Cuando hablamos de historia, es común analizar los eventos desde una perspectiva actual, con valores y creencias propias del presente. Sin embargo, juzgar el pasado con los ojos del presente es un error peligroso. Esta tendencia se conoce como anacronía, un fenómeno que implica la falta de concordancia en la interpretación de eventos históricos. Esto puede manifestarse tanto en la asignación de características de un período a otro como en la distorsión de los procesos históricos que han dado forma a diversas sociedades.
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| El tiempo avanza igual para todos, pero algunos lo aprovechan mejor que otros [Meme]. |
Un claro ejemplo de anacronía es el mito del "buen salvaje", cuyos orígenes se han atribuido tanto a la literatura española del siglo XV, relacionada con el "descubrimiento" de América, como al pensamiento ilustrado de Jean-Jacques Rousseau. Este mito idealiza a las sociedades indígenas y primitivas, considerándolas moralmente superiores a las civilizaciones modernas. Rousseau popularizó la idea de que el ser humano es naturalmente bueno, pero la civilización y sus instituciones lo corrompen. Sin embargo, este concepto es una simplificación que ignora la complejidad de las culturas originarias y su diversidad.
En el contexto de la colonización española de América, por ejemplo, los pueblos indígenas no eran sociedades puramente pacíficas ni carentes de conflictos internos. Existen evidencias de tradiciones belicosas como el uso de cabezas humanas en juegos rituales mayas, los sacrificios en las civilizaciones mesoamericanas y las constantes guerras tribales en Norte y Sudamérica. De esta manera, resulta problemático atribuir únicamente a la invasión europea la complejidad de la identidad mestiza latinoamericana, la cual, al igual que muchas otras en el mundo, es el resultado de múltiples factores históricos, sociales y culturales.
Esta misma lógica puede aplicarse al relacionar a los pueblos originarios con una visión idealizada del ambientalismo. Es un error asumir que la simple condición de "originarios" les otorgaba una relación armónica con la naturaleza. Aunque es cierto que el modelo de desarrollo industrial ha provocado una devastación sin precedentes, también lo es que el ser humano, desde tiempos remotos, ha alterado su entorno de manera significativa.
Conceptos como el cambio climático, la extinción de especies y la deforestación suelen asociarse con la Revolución Industrial y la contaminación urbana -Basta pensar en la Revolución Industrial y un montón de imágenes grises de chimeneas en Londres vienen a la cabeza-. No obstante, la destrucción ambiental por parte del Homo sapiens puede rastrearse hasta la Revolución Cognitiva. Desde su primera migración a otros continentes, la humanidad ha causado impactos catastróficos en la fauna y flora. Ejemplos de ello son la extinción de la megafauna en América, Australia e Indonesia, mientras que en regiones como Madagascar y las Islas Galápagos, la biodiversidad se conservó durante más tiempo únicamente porque el ser humano no había llegado aún.
| El megaterio era un mamífero gigante de la familia de los perezosos actuales. Vivió hasta que se encontró con los primeros humanos. Esta escultura está en Rivera, Huila. Fuente propia. |
Incluso, algunas teorías sugieren que la competencia entre Homo sapiens y Homo neanderthalensis contribuyó a la extinción de estos últimos. Según estudios paleoarqueológicos, ambos grupos se enfrentaron por el acceso a recursos como alimento y zonas de caza, además de desarrollar creencias colectivas en conflicto.
En conclusión, si hemos de juzgar al Homo sapiens como depredador de sus recursos naturales, hay suficiente evidencia para hacerlo. Sin embargo, esta responsabilidad recae sobre toda la especie, sin distinciones geográficas o temporales. En todo caso, si algunos grupos han sido menos depredadores que otros, lo han sido únicamente por falta de tiempo.
De la sección Santander, el hombre de las leyes

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