento y el agua durante siglos, como si la naturaleza hubiera querido levantar allí una catedral de arena petrificada.

Área Natural Única de Los Estoraques. Fuente propia.

Caminar entre sus senderos es adentrarse en un territorio casi irreal, donde la luz dibuja sombras caprichosas sobre las formaciones y el horizonte se tiñe de tonos ocres y dorados. Columnas, pedestales y cuevas se convierten en espacios de contemplación, asombro y respeto, donde la tierra cuenta su propia historia sin necesidad de palabras. Tan irreal es el paisaje que sirvió de inspiración para la habitación de Bruno en la película Encanto, la misteriosa oveja negra de la familia de la que “no se habla, no, no, no”.

El sitio que sirvió de inspiración para la habitación de
Bruno, en Encanto (Disney, 2021). Fuente propia.

El regreso al oriente

En el camino que conduce de Ocaña a Cúcuta, a lado y lado de la cadena montañosa que separa la provincia de Oriente de la provincia Norte, se encuentran Ábrego y Sardinata: dos poblaciones hermanas, ambas ubicadas en valles fértiles y de temperaturas agradables, pero separadas por los caprichos de la Cordillera Oriental.

Ábrego fue fundado el 12 de marzo de 1810, en el contexto de los movimientos independentistas del entonces Virreinato de la Nueva Granada. Su consolidación administrativa se dio durante el siglo XIX, cuando fue erigido como municipio en el período republicano. Inicialmente se llamó La Cruz, pero luego recibió su nombre actual en honor a Mercedes Ábrego, vinculada a la causa independentista, quien brindó información relevante a los patriotas y ayudó a bordar el traje de brigadier de nada menos que el Libertador Simón Bolívar. Fue fusilada por el ejército español.

Monumento a Mercedes Ábrego en el patíbulo.
Parque principal de Ábrego. Fuente propia.

Ubicado en la provincia de Ocaña, al occidente de Norte de Santander, el municipio se ha destacado históricamente por su vocación agrícola, especialmente en la producción de cebolla, fríjol y café. Su entorno montañoso y su tradición campesina han sido fundamentales en el desarrollo económico y cultural del territorio.

Y, por otro lado —literalmente al otro lado de la montaña—, se encuentra Sardinata.

Sardinata fue fundada en 1876, en una zona estratégica del entonces Estado de Santander, que ya contaba con asentamientos rurales dedicados a la agricultura y la ganadería. Fue erigida como municipio a finales del siglo XIX, consolidándose como un importante centro productivo del departamento. Su nombre proviene del río Sardinata, eje natural fundamental para el desarrollo económico y social del territorio, y que, según la tradición, contaba con abundancia de sardinas en sus aguas.

Parque principal de Sardinata. Fuente propia.


Ubicada en la subregión del Catatumbo, Sardinata se caracteriza por su riqueza agrícola, especialmente en el cultivo de cacao, palma de aceite y productos de pancoger. Sus paisajes combinan zonas montañosas y valles cálidos atravesados por ríos y quebradas, elementos esenciales de su identidad campesina y cultural.

Aunque Sardinata forma parte de los linderos del tristemente célebre Catatumbo, recorrer sus calles es un plan imperdible: sus atardeceres son verdaderas poesías de color, su gente es cálida y su comida, deliciosa.

El tiempo apremia. Debemos regresar a Cúcuta, porque nos espera el área metropolitana y, por supuesto, otra de las joyas históricas del viaje: la casa natal del general Francisco de Paula Santander.

En la ruta 70 nos vemos. Abrazo viajero. 

domingo, 1 de febrero de 2026

Cúcuta y Ocaña: primeras huellas del viaje

Relatos desde la frontera: primera entrega 

Había escuchado mucho sobre este departamento, lamentablemente, en su mayoría se trataba de malas noticias: subversión, corrupción, contrabando, abandono estatal, etc. Sin embargo, y gracias también a personas que he conocido en el desarrollo de mi profesión - colegas docentes y estudiantes, particularmente-, crecía en mí el deseo de conocer este inmenso e incluso enigmático departamento: Norte de Santander. 

¿Por qué hay dos Santanderes? 

Para entender porqué hoy tenemos dos departamentos con el apellido del General, debemos volver a 1857 cuando lo que ahora es nuestro país, se organizaba como Estados Unidos de Colombia, y precisamente, después de muchos ires y venires, se estableció el Estado (primero Federal y luego Soberano) de Santander. En este territorio, se incluia todo lo que hoy son los dos departamentos. 

Luego, en 1886, la nueva Constitución nacional designó a este territorio como departamento, y ya en 1910 las provincias del norte tomaron un nuevo camino,  al separarse oficialmente, manteniendo el nombre, pero con la indicación geográfica que lo identifica. Así nació Norte de Santander.  

Cúcuta, la perla del norte


Por supuesto que este viaje debe empezar desde la capital departamental, la hermosa -aunque no lo crean- San José de Cúcuta. Una ciudad con una gran historia, muchos retos, bastante protagonismo y una ansía de futuro que se respira en cada calle.

Parque Santander, al fondo la Catedral de San José, en Cúcuta.
Fuente propia.


Cúcuta es una ciudad llena de historia y dinamismo, conocida como la "Perla del Norte". Fundada en 1733 por Juana Rangel de Cuéllar, Cúcuta ha sido testigo de importantes eventos históricos, como el Congreso de 1821, donde se redactó la Constitución de Cúcuta que dio lugar a la Gran Colombia. Situada en la frontera con Venezuela, la ciudad se ha consolidado como un centro económico, comercial y cultural estratégico para la región.

Monumento Histórico de Cristo Rey, en Cúcuta. Fuente propia.


Entre los principales atractivos turísticos de Cúcuta destacan el Parque Santander, un emblemático punto de encuentro rodeado de edificios históricos, y el Malecón, un espacio a orillas del río Pamplonita ideal para el esparcimiento y la recreación. También es imprescindible visitar la Catedral de San José, un imponente símbolo de la ciudad, así mismo, el Monumento Histórico de Cristo Rey y el mirador del cerro de Jesús Nazareno. La cercanía de Cúcuta con los paisajes montañosos de Norte de Santander la convierte en un destino que combina historia, naturaleza y modernidad.

Como toda ciudad capital grande, es importante tener las precauciones normales en cuanto a seguridad.

Siguiente parada: la histórica Ocaña

El viaje entre Cucuta y Ocaña toma entre cuatro y seis horas, dependiendo de factores como el clima, el tráfico, la geografía y sí, hay que decirlo, el orden público (aunque esto no es un factor que afecte esta vía muy frecuentemente). Este trayecto recorre Norte de Santander de oriente a occidente, y atraviesa una cadena montañosa y varios rios. Los paisajes en esta vía son espectaculares, y si lo recorren, como yo, en horas tempranas de la tarde, y tienen buen clima, podrán disfrutar de increibles atardeceres al descender hacia Ábrego.  

Los paisajes montañosos entre Cúcuta y Ocaña. Fuente propia.


Ocaña es una ciudad profundamente histórica y con una diversidad cultural impresionante. Lo primero que se debe mencionar, sin duda, es que su rol en la formación de la república, la dejó para siempre plasmada en los libros de historia. Por esta razón, el primer lugar de interés que recomiendo visitar es el Complejo Histórico de la Gran Convención (El templo de San Francisco, el Convento y la Plazoleta), en donde se desarrolló en 1828 la Convención que buscaba modificar la Constitución de 1821 -que había creado a la Gran Colombia-.

En esta edificación, que data del siglo XVII, funcionó un convento, luego un par de instituciones educativas, y posteriormente fue declarado monumento nacional. Hoy, allí queda el Museo de la Gran Convención, la biblioteca municipal y las oficinas de la Academia de Historia de Ocaña. 


Así mismo, otro sitio histórico muy relevante para visitar en Ocaña es el Museo Antón García de Bonilla, llamado así en honor de un enconmendero español que fue relevante para la fundación del municipio y que además, está destinado a cabalgar eternamente por la hermosa Calle del Embudo y la de San Luis, esto debido a haber incumpido una promesa a Santa Risa de Cassia a propósito de la salud de sus hijas (Se dice que en realidad fueron tres generaciones de García de Bonilla, siendo el último, el condenado a vagar eternamente). 

Pero volviendo al museo, podemos decir que es una hermosa casona del siglo XVII, propiedad del susodicho, y que hoy alberga una amplia colección de arte religioso, piezas precolombinas y elementos de la vida en épocas coloniales y republicanas, esto, por supuesto, buscando preservar la memoria histórica del municipio. 
Museo Antón García de Bonilla, Ocaña. Fuente propia.


Ya en la plaza principal de Ocaña, llamada 29 de mayo, se encuentra, entre otros, la Catedral de Santa Ana y la columna de la libertad de los esclavos, ambos sitios significativos y con una importancia histórica y cultural considerable. 

Frontis de la Catedral de Santa Ana, Ocaña. Fuente propia.

La plaza recibe su nombre de la fecha en la que se creó la Provincia de Ocaña en 1849, como parte de la entonces República de la Nueva Granada, para unos años después, convertirse en parte del Estado de Santander -del que ya habíamos hablado. 

La Catedral de Santa Ana data de 1576 y es sede de la Diócesis de Ocaña. En cuanto a la Columna de la libertad de los esclavos, hay un inmenso valor histórico y es que se trata de la única pieza física existente que conmemora la abolición de la esclavitud, de manera definitiva, por la promulgación en 1851 de la ley abolicionista por parte de José Hilario López, el entonces presidente. Esta columna fue erigida ese mismo año.   

La Columna de la Libertad de los Esclavos. Ocaña. Fuente Propia. 

Tuve también la fortuna de visitar el Santuario de Nuestra Señora de las Gracias de Torcoroma, más conocido por los locales como el Santuario del Agua de la Virgen. Se dice que allí, en 1711, se apareció la Virgen María a una humilde familia campesina que buscaba madera. Este Santuario es un lugar hermoso, rodeado de naturaleza y con un ambiente sacro que verdaderamente llega al alma.

Santuario de Ntra Sra de las Gracias de Torcoroma, Ocaña. Fuente propia.

Y nada mejor que terminar el día con una vista espectacular: el atardecer ocañero desde el Cerro de Cristo Rey, con una estatua de más de 6 metros de altura, y desde donde se puede disfrutar de un panorámica de Ocaña, mientras el sol se oculta tras las montañas de Norte de Santander. 


Monumento de Cristo Rey. Ocaña. Fuente Propia.

Atardecer en Ocaña, desde el Cerro de Cristo Rey. Fuente propia. 

Tip: En Ocaña, hay que probar la famosa arepa ocañera. Vayan con hambre, es bastante llenadora. 

Agradecimiento: Jennifer Castro, exestudiante y quien me brindó su guía todo el tiempo. ¡Mil gracias!

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jueves, 19 de junio de 2025

Turismo con filtro: entre la historia y el decorado

Un viaje entre lo auténtico y lo escenográfico, donde las fotos perfectas a veces esconden relatos imperfectos.

Hace unos años, conversando con algunos conocidos sobre Reto Colombia, me preguntaban:

—¿Por qué no te tomas las fotos con los avisos de letras gigantes en lugar de la iglesia?

La verdad es que, cuando empecé el reto, la mayoría de los municipios no contaban con un aviso de letras llamativas en la plaza, hecho de concreto, piedra o metal. De hecho, incluso hoy en día no existe una uniformidad en este sentido, y muchas poblaciones todavía no disponen de ese punto “fotografiable”.

Avisos como el de Mesetas, Meta, en enero de 2025. Fuente propia.

Pero en realidad, la respuesta que siempre doy es que no hay un lugar tan auténtico y único como la iglesia central de cada municipio. Un poco de historia, algo de arquitectura, fe —por supuesto—, pero, sobre todo, autenticidad. 

Parroquia de la Inmaculada Concepción, en Cepitá, Santander. Fuente propia.


¿De qué hablamos cuando hablamos de turismo?

Siento, precisamente, que es la autenticidad lo que convierte a un sitio turístico en algo valioso y patrimonial.

Seguramente hemos escuchado sobre los distintos tipos de atractivos turísticos, y podríamos fácilmente aventurarnos a crear una lista de ejemplos, basada en nuestras propias experiencias: podemos pensar en el turismo de aventura, con lugares como el Cañón del río Güejar, tan de moda ahora, o el Cañón del Chicamocha, tan de moda siempre; el turismo religioso, con destinos como el Santuario de Las Lajas o la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá; y el turismo cultural e histórico, como La Candelaria en Bogotá o San Francisco, en Mompox. Cada uno de estos destinos evoca actividades, comidas, vestimentas y una disposición distintas por parte del viajero. Y de eso, precisamente, se trata la autenticidad.

Por otro lado, el turismo —como bien sabemos— es una industria que mueve enormes cantidades de dinero y que, en un mundo ideal, debería traer progreso y bienestar a las comunidades locales. Hablamos de los famosos empleos directos e indirectos: alojamiento, restaurantes, transporte, artesanías, entre otros. Por eso, resulta comprensible que las comunidades busquen posicionar y popularizar sus destinos turísticos, con la esperanza de garantizar un flujo constante de visitantes e ingresos.

En este maravilloso contexto, llegaron las redes sociales.

Y, por supuesto, trajeron consigo un gran impulso publicitario para muchos sitios turísticos que antes permanecían en el anonimato, restringidos por el desconocimiento popular. Algo similar ocurrió con la apertura de zonas del país que, durante años, fueron consideradas zonas rojas por el conflicto armado. Aunque dicho conflicto no ha cesado del todo, al menos permitió imaginar una diversificación económica para muchos colombianos que habitan esos territorios.

Ahora bien, con la aparición de nuevos y exóticos destinos, surgió también la necesidad de "repotenciar" los ya existentes. Una verdadera marejada de alas de mariposa, alas de ángel, arcos en forma de corazón, letreros gigantes, miradores con forma de mano, casas al revés —cuento al menos tres en diferentes departamentos al momento de escribir este texto—, rodaderos o toboganes pintados con los colores del arcoíris… todo esto comenzó a aparecer en medio de verdes parajes.

Y como consecuencia, otra marejada inundó las redes sociales: miles de fotos iguales, donde solo cambia el viajero. De hecho, hay un spot turístico en el desierto de la Tatacoa que, literalmente, se llama Tatacoa Selfies.

Tomado de Caracol Radio Armenia, publicación en Instagram.


Excelente por el turismo, por la visibilidad de nuevos espacios, por los ingresos (nuevamente: ojalá para las comunidades locales). Pero no estoy tan seguro de que sea igual de excelente para la autenticidad de la experiencia del viajero.

¿Es importante lo auténtico entonces?

En foros de viajeros, existe una vieja discusión entre el supuesto turista y el verdadero viajero, con una lista de ítems que, a mi parecer, carecen de verdadera importancia: que si la selfie, que si hostal, hotel o Airbnb, que si piscina o charco natural, que si Uber o transporte público.

Tomado de Holidify.com

Por ejemplo —como plantea un artículo de Holidify.com—, hay quienes defienden que hospedarse en un hotel ofrece una experiencia más auténtica y cultural que hacerlo en un Airbnb, donde terminas trasladando tu rutina doméstica a otro espacio: cocinar, limpiar y organizar, pero en un lugar diferente a tu residencia habitual. Sin embargo, si ese mismo análisis se aplica a un hospedaje tipo hostal, con familia anfitriona incluida, entonces el hotel sería el que pierde puntos en términos de autenticidad.

Lo mismo ocurre con el clásico ejemplo de quien, al viajar, busca el McDonald’s o el Starbucks local. En últimas, termina comiendo exactamente lo mismo que en su ciudad de origen.

Entonces, ¿no sucede lo mismo con lo que he llamado “spots de turismo forzado”? Básicamente, esos sitios que han sido artificialmente creados para ser instagrameables, pero que no lo son de forma natural.

Claro, al final la experiencia debe ser disfrutada por quien viaja, así que las condiciones dependen de los gustos de cada persona. —Por supuesto, esto no aplica para el mal llamado “turismo sexual”: no, mil veces no—.

Y en cuanto a esta idea de autenticidad, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto los atractivos naturales o históricos deben “modernizarse” para seguir siendo competitivos en la industria turística?

Recientemente tuve la fortuna de visitar el departamento de Norte de Santander. En Villa del Rosario, uno de mis sueños era conocer la casa natal del general Francisco de Paula Santander —cuyo nombre, por cierto, fue el emblema de este humilde blog durante más de 15 años—.

Allí, en el marco del llamado Parque Grancolombiano, se encuentra también el Templo Histórico del Congreso, aquel que fue escenario de una de las decisiones más trascendentales de nuestra historia: la creación de la Gran Colombia, como unión de Venezuela, la Nueva Granada, Ecuador y Panamá.




Este es un buen ejemplo de lo mencionado anteriormente. Aunque la Casa Natal está allí, cualquier curioso sabrá que sus paredes no son, en realidad, las mismas que vieron crecer al joven Francisco de Paula. Tanto el templo como la casa fueron completamente destruidos por el terremoto de Cúcuta en 1875. La diferencia es que el templo no fue reconstruido —salvo su cúpula, con fines meramente simbólicos—.

Son, pero no son.

Ruinas del Templo del Congreso. Villa del Rosario, Norte de Santander. Enero de 2025. Fuente propia.

Esa tensión entre lo simbólico y lo auténtico no es exclusiva del norte del país; también puede verse en destinos icónicos del altiplano cundiboyacense.

Uno de los destinos más visitados en Boyacá es la noble Villa de Leyva, con su imponente Plaza Mayor, considerada una de las más grandes de América. Sin embargo, uno de los mayores engaños al respecto es su histriónico —aunque inconfundible— empedrado. Aunque la arquitectura de esta población es claramente colonial, con edificaciones de entre 200 y 400 años en pie, su característico y antivehicular empedrado no tiene ni siquiera un siglo de antigüedad: fue instalado a mediados del siglo XX, en un claro ejemplo de paisajismo deliberado, pero no de historia auténtica. 

No niego, por supuesto, que visitar Villa de Leyva sea siempre una experiencia increíble. 


Estas dos imágenes son de los años 60, se evidencia que la Plaza Mayor de Villa de Leyva, no tenía empedrado aún. Tomadas de Huellas de Territorio @historiatundama en X 

Para cerrar, reitero que viajar es un placer que siempre debe depender de quien lo vive: de sus gustos en hospedaje, comidas, actividades y, por supuesto, fotografías. No hay nada más valioso que una linda imagen, un bello recuerdo de ese lugar que alguna vez soñamos conocer y que, con fortuna, logramos visitar.

Al final —como en el Carnaval de Barranquilla—, quien lo vive es quien lo goza.

Abrazo viajero.

lunes, 24 de febrero de 2025

El mito del buen salvaje

Cuando hablamos de historia, es común analizar los eventos desde una perspectiva actual, con valores y creencias propias del presente. Sin embargo, juzgar el pasado con los ojos del presente es un error peligroso. Esta tendencia se conoce como anacronía, un fenómeno que implica la falta de concordancia en la interpretación de eventos históricos. Esto puede manifestarse tanto en la asignación de características de un período a otro como en la distorsión de los procesos históricos que han dado forma a diversas sociedades.

El tiempo avanza igual para todos, pero algunos lo aprovechan mejor que otros [Meme].

Un claro ejemplo de anacronía es el mito del "buen salvaje", cuyos orígenes se han atribuido tanto a la literatura española del siglo XV, relacionada con el "descubrimiento" de América, como al pensamiento ilustrado de Jean-Jacques Rousseau. Este mito idealiza a las sociedades indígenas y primitivas, considerándolas moralmente superiores a las civilizaciones modernas. Rousseau popularizó la idea de que el ser humano es naturalmente bueno, pero la civilización y sus instituciones lo corrompen. Sin embargo, este concepto es una simplificación que ignora la complejidad de las culturas originarias y su diversidad.

En el contexto de la colonización española de América, por ejemplo, los pueblos indígenas no eran sociedades puramente pacíficas ni carentes de conflictos internos. Existen evidencias de tradiciones belicosas como el uso de cabezas humanas en juegos rituales mayas, los sacrificios en las civilizaciones mesoamericanas y las constantes guerras tribales en Norte y Sudamérica. De esta manera, resulta problemático atribuir únicamente a la invasión europea la complejidad de la identidad mestiza latinoamericana, la cual, al igual que muchas otras en el mundo, es el resultado de múltiples factores históricos, sociales y culturales.

Esta misma lógica puede aplicarse al relacionar a los pueblos originarios con una visión idealizada del ambientalismo. Es un error asumir que la simple condición de "originarios" les otorgaba una relación armónica con la naturaleza. Aunque es cierto que el modelo de desarrollo industrial ha provocado una devastación sin precedentes, también lo es que el ser humano, desde tiempos remotos, ha alterado su entorno de manera significativa.

Conceptos como el cambio climático, la extinción de especies y la deforestación suelen asociarse con la Revolución Industrial y la contaminación urbana -Basta pensar en la Revolución Industrial y un montón de imágenes grises de chimeneas en Londres vienen a la cabeza-. No obstante, la destrucción ambiental por parte del Homo sapiens puede rastrearse hasta la Revolución Cognitiva. Desde su primera migración a otros continentes, la humanidad ha causado impactos catastróficos en la fauna y flora. Ejemplos de ello son la extinción de la megafauna en América, Australia e Indonesia, mientras que en regiones como Madagascar y las Islas Galápagos, la biodiversidad se conservó durante más tiempo únicamente porque el ser humano no había llegado aún.

El megaterio era un mamífero gigante de la familia de los perezosos actuales.
Vivió hasta que se encontró con los primeros humanos. 
Esta escultura está en Rivera, Huila. Fuente propia. 

Incluso, algunas teorías sugieren que la competencia entre Homo sapiens y Homo neanderthalensis contribuyó a la extinción de estos últimos. Según estudios paleoarqueológicos, ambos grupos se enfrentaron por el acceso a recursos como alimento y zonas de caza, además de desarrollar creencias colectivas en conflicto.

En conclusión, si hemos de juzgar al Homo sapiens como depredador de sus recursos naturales, hay suficiente evidencia para hacerlo. Sin embargo, esta responsabilidad recae sobre toda la especie, sin distinciones geográficas o temporales. En todo caso, si algunos grupos han sido menos depredadores que otros, lo han sido únicamente por falta de tiempo. 

De la sección Santander, el hombre de las leyes

jueves, 31 de octubre de 2024

Soracá, Boyacá: la mansión regia de los soracaes

Apenas a unos 7 kilómetros de la ciudad de Tunja, se ubica Soracá, un pequeño municipio que en la actualidad, es muy reconocido por sus peregrinaciones marianas que atraen tantas personas, que sus calles se quedaron chicas para tales cantidades. 

Fuente y templo parroquial en el parque principal de Soracá, Boyacá. Colección propia.

Fundado en 1776, este pequeño pueblo es conocido por su tranquilidad y sus paisajes andinos. Su nombre, de origen muisca, significa "lugar de descanso del Sol", lo que refleja su conexión con la cultura indígena que habitaba la región antes de la llegada de los colonizadores españoles.

Soracá también es reconocido por su producción agrícola y minera y es un destino muy atrayente para las personas que practican ciclismo desde la capital departamental, debido a su corta distancia y a los ascensos y descensos en la vía, que por cierto, se encuentra en buenas condiciones. Este pequeño poblado fue declarado municipio a mediados del siglo XX, pero luego hizo parte de Tunja, como corregimiento, para ser elevado nuevamente a municipio 20 años después.

El parque principal de Soracá. Colección propia. 

Soracá ha conservado su carácter rural y sus tradiciones agrícolas, siendo un lugar donde predominan cultivos de papa, maíz y hortalizas, productos que son clave para la economía local.

Entre los principales atractivos turísticos de Soracá, destaca el Santuario de Nuestro Señor de la Columna, un importante sitio de peregrinación que recibe visitantes de toda la región, especialmente durante la Semana Santa. Sin embargo, su tradición más reconocida sucede siempre, el primer sábado de cada mes, cuando miles de fieles marianos, se reúnen en el municipio a orar a Nuestra Señora de la Salud y a participar de las misas de sanación de un reconocido sacerdote.

Una romería se reúne en las misas de sanación. Colección propia.

Además, el municipio ofrece bellos paisajes rurales, ideales para quienes disfrutan de caminatas al aire libre y la tranquilidad del campo boyacense. Un dato curioso es que Soracá es conocido por la devoción a su patrono, el Señor de la Salud, y su fiesta anual es un evento destacado en el calendario local, atrayendo a fieles y turistas que buscan no solo participar en las actividades religiosas, sino también disfrutar de la gastronomía y hospitalidad del lugar.

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