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sábado, 13 de mayo de 2023

Bello puerto de mar, mi Buenaventura 2: Piangüita


Caminar cerca al muelle turístico en el Malecón en Buenaventura, es una invitación a que un montón de operadores turísticos y capitanes de pequeñas embarcaciones, se acerquen ofreciendo mil planes y destinos cercanos a la ciudad. Como siempre, es importante tener precaución porque así como hay gente buena y trabajadora, hay personas que buscan sacar provecho ilegal del turista. Yo recomiendo ingresar a las oficinas del Muelle y comprar pasajes o contratar planes, directamente con las pequeñas agencias. 

A propósito de estos planes, los más comunes son los pasadías en las playas de la bahía, aunque hay otros igualmente interesantes, como acercarse vía marítima a los grandes buques, a las grúas del puerto y a toda esta operación. Yo opté por una playa, por supuesto, ya que la geografía maravillosa del lugar lo ameritaba.

Como en otras ocasiones, ya tenía pensada una playa en particular. Aunque no era la más popular en las búsquedas de grupos de viajeros en redes sociales, me pareció interesante por su oferta y sobre todo, por su cercanía, ya que no podía olvidar que solamente tenía un día para visitar la zona. Así que mi elección fue Piangüita
Fuente propia.


Camino al paraíso 

El viaje tomó alrededor de 25 minutos, y algo que me impactó fue ver que estas embarcaciones, tipo lancha rápida, no son dedicadas exclusivamente al turismo, sino que son usadas principalmente por los habitantes de estas playas que van a la ciudad a mercar, a servicios médicos y demás. Por lo tanto, la experiencia seguía siendo muy cultural para mí. 

Grandes y pequeñas embarcaciones dan vida al puerto de Buenaventura. Fuente propia.

Recuerdo especialmente ver desde la lancha, que aunque nos alejábamos de Buenaventura, nos manteníamos siempre siguiendo la línea costera y sus paisajes eran tan variados como hermosos: o bien densa vegetación que hablaba de los inmensos bosques vírgenes del pacífico colombiano; bien hermosas formaciones rocosas con pequeños acantilados que desafían las olas, y cuya erosión constante le da su toque paisajístico característico; o bien, pequeños asentamientos poblados coronados por palafitos, que no son otra cosa que las características viviendas construidas sobre el agua y apoyadas en grandes maderos. Sin lugar a duda, maravillosas postales de esta región. 

Pequeñas poblaciones costeras con casas en palafitos. Fuente propia. 


Uno de estos pequeños poblados, es conocido como Bocana, que fue la única parada de nuestro transporte antes de llegar a destino, y en donde la mayoría de pasajeros locales se bajaron. Este sitio tiene un gran potencial ecoturístico y, como en tantos otros, presenta grandes contrastes entre la miseria y la opulencia de sus habitantes. 
 
¡Por fin, mi playa en el pacífico!

Muy cerca de Bocana, se encuentra la playa de Piangüita: a primera vista, una línea de construcciones de madera, con restaurantes y hospedajes que le dan la cara al mar; y por supuesto, con muchos de sus habitantes ofreciendo sus servicios, particularmente, comida. Como ya era hora de almorzar, me decidí empezar por aquí mi corta estadía en Piangüita. 

Y ahora... ¡a comer!

Muy tradicional es el famoso Coco Loco, que jamás había probado, así que valía la pena celebrar el día, el destino y la alegría consecuente, con esta popular bebida. Eso sí, la recomendación en todos estos paradisiacos sitios turísticos de Colombia, es preguntar por los precios, antes de consumir un producto o un servicio; Esto puede librarnos de experiencias desagradables y viralizaciones en redes sociales.

El popular Coco Loco. Fuente Propia

Por otro lado, es bien sabido que junto al mar, los platos siempre tienden a tener sus frutos como ingrediente principal, así que una buena sopa de pescado será la entrada perfecta. ¿Y el plato fuerte? Claro, pescado también... o al menos eso pensé cuando me ofrecieron piangua como obvia opción. He de reconocer que este nombre solamente representaba para mí, a esta hermosa playa. Con algo de vergüenza, debo seguir admitiendo que, cuando vi un guisado de algo oscuro, con deliciosos aliños y vegetales, creí que se trataba de pescado picado... o algo así. Lo sé... me falta mundo.
 
Sudado de piangua. Fuente propia. 

La piangua realmente es un molusco, muy similar a los mejillones, y aunque son poco conocidos en el centro del país, -que esto me sirva de excusa-, son un apetecido plato en el litoral pacífico de nuestro país, al punto de ser reconocido como parte de la identidad cultural de estos pueblos. Adicionalmente, su valor nutricional es inmenso y su sabor, es una experiencia indescriptible. Definitivamente, agradezco a la vida, y a los habitantes de Piangüita (la playa), la casualidad que me permitió conocer esta delicia del Pacífico.

Tomada de una investigación de Agronegocios e Industria
de Alimentos de la Universidad de los Andes. 

 
Indio comido... 

Era hora de aprovechar el hermoso sol, caminar por una playa increíblemente hermosa y disfrutar las maravillas de la naturaleza en un sitio tan único como paradisiaco. La arena, no tan blanca como las del Caribe, tiene su propio sabor y textura. La infraestructura hotelera y de servicios es bastante buena, pero lo mejor de todo, sin lugar a dudas, fue la tranquilidad de encontrar un espacio verdaderamente disfrutable, esto es, sin el excesivo peso del turismo de impacto depredador, que podríamos encontrar en lugares similares en otras locaciones. 
Piangüita, con su belleza al atardecer. Fuente propia.

Además de todo lo mencionado, hay un aspecto que fue el que definitivamente marcó mi enamoramiento de esta playa, y son las caprichosas formas de la naturaleza, en ese punto donde la tierra encuentra al mar, sin toparse con una playa. Estoy hablando de los increíbles acantilados de la Bahía de Buenaventura y que enmarcan cada una de las playas y caseríos. Un espectáculo que ruge al recibir al agua y que brilla al sentir el sol. 

Acantilados en la Bahía de Buenaventura. Fuente propia.


Hora del regreso

A media tarde, había que decir adiós a este mágico lugar. El regreso a Buenaventura me sorprendió con un malecón cargado de mucho más movimiento que en horas matutinas: familias completas disfrutando los espacios públicos, helados y bebidas frías, pescadores artesanales y bañistas aficionados, todo conjugado para decirle gracias a una ciudad "donde se aspira siempre la brisa pura". 

Quedaba tiempo para una última aventura: ver la magnífica panorámica de la ciudad, del puerto y de la bahía, desde su más icónico mirador, el Faro. Desde este punto me convenzo de la veracidad de las palabras de Patricio Romano Petronio Álvarez Quintero, más conocido como Petronio Álvarez, cuando decía: "Siempre que siento penas en mi poblado, miro tu lindo cielo y quedo aliviado". 

Vista de la Bahía de Buenaventura desde el Faro. Fuente propia.

Vista de la ciudad desde el Faro, a la izquierda, el puerto. Fuente propia.

Vista desde el faro. Fuente propia.

La nostalgia de despedirme de Buenaventura, se atenúa con la alegría de saber que vuelvo a la Sultana del Valle, es hora de regresar a Santiago de Cali. 


Webgrafía

https://agronegocios.uniandes.edu.co/2011/03/investigacion-de-la-piangua-en-el-pacifico-colombiano/
https://www.las2orillas.co/la-piangua-una-delicia-de-la-cocina-tradicional-del-pacifico-litoral/

Letras de:

Mi Buenaventura. Escrita por Petronio Álvarez.
Buenaventura y Caney. Escrita por Jairo Varela (Grupo Niche).

martes, 1 de junio de 2021

Bello puerto de mar, mi Buenaventura

Municipio: #Buenaventura
Departamento: #ValleDelCauca
Fecha: Diciembre de 2019
Visita: 199/1140

En el Bulevar del Centro, un ancla y de fondo, el Palacio Nacional. Fuente propia.



Así como con la mayoría de poblaciones del pacífico colombiano, Buenaventura es fácilmente reconocible por sus muchas características, tanto buenas como no tan buenas. 

Catedral de San Buenaventura. Fuente propia. 

Uno de los deseos que me había acompañado por muchos años, era el de poder conocer el océano Pacífico desde mi país natal, Colombia -irónicamente, había visitado por primera vez playas sobre este océano, en otros países suramericanos, pero nunca desde mi patria. Así que la posibilidad se dio, cuando después de muchos años, tuve la oportunidad de acompañar nuevamente en la cancha del Pascual Guerrero, al América de Cali, el equipo de fútbol que he seguido toda la vida. Por esta razón, y aprovechando la cercanía del puerto con la capital valluna, y por supuesto, habiendo comprado el vuelo de regreso a Bogotá para un día después, decidí que invertiría esta jornada posterior al partido, en conocer el mayor puerto marítimo del país, el Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Ecoturístico de Buenaventura, en el Valle del Cauca. 

Antesala de la Catedral de San Buenaventura. Fuente Propia.

Sabiendo que se trataba de un recorrido de unas dos horas por carretera, podría conocer algo de la ciudad y seguramente, alguna de sus muchas playas paradisiacas, que sin embargo, al parecer no son tan conocidas para muchos colombianos, por lo que, por supuesto, aquí va la invitación para que las visiten y conozcan.

Ya en el bus intermunicipal, me encontré con la cara bella de Colombia, su gente. Gente que iba de Cali a Buenaventura por diversas razones, pero al parecer, solo yo lo hacía por turismo. Su gente "de alegría siempre en el rostro", me llevó a la siguiente gran alegría del viaje, 2 horas, completicas, escuchando salsa. Lo disfruté enormemente. 

Había escuchado historias sobre Buenaventura, su inseguridad, su calor, su humedad, su gente... y debo decir, que después de este cortísimo viaje, quedé ampliamente enamorado de este puerto, a pesar de las evidentes dificultades sociales que se presentan. 

Uno de los íconos de la ciudad es el Faro, ubicado en el Malecón de la Bahía. Fuente propia. 
Me dirigí inmediatamente al centro de la ciudad, tuve la oportunidad de encontrar la Catedral, que no podía tener una advocación diferente que a San Buenaventura. Allí, encontré a un grupo de adolescentes afro acompañadas de una religiosa italiana, que vendían unas artesanías; me contaron sobre su fundación, sobre el trabajo artístico y artesanal que realizan, y como todo lo que recaudan, paga sus estudios de educación superior. Hoy, dos pequeños lienzos adornan la sala de mi casa: no podía irme ese día, sin llevarme algo de esa belleza para mí. 
Los lienzos comprados en la Catedral de San Buenaventura. Fuente propia.


Esta catedral se ubica justo en el Bulevar del Centro, una alameda que adorna este sector de la ciudad, dándole un aire de tranquilidad paisajística que, considero yo, está algo menospreciada por el turismo. Comienza, precisamente en el templo, y termina en el parque José Prudencio Padilla, junto al Hotel Estación (uno de los más icónicos de la ciudad), concentrando en su marco al Palacio Nacional, construido en 1934 y en donde hoy funciona el Palacio de Justicia, y también el Edificio de la Aduana Nacional, de 1930 aproximadamente, y que por supuesto, hoy es administrado por la DIAN. Mucha historia en un par de cuadras. Definitivamente, un lugar para caminar y conocer. 


El cartel de Buenaventura. Al fondo, la inmensa Bahía. Fuente propia.


Buenaventura tiene un gran ícono que aparece en cualquier búsqueda de la ciudad en Google, se trata de su Faro, ubicado en el Malecón Bahía de la Cruz. Aquí, en este lugar, la fotografía obligada es por supuesto, con el inmenso letrero de Buenaventura a solo unos pasos. El malecón es un sitio lleno de vida, con parques y senderos, puestos de venta de artesanías y comidas, el viento y el sonido del mar constantes, y por supuesto, la inmensidad de la Bahía de Buenaventura, que se convierte en una titánica autopista de inmensos buques cargueros, que son humildemente conducidos por pequeños remolcadores que le dan la bienvenida al territorio continental colombiano. 

Inmensas embarcaciones llegan permanentemente al Puerto de Buenaventura. Fuente Propia.

Y allí, en este punto, se encuentra también el Muelle Turístico, el de pequeñas embarcaciones, y el que me permitirá conocer, por ahora, una de las hermosas playas bonaverenses.  Eso será, en el próximo artículo. Hasta entonces. 

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