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viernes, 14 de octubre de 2022

Literalmente hablando

#BesoDeLengua 


Hace unos días, mientras veía la emisión de un noticiero en un canal de cobertura nacional, me encontré con el informe periodístico sobre una fundación en Medellín, que se dedica a proteger perritos de calle. Loable labor. 
Sin embargo, lo que más me llamó la atención, fue una expresión utilizada por la reportera:

(Al administrador de la fundación) Le ha tocado literalmente pararse en las pestañas para poder alimentar a todos estos animalitos.
No pude evitar imaginarme al mencionado, con sus pestañas contra el piso y sosteniendo todo el peso de su cuerpo en esos minúsculos cabellos que crecen en el borde del párpado, porque finalmente, eso es que lo que significa la expresión "literal" -del uso del adverbio "literalmente", hablaremos en un rato-. 

Recurro entonces a la definición que la RAE tiene del adjetivo literal:

adjetivo
  1. 1.
    [significado] Que es el primero que tienen las palabras.
    "toda disposición testamentaria deberá entenderse en el sentido literal de sus palabras"
  2. 2.
    Que respeta exactamente las palabras del modelo o la fuente original.
    "transcripción literal"

Es, entonces, el primer significado que tienen las palabras. Y de hecho, su etimología nos lleva al latín, papá de tantas lenguas romances, y que nos presenta la palabra "litteralis", que se refiere a la letra y no a lo literario -Que es otra confusión común-. 

Básicamente, estamos hablando de estar apegado a la letra, a lo que está escrito o dicho, sin otros significados ni interpretaciones. 

Por lo tanto, tener guayabo es poseer un árbol de la guayaba (literal), y no tener resaca (que ya sería su significado figurado). 


En este punto, no puedo dejar de recordar a mi mejor amiga en la universidad, cuando otra amiga le dijo que estaba "literalmente mamada"; trató de contener la risa mientras le soltaba un incomprendido: Uuuuy!

Al parecer, su significado ha mutado a un adverbio de modo, tal como "extremadamente" o "exageradamente".

Y en ese sentido, además de la común confusión en lo literal y lo figurado, hay una confusión extra entre el adjetivo y el adverbio: literal y literalmente, siendo que este último, siempre va a modificar a un verbo, un adjetivo u otro adverbio, por lo que lo correcto sería: "literalmente hablando..."

Es todo lo que tenía que decir al respecto, literalmente (?). 







domingo, 11 de julio de 2021

¿Por qué debemos valorar un "buenos días"?

Beso de Lengua

Contrario a lo que puede sugerir el título del presente escrito, éste no trata de mensajes de autoayuda o de coaching de desempeño, es simplemente una pequeña ilustración sobre uno los elementos lingüísticos que tiene nuestro idioma español, y que lo enriquecen permanentemente, estamos hablando del "plural expresivo". 


Básicamente, se trata de una figura muy especial y muy propia de la lengua de Cervantes, en la que se suele utilizar una expresión en plural para enfatizar su intensidad, y no necesariamente, su cantidad -que es la función principal del plural en todas las lenguas-. 

De esta forma, cuando se dice: Buenos días, no es que se esté hablando de varios días, sino, por supuesto, del único día en el que estamos saludando, pero lo hacemos como los hispanoparlantes nos gusta hacerlo: con efusividad e intensidad.

Casos hay muchos: vacaciones, saludos, felicitaciones, condolencias... etc... 

Así que, no te dejes llevar por los extranjerismos (ya que en otros idiomas generalmente se usa el singular: good morning, bon jour, etc) y cuando saludes, hazlo con el plural expresivo. 

¡Muchos éxitos!



domingo, 9 de agosto de 2020

No hay puerta

De tiempo en tiempo aparecen ciertos descubrimientos que llegan para enriquecer nuestros días. No se trata, por supuesto, de algo nuevo, recién inventado o en este caso, recién escrito. Bien por el contrario, se trata de alguien cuya vida coincide en inicio con el pasado siglo XX. Me atrevo a llamarlo descubrimiento, por el hecho de haber llegado a él, de forma inesperada o si se quiere, accidental. 

Estas cortas líneas buscan hablar sobre unos de los más importantes escritores estadounidenses, y que irónicamente, no es tan conocido por fuera de su país, a pesar de que el mismísimo William Faulkner dijera que se trataba del "mejor escritor de su generación", aunque por supuesto, poniéndose a sí mismo, en el primer lugar. 

En síntesis, hoy dedico estas líneas a Thomas Wolfe.
Thomas Wolfe, April 1937; photograph by Carl Van Vechten
Thomas Wolfe, April 1937; photograph by Carl Van Vechten

Uno de los primeros aspectos que me llamaron la atención al leer algunas de sus obras, es la familiaridad con las que Wolfe habla del pensamiento cotidiano sobre las cosas cotidianas - Es decir, la forma cómo las personas como usted y como yo, vemos y asumimos a través de nuestros sentidos, las más comunes situaciones diarias y que se vuelven sentimientos en nuestro interior-, un ejemplo de esto, lo veo en la forma como se narra "Tengo algo que decirles", donde un grupo de extraños se vuelven compañeros de viaje en uno de los momentos más dramáticos del siglo XX, o la forma como personas de diferentes realidades sociales se unen de forma indistinta cuando un incendio afecta la edificación en donde se encontraban (La fiesta de los Jack). 

Thomas Wolfe adopta de forma casi poética (con una carga metafórica muy rica y de cierta manera nostálgica), temas que en la mayoría de los casos, responden a eventos de su propia vida. De esta forma, en obras como "No hay puerta", se acerca a temas como la soledad, el amor y la muerte, que de muchas maneras, responden a sus experiencias en sus viajes, situaciones familiares y hasta laborales.

Algunos datos biográficos

Thomas Wolfe nació en 1900 y murió en 1938. En un primer vistazo, impresiona el hecho de saber que a tan corta edad logró convertirse en uno de los referentes de la literatura norteamericana. Y es que toda su vida parece haber transcurrido en un maratón de experiencias para poder alcanzar a legar sus escritos. 

A los 20 años se titula de licenciado de artes y ciencias, y un par de años después, en 1922, recibe título de Maestría de nada menos que la Universidad de Harvard, allí escribió obras de teatro en las que también actuaba, sin embargo, no fue sino hasta algunos años después, que pudo y decidió dedicarse a ser novelista, ya que contaba con el sueldo de profesor universitario.  Viajó y escribió, tanto como pudo, y gracias a la labor del editor Maxwell Perkins, sus obras alcanzaron un cierto renombre. 

Ya que sus obras contaban con tintes autobiográficos, muchos de sus contemporáneos tuvieron problemas con Wolfe, debido a que se veían reflejados en algunos de los personajes que deambulaban por sus historias - de hecho, se dice que Wolfe no pudo, por un tiempo, volver a su natal Asheville, en el estado de Carolina del Norte. Así mismo, se reconocen muchos elementos salidos de su mente y su creatividad, al punto que hay quien afirma que uno de sus personajes ficticios, vaticinaría la crisis económica de 1929.

Murió muy joven, pocos días antes de cumplir los 38 años, de neumonía y tuberculosis.

Retomando el accidente que me llevó a Wolfe, y volviendo a las líneas iniciales de este artículo, es interesante ver que a algunas personas más o menos cercanas al ámbito de la literatura, el accidente les llegó a través de una película llamada "Pasión de letras" que habla de la historia del mencionado editor Perkins, quien fuera fundamental para que el trabajo de Wolfe trascendiera a su tiempo y a su país. Si tiene usted la oportunidad de ver este filme, lo recomiendo: es protagonizado por Colin Firth y Jude Law, y hace referencia también, a otros escritores gigantes como F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. 

Mi accidente es mucho menos espectacular: hace más de 10 años compré una colección de Bestsellers, de una editorial española, ya que se trataba de saldos y estaba a muy buen precio: 80 libros que he venido alternando con otros de otras colecciones, con escritos académicos y con una triste y larga tradición de procrastinación. 

A propósito, recientemente recibí, de parte de una compañera, el reto de compartir durante siete días, una obra literaria que haya marcado mi vida. Mi elección para el día primero fue la siguiente:

El libro que hace parte de mi colección. Foto de fuente propia.


El lector habrá notado que el nombre de una de sus obras fue tomado precisamente, para titular el presente artículo, y esto obedece sencillamente, a que disfruté inmensamente de su lectura. Su narración y la forma metafórica cómo se enlazan los profundos abismos de la personalidad humana con las vivencias de extraños en el melancólico otoño, hace que fácilmente, cualquier persona se pueda sentir identificada. Adicionalmente, el hecho de que el joven Wolfe haya perdido a su padre a corta edad (21 años), se refleja en las letras de uno de los relatos que componen esta obra:

"De repente me di cuenta de que todo hombre que jamás haya vivido, ha buscado, está buscando a su padre y que, incluso cuando muere su padre, su hijo seguirá buscándole furiosamente por las calles de la vida para encontrarle y que nunca pierde la esperanza, sino que siente que algún día volverá a ver la cara de su padre.

 

Había yo vuelto otra vez en octubre y no había puertas, no había puertas por las que pudiera entrar yo y entonces me di cuenta de que nunca ya podría volver a hacer mía esta vida. Sin embargo, en medio de todo aquel enorme desasosiego que me pinchaba para que me fuese, no tenía sitio, ni puerta ni lugar de residencia en la tierra al que marcharme y, sin embargo, tenía que hacerme una vida distinta de la que me había hecho mi padre o morir yo también. 

 

En la noche, la tormenta sacudía la casa y había algo que llamaba en el viento. Me habló y me llenó el corazón con las alegres profecías de la huida, la oscuridad y el descubrimiento, diciendo con un susurro demoníaco de alegría incorporal: 

 

- ¡Fuera!¡Fuera!¡Fuera! ¡Hay nuevas tierras, mañanas y una ciudad brillante! ¡Hijo, hijo, vete otra vez a encontrar el mundo!"
Este mismo relato me llegó al alma en un momento en el que se cumplen 14 años de la partida de mi padre. Solo queda buscar nuevas tierras, mañanas y una ciudad brillante.

Referencias

Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Thomas Clayton Wolfe. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/w/wolfe_thomas.htm el 9 de agosto de 2020.

Radio Mitre (2020) Cinco películas basadas en hechos reales de Netflix (y que seguro no viste) Recuperado de https://radiomitre.cienradios.com/cinco-peliculas-basadas-en-hechos-reales-de-netflix-y-que-seguro-no-viste/ el 9 de agosto de 2020

 

viernes, 5 de mayo de 2017

A propósito del Necronomicón y otros bestsellers

En realidad, este artículo no trata sobre el Necronomicón como tal, sino que se refiere más bien, a su autor, Howard Philips Lovecraft, quien es muy reconocido como un escritor de Terror, o aún más allá, de terror mezclado con fantasía y mitología.

Sin embargo, pienso que sí es importante comenzar hablando del Necronomicón, que es el libro más famoso de H.P. Lovecraft y que, curiosamente, no fue escrito por él. El Necronomicón es un libro mágico, antiquísimo y prohibido, que contenía todo el conocimiento sobre los demonios que habitaban el mundo y que buscan ahora recuperarlo. Hasta el momento, pura ciencia ficción. 


A propósito de este libro, encontré esta reseña en Google Books:
Aunque los escépticos afirman que El Necronomicón es un tomo fantástico creado por H.P. Lovecraft, los auténticos investigadores de los misterios esotéricos del mundo saben la verdad: El Necronomicón es un volumen blasfemo de conocimiento prohibido escrito por el árabe loco Abdul Alhazred. Incluso hoy, a pesar de las tentativas por destruir todas las copias en cualquier idioma a lo largo de los siglos, aún existen algunos ejemplares, escondidos. Dentro de este libro encontrarás historias, ensayos y diferentes versiones acerca del libro blasfemo. A través de los testimonios de Robert Silverberg, Frederick Pohl, John Brunner y el propio Lovecraft, entre otros, ahora tú también puedes aprender el verdadero saber de Abdul Alhazred y conocer de primera mano el ignoto poder que se encuentra entre sus páginas.  
De acuerdo a esto, el Necronomicón no solamente existió (y existe en la actualidad) sino que Lovecraft lo conocía y lo utilizó de manera subrepticia en sus obras. Pura teoría de la conspiración, a mi gusto, y sin fundamentos reales. 

Pero volviendo a lo importante, Lovecraft se hizo su propia fama, al construir todo un mundo de seres extraños y repugnantes (palabra que él mismo usa bastante en sus relatos), y de este mundo, tal vez el más famoso de los monstruos, es Cthulhu (pronunciado como Tululu en South Park -Sí, tan famoso que fue parodiado en South Park).

Se trata de un horrendo demonio del interior de la Tierra, que "mide unos 10 kilómetros de altura), con cabeza de pulpo o calamar, y abotargado cuerpo de dragón, con sus respectivas alas rudimentarias. Tiene la capacidad de alterar su forma, aunque siempre es básicamente la misma. Su cuerpo escamoso está compuesto por una sustancia distinta a las que se encuentran en nuestro planeta, una especie de masa gelatinosa que lo hace prácticamente indestructible. De todos modos, incluso si su cuerpo físico es destruido por completo (cosa muy improbable), su naturaleza extraterrenal lo haría volver a formarse en horas. Fue uno de los conquistadores de la Tierra y dominó desde las profundidades del océano." (De Wikipedia)


Y precisamente, debido a sus características, se convirtió en el personaje central (pero nunca protagonista) de la obra de Lovecraft, al punto de que ha tenido apariciones en cientos de series de TV, películas, cómics, video juegos y hasta música.
 
Cthulhu (nombre cuya pronunciación correcta también es objeto de debates, ya que Lovecraft tiende a la ambigüedad en estos aspectos) se ha hecho más famoso que su mismo creador. Pero bueno, volviendo a éste, es interesante leer sus obras, la mayoría, cuentos cortos llenos de elementos fantásticos y aterradores, en donde definitivamente se nota la influencia de otro grande, Edgar Allan Poe. 

Su lectura no es fácil, pero sí muy interesante y decididamente, un punto de encuentro de la literatura universal, que nos permite entender el porqué de muchas corrientes actuales en creaciones literarias y otras como  el cine y el cómic. 

¡Nos leemos en una próxima! 

jueves, 5 de enero de 2017

Aura o las violetas

Parece ser uno de los temas que más rápidamente se convierten en populares. Bien por el gusto de los lectores, bien por la gracia y magnitud con que es escrito. Se trata de las tradicionales historias de amor que por diversas razones, se vuelven inmortales debido a su imposibilidad. Tal vez, el primer ejemplo que se nos viene a la cabeza es la magistral obra de Shakespeare, Romeo y Julieta.




En algunos casos, estos amores no solo son una historia típica de romance dificultoso sino también comparten un sino trágico: terminan en muerte. -Por eso se me hace extraño cuándo tantos adolescentes publican en redes sociales que quieren amor a lo Romeo y Julieta... o las letras de las canciones del otro Romeo (Santos)... ¿Será que no conocen que se trata de un amor trágico, nunca consumado, corto y que termina con los pies por delante?-. Divago de nuevo.   

¿Cuál es entonces el motivo de escribir este artículo sobre tan trillado tema? Solo uno: leí Aura o las violetas, de José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla más conocido como José María Vargas Vila, y llegué a estas reflexiones.

Antes de seguir, es importante resaltar que el relato de 1887, es una obra magistral de la literatura colombiana, exquisita al ser leída y repensada. ¿Qué tiene de especial? En mi opinión, es un relato fresco de unas formas poéticas dignas de ser admiradas y extrañadas en nuestros tiempos. Ejemplo de esto es que mientras avanzaba en la lectura, iba tomando lista de frases notorias y poéticas, que se presentaban cada tanto. 
"Yo no he podido dudar nunca de la existencia de Dios, porque he visto sus reflejos en los ojos de mi madre. He tenido que forjarme la ilusión de un cielo, porque lo necesito para ella."
Aura o las violetas. José María Vargas Vila

Como dato que vale la pena agregar, Aura o las violetas se convirtió, en 1922, en la primera de la fila en la interminable discusión entre si es mejor el libro o la película: Aura o las violetas dio inicio al cine colombiano (en el momento en se escribe el presente artículo, se exhibe en cartelera El Paseo 4, así que mire usted, amable lector, a dónde hemos llegado).   


Vale la pena, entonces entregarse a los clásicos, a los autores de los que alguna vez hablamos en la clase de literatura del colegio, y descubrir, a través de sus letras inmortales, por qué se hicieron parte obligada de los currículos de la lengua castellana. Seguramente reconoceremos en Vargas Vila al autor más poético de Colombia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Cuando un final es más que un final

O el síndrome del vacío existencial al terminar de leer un libro.

¿Has tenido esa sensación de "malparidez" y desubicación al terminar de leer un libro y quedar como suspendido unos minutos u horas, en un limbo de tu vida que no pareciera tener futuro? La pregunta es larga, pero el sentimiento es muy conocido por cualquiera que, sin ser necesariamente un lector empedernido, disfruta de la lectura y devora unos buenos libros al año.


A propósito de este sentimiento, quiero recordar una frase que he escuchado muchas veces pero que no podría identificar un origen o autor claro:  
Después de leer un libro, uno no vuelve a ser el mismo.
 Y es que es muy cierto, el impacto que puede tener un libro sobre una persona, sobre su vida, pensamiento y particularmente, sentimientos. Esto aplica no solamente a los textos narrativos, sino también, y aunque parezca raro, a textos académicos, científicos, etc. Lo importante es cómo sea digerido por el lector. 

A propósito de este sentimiento, quiero añadir uno nuevo que podría ser llamado: El escalofrío de la última línea. ¿A qué se refiere o en que difiere del anterior? Simplemente en que el vacío existencial depende del libro completo, mientras que el escalofrío nace de un pico emotivo (giro dramático, dirían los expertos) en el final del libro (últimas líneas o último párrafo), que al ser totalmente inesperado, te crean una sensación de adrenalina que sientes la necesidad de compartir inmediatamente con alguien.


En esta misma línea, traigo el recuerdo de dos libros que me produjeron ese escalofrío: La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne,y más recientemente, La máquina del tiempo. de HG Wells. 

Por supuesto, solo se trata de una pequeñísima muestra de un universo gigantesco de vacíos existenciales y escalofríos de última línea. Y obviamente, no daré ningún "spoiler" sobre estas dos tramas. Pero recomiendo mucho, a quien no las haya leído, que las disfrute... y a quien conozca más vacíos y escalofríos, a compartir su experiencia conmigo y con los lectores. 

Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.

-Contéstame.
El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.
 El Coronel no tiene quien le escriba (Gabriel García Márquez)

Un abrazo lector. 



viernes, 20 de marzo de 2009

Escritor invitado: Declaración Universal de los Derechos de los Niños a escuchar cuentos

Cortesía: Biblioteca Infantil "Juan Sábalo" Universidad Surcolombiana, Neiva, Huila, Colombia.

1. Todo niño, sin distinción de raza, idioma o religión, tiene el derecho a escuchar los más hermosos cuentos de la tradición oral de los pueblos, especialmente aquellos que estimulen su imaginación y su capacidad crítica.

2. Todo niño tiene pleno derecho a exigir que sus padres les cuenten cuentos a cualquier hora del día. Aquellos padres que sean sorprendidos negándose a contar un cuento a un niño, no sólo incurren en un grave delito de omisión culposa sino que se están autocondenando a que su hijo jamás les vuelva a pedir otro cuento.

3. Todo niño que por una razón u otra no tenga alguien que le cuente cuentos, tiene absoluto derecho de pedirle al adulto de su preferencia que se los cuente, siempre y cuando éste demuestre que lo hace con amor y ternura, que es cómo se cuentan los cuentos.

4. Todo niño tiene derecho a escuchar cuentos sentado en las rodillas de sus abuelos. Aquellos niños que tengan vivos a sus cuatro abuelos podrán cederlos a otros niños que por diversas razones no tengan abuelos que les cuenten. Del mismo modo, aquellos abuelos que carezcan de nietos están en libertad de acudir a escuelas, parques y otros lugares de concentración infantil en donde, con entera libertad, podrán contar cuantos cuentos quieran.

5. Todo niño está en el derecho de saber quiénes fueron José Marti, Hans Christian Andersen y Aquiles Nazoa. Las personas adultas están en la obligación de poner al alcance de los niños todos los libros, cuentos y poesías de estos tres autores.

6. Todo niño goza a plenitud del derecho de conocer las fábulas, mitos y leyendas de la tradición oral de su país. En el caso de los niños colombianos, éstos tienen perfecto derecho a interesarse en nuestros relatos indígenas y cuentos costumbristas, así como en toda aquella literatura oral creada por el pueblo.

7. El niño también tiene derecho a inventar y contar sus propios cuentos, así como modificar los ya existentes creando su propia versión. En aquellos casos de niños muy influenciados por la televisión, sus padres están en la obligación de descontaminarlos conduciéndolos por los caminos de la imaginación de la mano de un buen libro de cuentos infantiles.

8. El niño tiene derecho a exigir cuentos nuevos. Los adultos están en la obligación de nutrirse permanentemente de nuevos e imaginativos relatos, propios o no, con o sin reyes, largos o cortos; lo único obligatorio es que éstos sean hermosos e interesantes.

9. El niño siempre tiene derecho a pedir otro cuento y a pedir que le cuenten, hasta un millón de veces, el mismo cuento. 

10. Todo niño tiene derecho a crecer acompañado de las aventuras de RinRin Renacuajo, del Pastorcito Mentiroso, las clásicas Caperucita, Cenicienta y Blanca Nieves; del Colorín Colorado de los cuentos y del inmortal "Había una vez...", palabras mágicas que abren la puerta de la imaginación en la ruta hacia los sueños más hermosos de la niñez.

miércoles, 23 de julio de 2008

6 de noviembre

Carlos Mario* cuenta ya con 22 años, orgulloso hijo de un militar colombiano de muchos años de experiencia, quiere seguir los pasos de su padre. Terminó el bachillerato hace unos años y después hacer una carrera técnica aspira a entrar a las filas para emular la exitosa vida militar de su progenitor.

Aunque para el hijo de un militar no debe ser dificil el ingreso a las filas, algo hizo que el proceso esta vez se entorpeciera, un papel más y un documento que faltó, una palanca que no funcionó. En estos trámites, Carlos Mario tuvo que viajar hacia el centro de la capital, más específicamente, a la notaria tercera, en la carrera 8 con calle 12, muy cerca de la Plaza de Bolívar, una de las manzanas más históricas de la República. Una vez finalizado el proceso de sacar copias de un registro civil, Carlos Mario se dirige hacia el sur, hacia el Palacio Liévano, en la mencionada plaza, solo porque alguna vez alguien le dijo que por allí cerca vendían almuerzo corriente muy bueno y muy barato, tal como nos gusta a los colombianos.

Cuando este joven se acercó a la esquina sur occidental del Palacio de Justicia, un anciano indigente se le acerca, le pide una moneda y ante la negativa del muchacho, le dice:

"No sabes cuál es el origen de tu vida, no sabes cuán verdaderamente grande es tu padre, no sabes nada!"

Muchos podríamos pensar que personas como éstas, con sentencias como éstas, no reportan mayor importancia en una ciudad donde la población crecre en cifras alarmantes y la línea de miseria le sigue los pasos de cerca. Sin embargo, Carlos Mario notó algo raro en este sujeto... debajo de su ropa maltrecha tenía un pantalón, viejo sin igual, color caqui, como aquel que usaba su padre, pero además este pantalón venía acompañado de unas botas militares que habían perdido, hace mucho, su brillo. El joven reconoció en esas botas, unas similares que su padre guardaba como una requilia sagrada de algo que había sucedido cuando el estaba por nacer, o talvez, ya había nacido. ¿Quién podría recordarlo con exactitud?

- ¿Quién es usted? ¿Por qué usa esas botas?

- Éstas eran mis favoritas, y lo siguen siendo, las use ese día cuando tu madre te trajo al mundo, muy cerca de aquí.

- jajaja - La sonora risa del joven, le hizo entrar en confianza. - Yo nací en Pereira, mi madre vivía allá y mi papá estaba en un batallón aquí en Bogotá.

- Tu padre no lo conocí, pero sé que nunca fue militar y tu madre... tu madre fue una heroína.

El joven quedó perplejo pero en pocos segundos creyó comprender que todo era un desvarío del viejo.

- Sí, el suboficial Vega se la daba de valiente, pero nunca supo lo que fue ser un héroe.

Al escuchar el apellido de su padre y el que él mismo portaba, Carlos Mario sintió como un escalofrio hizo chocar sus piernas.

- ¿Cómo sabe de él? ¿Quién es usted? - Repitió cada vez más nervioso.

- Mi nombre es Fernando Gámez*, era soldado raso del Batallón Charry Solano, cuando el M-19 se tomó el Palacio, por aquí mismo entraron esos hijueputas. - Dijo señalando la entrada del sótano en el costado occidental de Palacio.

Carlos Mario no supo más que decir, con su vista pidió al anciano que continuara hablando.

- Tu madre se llamó Ana Rosa Castiblanco Torres **, era empleada de la cafeteria de Palacio, ese 6 de noviembre, día de tu cumpleaños. Yo mismo saqué a tu mamá de Palacio. Cuando salí con ella en hombros por la puerta principal, un coronel del ejército nos obligó a subirla a un camión, diciendo "Ojo, con esta malparida, ésta es especial"... Yo mismo la vi, escondida entre los baños de la cafeteria, no era especial, no era guerrillera, era una simple empleada, además, una embarazada no se mete a una toma guerrillera porque quiere. Pero no la quise dejar con ellos, se veía muy mal con esa barriga y en el mismo camión rompió fuente.
Cuando los policías y soldados están en una misión así, creen que tienen el poder de hacer cualquier cosa. Y ese suboficial, Vega... te tomó, solo porque su señora no podía tener hijos, eso dijo, aunque después nos enteramos que había tenido dos hijos más, tus hermanos.

Carlos Mario, había dejado de pensar y sentir hacía unos minutos, simplemente observaba con grandes y esféricos ojos a aquel ser entrado en desgracia. Su historia, por más loca que pudiera ser, era también posible. Su padre se decía a sí mismo, héroe de Guerra por participar en la Retoma.

-Cuando quise denunciar todo lo que estaba pasando, lo que pasó con tu mamá y con los otros desaparecidos, los de arriba me mandaron callar. Por cosas del destino pude salir, no lograron ajusticiarme y hoy, no tengo identidad, no tengo documentos, no tengo servicios de salud ni menos, una pensión de las F.F.A.A. simplemente hago lo que puedo para sobrevivir.

Sin decir una palabra, Carlos Mario sacó un billete de 20 mil pesos y se los dio a Gámez. Dio media vuelta y regresó a casa en un tiempo récord, allí saludó a su madre con un lapidario:
¿Quién soy?

Se trata de Ana Rosa Castiblanco Torres, auxiliar de cocina en la cafetería del Palacio. Ella fue conducida a la Escuela de Caballería, y allí, aún en las angustias del parto, fue obligada a brincar del camión. Luego la llevaron hasta las caballerizas donde la sometieron a torturas hasta quitarle la vida. Para desaparecerla, su cadáver fue lanzado a una fosa común como una N.N (ningún nombre), a pesar de que los oficiales que la secuestraron sabían cuál era su identidad. El Ministerio de Defensa Nacional fue condenado por este crimen el 12 de diciembre del año 2007.

(El Palacio sin máscara - Germán Castro Caycedo)
La anterior es una historia ficticia basada en un hecho de la vida real, cualquier parecido con nombres u otros hechos reales, es coincidencial. Éste es un homenaje a las víctimas inocentes de la fatídica Toma del Palacio de Justicia, ocurrida el 6 y 7 de Noviembre de 1985.

* Nombre ficticio
** Nombre real

sábado, 28 de junio de 2008

El drama de un amor a pesar de sí mismo


La Pluma: Aura o las violetas

Pocas novelas se leen en un par de días, Aura o Las Violetas, es una de ellas. Es, como todo lo que fue la vida de Vargas Vila, una cachetada a lo conocido. Aura o las violetas es un conmovedor relato, narrado en primera persona.

De una forma cruda pero sin dejar la belleza metafórica de la poesía, esta novela recorre los más profundos rincones del alma del lector para hacerle sentir, todo lo que el protagonista siente.

Particularmente, me declaro poco amante de la poesía, sobre todo en verso, pero la prosa de este texto, junto a la delicadeza poética omnipresente, deja una sensación de no haber conocido el amor, hasta antes de leerla.

Muy recomendada. Ya hablaremos después sobre este autor, tiene bastante que decir.

sábado, 7 de junio de 2008

Los niños del conjunto

Tercera entrega
El asunto ya había aparecido en los noticieros a nivel nacional, el colegio estaba en la mira de la opinión pública y las directivas trataban desesperadamente de tomar medidas al respecto. Los profesores habían sido avisados de tratar el asunto con mucha precaución y sobre todo, de buscar algo de indicios para establecer el porqué de la muerte de estos dos estudiantes del grado séptimo.

Fernando, en un espacio entre clases, se encontraba tomando café con la vista perdida a través de la ventana que daba al parqueadero del colegio.

-Lo más triste es que esto va a seguir – Le interrumpió la pesada voz de Justo, el profesor de sociales de bachillerato.
A pesar de haber pensado en lo mismo, Fernando notó algo extraño en las premisas de su colega.
- ¿Por qué, profe? ¿Sabe algo?
- No, si no que digo que los muchachos son muy curiosos y con algo como esto que pasó, les puede dar ganas a otros de hacer lo mismo… y es que salen con unas cosas ahora, estos jóvenes.
- ¿Cosas? ¿Cómo cuáles? – preguntó Fernando con la inquietud creciendo en su interior.
- Pues con todas esas cosas de grupos y ropas y música y esas vainas que se inventan. Respondió ensimismado en su empanada, el profesor de sociales.

Al atardecer, la línea de emergencia de la policía recibía una llamada desde el conjunto cerrado contiguo al colegio, a dos y tres cuadras de las urbanizaciones donde habían sucedido los hechos hace tres y cinco días.

Flor Alba, una profesora de sesiones particulares de baile, decidió llamar a los padres de Paula Martínez, de once años de edad, porque la niña no había llegado a la clase, como acostumbraba hacer todas las tardes después del colegio.
Cuando el señor Carlos Mario Martínez, dueño de una microempresa de juguetes, recibió la llamada, de inmediato buscó comunicarse con su exesposa, quien estaba a cargo de su hija ese día. Ella no respondió el teléfono porque al parecer, había salido del apartamento. Ella nunca lo hacía con Paula, porque uno de los compromisos pactados en la separación, era la asistencia de la niña a estas clases.

Al no poder comunicarse, decidió ir hasta el apartamento, ubicado en el tercer piso del bloque 1. Carlos Mario entró y recorrió con la vista la sala-comedor, la cocina, los cuartos y el patio de ropas; sólo cuando llegó al baño, encontró a su pequeña hija recostada contra el inodoro, totalmente pálida y con su ropa destrozada. Su inerte rostro reflejaba una lucha desesperada contra ella misma. El interior de su estómago se dispersaba por el suelo en multicolores sustancias… apenas bañadas, de vez en cuando, con un líquido de tono ocre sanguinolento que al parecer, había perdido su capacidad de coagularse.

viernes, 30 de mayo de 2008

La noche de la Alianza Nacional

Segunda entrega (final): Las culpas

En el histórico sector de Grassmarket, se tiene una hermosa vista del Catillo de Edimburgo, coronando la peña que recibe el nombre de Castle Rock y al que se tiene acceso a través de la Calle de los Príncipes, un sendero que sube la peña rodeado de árboles y desde donde se obtiene una gran perspectiva del río.

El presbítero había sido abordado por dos caballeros de la corte de Carlos I, que sin ningún tipo de violencia, lo tomaron de los brazos y sin decir palabra, lo condujeron hacia el castillo.
Ernest no musitó palabra; había llegado el momento de comprobar si los rumores que circulaban en las lóbregas calles de Edimburgo, eran ciertos. Al parecer, aquella firma en el documento rebelde, era el tiquete de ida a las mazmorras del Castillo, el problema estaba en el de regreso.

Era el año de 1638, antes de Mount Mills, 7 firmantes habían desaparecido misteriosamente, o talvez no había tal misterio, el secreto a voces indicaba que el Rey estaba destrás de todo esto.

Al entrar al oscuro recinto, se acabó de repente la amabilidad de los guardias. Al tenerlos plenamente identificados, después de hacerlos entrar ya no había riesgos de equivocaciones. Entre insultos fue conducido a una húmeda celda donde un bulto oscuro en un rincón, era todo lo que rompía la monotonía gris de los muros.

Al ser dejado allí, Ernest se dirigió inmediatamente hacia el lugar donde reposaba aquel montículo envuelto en telas azules o negras, no se distinguía bien por la oscuridad. Al acercarse, el presbítero descubrió que se trataba de un saco, burdamente cosido a partir de una túnica religiosa... A pesar de forzar su mente, no logró determinar a qué comunidad pertenecía: los monasterios era algo que abundaba en Europa. Este saco estaba completamente lleno de huesos humanos, principalmente cráneos y fémures, lo que indicaba que el manejo de los cuerpos de los prisioneros, no era precisamente el más ortodoxo: sufrían mutilaciones hasta después de muertos.

Ernest contempló este frío panorama con aparente calma. Había tenido tiempo de digerir y entender cuál sería su destino por haber sido parte importante del documento de la Alianza Nacional. Ahora, se resignaba a esperar la muerte.

La noche llegó rápido, la oscuridad era directamente proporcional a los gritos que emanaban de las celdas contiguas. Pero así como aparecían de un momento a otro en la noche, así mismo se dispersaban, solo para aparecer de nuevo, pero esta vez más cerca y en otra garganta. No había duda, la noche de la Alianza Nacional había llegado.

Cuando Ernest perdió el conocimiento, sintió que en ese dolor terminaría toda la hazaña de la Alianza; no sospechaba que apenas empezaban los 40 años que duró esta persecución. Cuando ese día de 1679, más de 1200 aliados, entre presbiteros y laicos, sufrirían las mimas torturas y asesinatos que el pacto había conjurado desde el comienzo.

Hoy, en el Grassmarket, en Edimburgo, existe un pequeño recuerdo de lo que fue la Gran Matanza. En el Castillo de Edimburgo, se puede visitar una pequeña exposición.

viernes, 23 de mayo de 2008

La noche de la Alianza Nacional

Primera entrega: La firma

Cuando Ernest Mount Mills despertó esa mañana, sintió un extraño presentimiento recorrer su espinal dorsal. El sol alumbraba con una tibieza envuelta en niebla a una ciudad escocesa que había visto pasar por sus calles, grandes momentos que habían definido el presente del país: Edimburgo.

Hacía unos meses, Carlos I de Inglaterra había intentado introducir en Escocia, el nuevo libro de oraciones que era basado en el modelo inglés y por supuesto, Ernest sabía que todo lo que venía de Inglaterra quería introducir el Anglicanismo en un pueblo fuertemente Presbiteriano como era el escocés.

Ernest contaba ya 65 años y su ferviente vida religiosa le había valido un lugar en las altas esferas de su iglesia Presbiteriana. Ésta es una iglesia episcopalmente independiente y era gobernada por presbíteros, que en griego significa literalmente ancianos.

Mount Mills había visto cómo misteriosamente habían desaparecidos de sus hogares, decenas de compañeros suyos, contradictores, como él, del gobierno despótico del débil y enfermizo rey inglés, que debido a una serie de alianzas fallidas con otras monarquías europeas, no tenía definido un claro horizonte religioso para el Reino Unido.

Aquella mañana, Ernest recordó, con cierto desagrado, ese texto que él mismo firmara meses atrás en la iglesia construida sobre lo que quedaba de un monasterio franciscano. Ese documento donde él y otros presbíteros que conformaban la llamada Alianza Nacional, juraron defender la independencia de su iglesia escocesa, de la tiranía de la inglesa. Un documento que incitaba a sus creyentes a la rebelión total en contra del Rey Carlos I y de su ministro en asuntos religiosos, un señor de apellido Laud.

Sabía que su firma, estampada en aquel documento, habría de traerle problemas, pero eran concientes de que estaban dispuestos a asumir esos problemas, por el bien de su causa. Los que ya habían desaparecido, eran firmantes también y sus nombres estaban escritos con anterioridad en la lista, así que si el rey siguiera ese orden, pronto sería su turno. Una especie de miedo y ansiedad se apoderó de sus debilitados huesos.

Como pudo se levantó de su cama, lavó su cara y se acomodó una túnica negra de cuello blanco, como acostumbraba hacer. Los oficios religiosos le esperaban y una pequeña cantidad de fieles le aguardaban en frente al recinto que servía de templo: una casa no muy grande de claro estilo inglés, un poco contradictorio pero que no se presentaba como una ironía digna de hilaridad, bien al contrario, pasaba desapercibida por los habitantes de este sector de Edimburgo.

El de hoy era un rito de bautismo, uno de los sacramentos más importantes según el credo presbiteriano y muchos jóvenes aguardaban con gris y parca ansiedad, su ingreso oficial a la iglesia de sus padres. Ya todo estaba dispuesto.

Al salir de sus aposentos, Ernest se vio frente a frente con lo que pensó, era la imagen de la muerte hecha humanidad, sin embargo, su larga experiencia en la vida le había enseñado a no perder la compostura en ningún momento, sea cual fuere.

- Míster -Increpó la anciana con sus ojos grisáceos dirigiéndose a dos lugares diferentes al mismo tiempo - Cuando descubra que el león viene por usted, no se entregue a la cruz... mejor... escúpala y las garras le dejarán ir.

Más allá de lo dicho, fue la atmósfera y la repugnante y maloliente anciana, lo que le habían revuelto las entrañas. Sin embargo, con un esfuerzo, esbozó una sonrisa socarrona y dejó de lado a este ser, salido al parecer, de los cuentos de M. R. James.

Este asunto quedó olvidado en la memoria del presbítero cuando frente a su templo, notó a dos señores que no eran fieles de su iglesia, al menos eso pensó Ernest ya que siendo pocos los recordaría a todos fácilmente. Supuso que pasaría lo que habría de pasar y nada más.

El Presbiterianismo dice que la predestinación es un dogma del que nadie se puede salvar.


El anterior es el primero de una serie de relatos de ficción histórica, lo que es decir, narraciones imaginarias fuertemente ligadas a hechos históricos reales.

martes, 22 de abril de 2008

Los niños del conjunto

Segunda entrega


Cuando Fernando supo que había patrullas de la policía en el conjunto corrió hacia allí para saber lo que pasaba. Nunca se está excento de sufrir una tragedia. Él llevaba más de dos décadas viviendo en ese lugar y salvo un par de incidentes por volumen alto o por escandalosas llegadas tarde en noche de copas, jamás se había visto la necesidad de fuerza pública.

Fernando se desempeñaba como profesor en un colegio público a pocas cuadras. Algo así como Institución Educativa Santo Tomás de Aquino, que a pesar de las muchas noticias que salían de allí, contaba con cierto prestigio en el barrio. Fernando rondaba los cuarenta años y la experiencia en el aula le había enseñado más de lo que pudo aprender en sus años de estudiante.
Hoy, Fernando se encontraba con los nervios destrozados... y estaba así desde que se supo lo que había ocurrido con el pequeño Pablo a apenas dos manzanas de ahí. Cuando llegó, encontró con sorpresa que las vecinas no mostraban el típico alboroto propio de un problema de convivencia... al contrario, todas lucían preocupadas, algunas lloraban y los vecinos hablaban enérgicamente unos con otros, pero el ambiente no dejaba de ser triste al unísono que emotivo.
-Pero si yo lo vi ayer, parecía normal... como siempre. - Comentaba una.
- Pero ya ve, así pasa comúnmente, uno nunca se imagina - Respondía la otra.
Fernando no entendía nada, así que se dirigió rápidamente al bloque C, donde la policía estaba concentrada pero antes de que pudiera preguntar algo, un temor profundo se apoderó de él... los gritos y llanto de los vecinos del conjunto le sobrecogieron, un escalofrío recorrió su columna vertebral y se disipó por sus extremidades, paralizándolas: Ante él, se presentaba una camilla y cubierta con una sabana que hace un par de horas era blanca, se encontraba el cuerpo, ya sin líquido vital, de David.
David era un chico de apenas 12 años. Toda una promesa del baloncesto aunque no rendía mucho en el colegio. Sus padres estaban orgullosos de él, siempre acudían al colegio a reuniones, entregas de notas y colaboraban con actividades como bazares y esas cosas que los colegios acostumbran hacer. Pero ayer cuando llegaron, encontraron la puerta del apartamento abierta, el uniforme de David tirado en la sala... y a él, envuelto en su propia sangre que teñía el uniforme del equipo de baloncesto del barrio. Su rostro presentaba una palidez fuera de lo normal, talvez debido a que la sangre que otrora lo irrigaba había escapado rápidamente por dos aberturas inmensas en sus muñecas.
Fernando no pudo mantenerse en pie. Cuando despertó, se encontraba en la sala de su apartamento acompañado por Luz, su esposa y Clemente, el viejo portero del conjunto, que ya había terminado su turno. Al recordarlo todo, Fernando sintió una extraña mezcla de repulsión, preocupación y tristeza... sabía que todo esto no iba a detenerse.

martes, 15 de abril de 2008

Los niños del conjunto

Aura María acababa de llegar a su lugar de trabajo, un apartamento no muy grande en un conjunto cerrado de un lugar céntrico de la ciudad. Uno de esos sitios donde no es peligroso salir, pero es recomendable tener sus precauciones. Aura María es una mujer de unos 50 años, algo obesa y con más canas de las que debería tener alguien de su edad; una mujer que siempre luchó por su vida y su familia, tanto que a pesar del poco estudio que pudo realizar, nunca le faltó trabajo y hoy, cuenta con una buena ubicación como niñera en una familia acomodada.

Eran las seis de la mañana de uno de esos días que parecen no querer dejar ir la noche del todo, que, cubiertos por la niebla, ve cómo los pobres mortales luchan como ratones ciegos contra el frío y la pereza. Uno de esos típicos lunes.

Apenas hubo entrado en el apartamento, se inclinó a recoger el diario que todos los días llegaba media hora antes. Su deber ahora era despertar a Pablo, el único hijo de la familia. Cuando ella llegaba al apartamento todos los días, los señores Cortés, habían salido ya a trabajar: él en un concesionario de autos de una marca conocida y ella era publicista en una agencia que apenas comenzaba a ser nombrada. Les iba bien, pero lamentablemente, trabajaban tanto por Pablo que casi ni lo podían ver... un cupo en un costoso colegio y una mesada administrada por Aura María para útiles, onces y uno que otro premio si el muchacho lo ganaba, era el resumen del amor paternal que éste recibía.
Pablo entraba al colegio a las ocho de la mañana, la ruta lo recogía a las siete y media, y Aura María debía ayudarlo casi en todo a pesar de tener ya once años.

Esa mañana, con extrañeza descubrió que Pablo no estaba en su cama... jamás esto había sucedido, siempre era una lucha intensa el hacer que el pequeño se dispusiera para sus deberes; era altamente improbable que ya se hubiese levantado, sin embargo, sus padres le hubieran avisado si algún otro programa debía seguirse ese día... la duda se apoderó de su mente.

Recorrió el apartamento en busca de respuestas, todo parecía normal... la oscuridad de las cortinas invadía los rincones... pero cuando retiró el velo y la cortina pesada de la habitación del señor y la señora, descubrió horrorizada como dos pequeños pies blancos y pequeños colgaban afuera, golpeando levemente contra el cristal... la tráquea de Pablo se encontraba obstruida por una gruesa soga de halar automóviles, su corazón había dejado de latir hacía más o menos, media hora... Aura María se arrodilló y cubrió su rostro con sus manos temblorosas.

jueves, 9 de agosto de 2007

Ahora

El siguiente texto se creó con el fin de participar en la lectura de escritos de autores universitarios, con motivo del día del idioma en la Facultad.

Ahora
Los recuerdos de aquellas noches cortas, de poco sueño y mucha pasión, seguían rondando en su cabeza como lo habían hecho en su corazón durante años. Se había acostumbrado a ellos, tanto que pensar en otra cosa por más de dos minutos le hacía sobresaltar. Él recorría las calles, como de costumbre, sin fijarse si quiera con quien se encontraba. El día era nublado, uno más de los muchos con estas características que tanto encajaban con su personalidad. En realidad, él amaba estos días fríos.

Después de un largo tiempo de deambular sin rumbo, cruzó la calle y entró en una tienda, pequeña y sucia donde muchos trabajadores se regocijaban después de una dura jornada. Se sentó en una pequeña butaca del fondo y pidió una cerveza.

Cuando la botella tocó su mesa, por en frente de la tienda pasó una mujer, que aunque joven, mostraba los estragos de una vida infeliz. Ella había caminado durante horas buscando una dirección, una de esas que sólo aparecen cuando ya es tarde para acercarse a timbrar. El cansancio se notaba hasta en sus manos, duras como piedras que al igual que acariciar a su hijo, habían golpeado a muchos hombres. Golpes, como el que dio él a la mesa con su puño cerrado al recordar que no podía olvidar y que su vida había quedado en una eterna y dolorosa pausa. Pausa como la que hizo ella en su andar, aprentando los ojos para reconocer a lo lejos, el letrero empañado y mal alumbrado de una buseta: - Sí, la que viene sí es.- musitó para sí misma.

Cuarenta y cinco minutos después llegaría al barrio, y diez minutos después a su casa. En aquella tienda tan solo tres cervezas habían ocupado ese lapso y era momento de retomar el camino hacia ese lugar que aún no conocía; él, como siempre, iba adonde el viento lo empujara. Empujón como el que dio ella a la puerta para asegurarla por dentro, ya que quien la construyó regaló un par de centímetros que ahora generaban un ruido enorme. Enorme como la distancia que ya sumaban los píes de él.

Llegó la noche y con sus pesadas sombras aplastó lo poco que quedaba de su espíritu: ella se había quedado dormida mientras bañaba en cálidas lágrimas el rostro de su hijo también entregado al sueño, y él… él vio cómo la oscuridad y el frío invadieron los rincones de la ciudad mientras buscaba desesperado en el cielo una sola estrella que le diera vida. No la habría de encontrar: los días nublados llevan a noches nubladas, y él amaba a las nubes de día, pero a las estrellas de noche.

Las luces de un bus interdepartamental lo despertaron horas más tarde. No había dormido, sin embargo, despertó al ver pasar este monumental transporte, su sopor fue interrumpido por la idea de abandonar esta ciudad que sus pies conocían pero sus ojos no habían visto. Y ¿por qué no? Ya no había nada que lo atara a este pasado. Pasado del cual huía en este bus el otro, un hombre maduro y lleno de vida, que volvía después de muchos años a la ciudad donde había crecido. Volvió porque sólo aquí había podido tener éxito financiero y el fracaso monetario le habría empujado de regreso.
Ya no hay nada qué hacer por hoy, la noche no permite que algo rompa su impunidad.

Con un leve dolor de cabeza ella abrió los ojos y contempló con alegría ese pequeño rayo amarillo que se colaba por los resquicios de las cortinas rotas, e iluminaban los rastros de pintura de la pared, de la única que el sol se permitía tocar cada mañana. Mañana que no reconoció el otro, que dormido en el paradero continuó su descanso hasta media mañana. Mañana que observó con dolor él, porque sentía en su alma el peso de una nueva esperanza que debía llevar a cuestas porque supo, desde hace muchos días nublados, que con la luz llega y se va la esperanza. Y es más doloroso verla partir que sentirla llegar.

Y ese rayo se combinaba ahora, con la pequeña luz de una veladora que hacía guardia silenciosa frente a la cara inerte e inexpresiva de Santa Marta, que ya se había acostumbrado a ver esta luz de frente todas las mañanas. Quieta y silenciosa como su figura, hasta que se consumía a sí misma, y ella de nuevo, sin falta, habría de encenderla al otro día. Otro día que él no estaba seguro de poder soportar. El tiempo había causado efectos en su rostro otrora juvenil, pero más que el tiempo era esta vida, una vida que no merecía más ser vivida. Y con esta determinación tomó camino, sí, a dónde sea que sus píes lo llevaran.

El otro despertó, su alegría se notó de pronto al ver que la gente corría frente a él sin darse cuenta de nada, gente que piensa que vive pero que muere día a día en la monotonía, ésta era la gente que haría que cualquier negocio suyo se hiciera exitoso, y con esta determinación tomó camino, sí, a buscar esa oportunidad de negocio que lo convirtiera en el acaudalado que un día fue.

Ella llegaría hoy mucho más rápido a la dirección que ayer la evadió, en ése lugar una promesa de trabajo le permitía soñar con un futuro mejor para ella y para su hijo, que debía quedarse sólo únicamente un par de horas, cuestión de ir y volver ¿qué tanto habría de demorarse?

Y ese par de horas se sumó a las que él ya había recorrido desde el amanecer… fatigado y con los píes llagados, decidió sentarse en un banco del parque a tomar un respiro, a veces era más reconfortante que toda una comida. Y a éste parque llegó el otro, porque pensó que podría comenzar vendiendo unos pequeños poemas fotocopiados, mientras conseguía dinero para comprar un alambre, un alicate y adquirir de donde fuera, la habilidad para ponerlos a decir nombres de enamorados que seguramente pagarían por ellos. Y ella se cruzó con los dos, mientras el sueño la había vencido al interior de la buseta.

¡No más! Dijo desesperado él y salió corriendo a cruzar la avenida. ¡Ahora sí! Dijo el otro mientras se dirige hacia una pareja que se disponía a cruzar la calle hacia el parque. ¿Qué pasó? Se preguntó ella cuando el movimiento de la buseta la despertó.

“Un hombre armado se ha subido al vehículo, está nervioso y se le nota alterado” anuncian en el noticiero. Este hombre obligó al conductor a detenerse pero éste al quererse salvar hizo un movimiento brusco que le aseguró una bala en el cráneo, la buseta perdió el control atropellando a un humilde habitante de la calle que vivía de la venta de artesanías menores, la policía tiene acordonada la zona, pero teme que pueda hacerle daño a algún pasajero, por eso no ha actuado ni se ha acercado a aquel hombre que ya se presume muerto.

El tiempo se detuvo mientras una bala atravesó el pequeño espacio al interior de la buseta. Ella quedó con sus ojos abiertos, llenos de sorpresa y tristeza al ver a aquel hombre, que después de borrar su pasado adelantó su futuro de otro balazo. En aquel instante, Santa Marta vio impotente como la luz artificial perdió su verticalidad llenando de calor y humo el pequeño recinto.

Ahora, los tres se han reencontrado, él y sus noches con ella, quien después lo abandonó, ella y el papá de su hijo, aquel que se fue de la ciudad un día sin explicación y sin saber que su fruto había quedado sembrado, y el otro que nunca conoció ese fruto, pero que en un par de horas se unirá también a ellos.
Publicación original del viernes 27 de abril de 2007

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