martes, 22 de abril de 2008

Los niños del conjunto

Segunda entrega


Cuando Fernando supo que había patrullas de la policía en el conjunto corrió hacia allí para saber lo que pasaba. Nunca se está excento de sufrir una tragedia. Él llevaba más de dos décadas viviendo en ese lugar y salvo un par de incidentes por volumen alto o por escandalosas llegadas tarde en noche de copas, jamás se había visto la necesidad de fuerza pública.

Fernando se desempeñaba como profesor en un colegio público a pocas cuadras. Algo así como Institución Educativa Santo Tomás de Aquino, que a pesar de las muchas noticias que salían de allí, contaba con cierto prestigio en el barrio. Fernando rondaba los cuarenta años y la experiencia en el aula le había enseñado más de lo que pudo aprender en sus años de estudiante.
Hoy, Fernando se encontraba con los nervios destrozados... y estaba así desde que se supo lo que había ocurrido con el pequeño Pablo a apenas dos manzanas de ahí. Cuando llegó, encontró con sorpresa que las vecinas no mostraban el típico alboroto propio de un problema de convivencia... al contrario, todas lucían preocupadas, algunas lloraban y los vecinos hablaban enérgicamente unos con otros, pero el ambiente no dejaba de ser triste al unísono que emotivo.
-Pero si yo lo vi ayer, parecía normal... como siempre. - Comentaba una.
- Pero ya ve, así pasa comúnmente, uno nunca se imagina - Respondía la otra.
Fernando no entendía nada, así que se dirigió rápidamente al bloque C, donde la policía estaba concentrada pero antes de que pudiera preguntar algo, un temor profundo se apoderó de él... los gritos y llanto de los vecinos del conjunto le sobrecogieron, un escalofrío recorrió su columna vertebral y se disipó por sus extremidades, paralizándolas: Ante él, se presentaba una camilla y cubierta con una sabana que hace un par de horas era blanca, se encontraba el cuerpo, ya sin líquido vital, de David.
David era un chico de apenas 12 años. Toda una promesa del baloncesto aunque no rendía mucho en el colegio. Sus padres estaban orgullosos de él, siempre acudían al colegio a reuniones, entregas de notas y colaboraban con actividades como bazares y esas cosas que los colegios acostumbran hacer. Pero ayer cuando llegaron, encontraron la puerta del apartamento abierta, el uniforme de David tirado en la sala... y a él, envuelto en su propia sangre que teñía el uniforme del equipo de baloncesto del barrio. Su rostro presentaba una palidez fuera de lo normal, talvez debido a que la sangre que otrora lo irrigaba había escapado rápidamente por dos aberturas inmensas en sus muñecas.
Fernando no pudo mantenerse en pie. Cuando despertó, se encontraba en la sala de su apartamento acompañado por Luz, su esposa y Clemente, el viejo portero del conjunto, que ya había terminado su turno. Al recordarlo todo, Fernando sintió una extraña mezcla de repulsión, preocupación y tristeza... sabía que todo esto no iba a detenerse.

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