El siguiente texto se creó con el fin de participar en la lectura de escritos de autores universitarios, con motivo del día del idioma en la Facultad.
Ahora
Los recuerdos de aquellas noches cortas, de poco sueño y mucha pasión, seguían rondando en su cabeza como lo habían hecho en su corazón durante años. Se había acostumbrado a ellos, tanto que pensar en otra cosa por más de dos minutos le hacía sobresaltar. Él recorría las calles, como de costumbre, sin fijarse si quiera con quien se encontraba. El día era nublado, uno más de los muchos con estas características que tanto encajaban con su personalidad. En realidad, él amaba estos días fríos.
Después de un largo tiempo de deambular sin rumbo, cruzó la calle y entró en una tienda, pequeña y sucia donde muchos trabajadores se regocijaban después de una dura jornada. Se sentó en una pequeña butaca del fondo y pidió una cerveza.
Cuando la botella tocó su mesa, por en frente de la tienda pasó una mujer, que aunque joven, mostraba los estragos de una vida infeliz. Ella había caminado durante horas buscando una dirección, una de esas que sólo aparecen cuando ya es tarde para acercarse a timbrar. El cansancio se notaba hasta en sus manos, duras como piedras que al igual que acariciar a su hijo, habían golpeado a muchos hombres. Golpes, como el que dio él a la mesa con su puño cerrado al recordar que no podía olvidar y que su vida había quedado en una eterna y dolorosa pausa. Pausa como la que hizo ella en su andar, aprentando los ojos para reconocer a lo lejos, el letrero empañado y mal alumbrado de una buseta: - Sí, la que viene sí es.- musitó para sí misma.
Cuarenta y cinco minutos después llegaría al barrio, y diez minutos después a su casa. En aquella tienda tan solo tres cervezas habían ocupado ese lapso y era momento de retomar el camino hacia ese lugar que aún no conocía; él, como siempre, iba adonde el viento lo empujara. Empujón como el que dio ella a la puerta para asegurarla por dentro, ya que quien la construyó regaló un par de centímetros que ahora generaban un ruido enorme. Enorme como la distancia que ya sumaban los píes de él.
Llegó la noche y con sus pesadas sombras aplastó lo poco que quedaba de su espíritu: ella se había quedado dormida mientras bañaba en cálidas lágrimas el rostro de su hijo también entregado al sueño, y él… él vio cómo la oscuridad y el frío invadieron los rincones de la ciudad mientras buscaba desesperado en el cielo una sola estrella que le diera vida. No la habría de encontrar: los días nublados llevan a noches nubladas, y él amaba a las nubes de día, pero a las estrellas de noche.
Las luces de un bus interdepartamental lo despertaron horas más tarde. No había dormido, sin embargo, despertó al ver pasar este monumental transporte, su sopor fue interrumpido por la idea de abandonar esta ciudad que sus pies conocían pero sus ojos no habían visto. Y ¿por qué no? Ya no había nada que lo atara a este pasado. Pasado del cual huía en este bus el otro, un hombre maduro y lleno de vida, que volvía después de muchos años a la ciudad donde había crecido. Volvió porque sólo aquí había podido tener éxito financiero y el fracaso monetario le habría empujado de regreso.
Ya no hay nada qué hacer por hoy, la noche no permite que algo rompa su impunidad.
Con un leve dolor de cabeza ella abrió los ojos y contempló con alegría ese pequeño rayo amarillo que se colaba por los resquicios de las cortinas rotas, e iluminaban los rastros de pintura de la pared, de la única que el sol se permitía tocar cada mañana. Mañana que no reconoció el otro, que dormido en el paradero continuó su descanso hasta media mañana. Mañana que observó con dolor él, porque sentía en su alma el peso de una nueva esperanza que debía llevar a cuestas porque supo, desde hace muchos días nublados, que con la luz llega y se va la esperanza. Y es más doloroso verla partir que sentirla llegar.
Y ese rayo se combinaba ahora, con la pequeña luz de una veladora que hacía guardia silenciosa frente a la cara inerte e inexpresiva de Santa Marta, que ya se había acostumbrado a ver esta luz de frente todas las mañanas. Quieta y silenciosa como su figura, hasta que se consumía a sí misma, y ella de nuevo, sin falta, habría de encenderla al otro día. Otro día que él no estaba seguro de poder soportar. El tiempo había causado efectos en su rostro otrora juvenil, pero más que el tiempo era esta vida, una vida que no merecía más ser vivida. Y con esta determinación tomó camino, sí, a dónde sea que sus píes lo llevaran.
El otro despertó, su alegría se notó de pronto al ver que la gente corría frente a él sin darse cuenta de nada, gente que piensa que vive pero que muere día a día en la monotonía, ésta era la gente que haría que cualquier negocio suyo se hiciera exitoso, y con esta determinación tomó camino, sí, a buscar esa oportunidad de negocio que lo convirtiera en el acaudalado que un día fue.
Ella llegaría hoy mucho más rápido a la dirección que ayer la evadió, en ése lugar una promesa de trabajo le permitía soñar con un futuro mejor para ella y para su hijo, que debía quedarse sólo únicamente un par de horas, cuestión de ir y volver ¿qué tanto habría de demorarse?
Y ese par de horas se sumó a las que él ya había recorrido desde el amanecer… fatigado y con los píes llagados, decidió sentarse en un banco del parque a tomar un respiro, a veces era más reconfortante que toda una comida. Y a éste parque llegó el otro, porque pensó que podría comenzar vendiendo unos pequeños poemas fotocopiados, mientras conseguía dinero para comprar un alambre, un alicate y adquirir de donde fuera, la habilidad para ponerlos a decir nombres de enamorados que seguramente pagarían por ellos. Y ella se cruzó con los dos, mientras el sueño la había vencido al interior de la buseta.
¡No más! Dijo desesperado él y salió corriendo a cruzar la avenida. ¡Ahora sí! Dijo el otro mientras se dirige hacia una pareja que se disponía a cruzar la calle hacia el parque. ¿Qué pasó? Se preguntó ella cuando el movimiento de la buseta la despertó.
“Un hombre armado se ha subido al vehículo, está nervioso y se le nota alterado” anuncian en el noticiero. Este hombre obligó al conductor a detenerse pero éste al quererse salvar hizo un movimiento brusco que le aseguró una bala en el cráneo, la buseta perdió el control atropellando a un humilde habitante de la calle que vivía de la venta de artesanías menores, la policía tiene acordonada la zona, pero teme que pueda hacerle daño a algún pasajero, por eso no ha actuado ni se ha acercado a aquel hombre que ya se presume muerto.
El tiempo se detuvo mientras una bala atravesó el pequeño espacio al interior de la buseta. Ella quedó con sus ojos abiertos, llenos de sorpresa y tristeza al ver a aquel hombre, que después de borrar su pasado adelantó su futuro de otro balazo. En aquel instante, Santa Marta vio impotente como la luz artificial perdió su verticalidad llenando de calor y humo el pequeño recinto.
Ahora, los tres se han reencontrado, él y sus noches con ella, quien después lo abandonó, ella y el papá de su hijo, aquel que se fue de la ciudad un día sin explicación y sin saber que su fruto había quedado sembrado, y el otro que nunca conoció ese fruto, pero que en un par de horas se unirá también a ellos.
Después de un largo tiempo de deambular sin rumbo, cruzó la calle y entró en una tienda, pequeña y sucia donde muchos trabajadores se regocijaban después de una dura jornada. Se sentó en una pequeña butaca del fondo y pidió una cerveza.
Cuando la botella tocó su mesa, por en frente de la tienda pasó una mujer, que aunque joven, mostraba los estragos de una vida infeliz. Ella había caminado durante horas buscando una dirección, una de esas que sólo aparecen cuando ya es tarde para acercarse a timbrar. El cansancio se notaba hasta en sus manos, duras como piedras que al igual que acariciar a su hijo, habían golpeado a muchos hombres. Golpes, como el que dio él a la mesa con su puño cerrado al recordar que no podía olvidar y que su vida había quedado en una eterna y dolorosa pausa. Pausa como la que hizo ella en su andar, aprentando los ojos para reconocer a lo lejos, el letrero empañado y mal alumbrado de una buseta: - Sí, la que viene sí es.- musitó para sí misma.
Cuarenta y cinco minutos después llegaría al barrio, y diez minutos después a su casa. En aquella tienda tan solo tres cervezas habían ocupado ese lapso y era momento de retomar el camino hacia ese lugar que aún no conocía; él, como siempre, iba adonde el viento lo empujara. Empujón como el que dio ella a la puerta para asegurarla por dentro, ya que quien la construyó regaló un par de centímetros que ahora generaban un ruido enorme. Enorme como la distancia que ya sumaban los píes de él.
Llegó la noche y con sus pesadas sombras aplastó lo poco que quedaba de su espíritu: ella se había quedado dormida mientras bañaba en cálidas lágrimas el rostro de su hijo también entregado al sueño, y él… él vio cómo la oscuridad y el frío invadieron los rincones de la ciudad mientras buscaba desesperado en el cielo una sola estrella que le diera vida. No la habría de encontrar: los días nublados llevan a noches nubladas, y él amaba a las nubes de día, pero a las estrellas de noche.
Las luces de un bus interdepartamental lo despertaron horas más tarde. No había dormido, sin embargo, despertó al ver pasar este monumental transporte, su sopor fue interrumpido por la idea de abandonar esta ciudad que sus pies conocían pero sus ojos no habían visto. Y ¿por qué no? Ya no había nada que lo atara a este pasado. Pasado del cual huía en este bus el otro, un hombre maduro y lleno de vida, que volvía después de muchos años a la ciudad donde había crecido. Volvió porque sólo aquí había podido tener éxito financiero y el fracaso monetario le habría empujado de regreso.
Ya no hay nada qué hacer por hoy, la noche no permite que algo rompa su impunidad.
Con un leve dolor de cabeza ella abrió los ojos y contempló con alegría ese pequeño rayo amarillo que se colaba por los resquicios de las cortinas rotas, e iluminaban los rastros de pintura de la pared, de la única que el sol se permitía tocar cada mañana. Mañana que no reconoció el otro, que dormido en el paradero continuó su descanso hasta media mañana. Mañana que observó con dolor él, porque sentía en su alma el peso de una nueva esperanza que debía llevar a cuestas porque supo, desde hace muchos días nublados, que con la luz llega y se va la esperanza. Y es más doloroso verla partir que sentirla llegar.
Y ese rayo se combinaba ahora, con la pequeña luz de una veladora que hacía guardia silenciosa frente a la cara inerte e inexpresiva de Santa Marta, que ya se había acostumbrado a ver esta luz de frente todas las mañanas. Quieta y silenciosa como su figura, hasta que se consumía a sí misma, y ella de nuevo, sin falta, habría de encenderla al otro día. Otro día que él no estaba seguro de poder soportar. El tiempo había causado efectos en su rostro otrora juvenil, pero más que el tiempo era esta vida, una vida que no merecía más ser vivida. Y con esta determinación tomó camino, sí, a dónde sea que sus píes lo llevaran.
El otro despertó, su alegría se notó de pronto al ver que la gente corría frente a él sin darse cuenta de nada, gente que piensa que vive pero que muere día a día en la monotonía, ésta era la gente que haría que cualquier negocio suyo se hiciera exitoso, y con esta determinación tomó camino, sí, a buscar esa oportunidad de negocio que lo convirtiera en el acaudalado que un día fue.
Ella llegaría hoy mucho más rápido a la dirección que ayer la evadió, en ése lugar una promesa de trabajo le permitía soñar con un futuro mejor para ella y para su hijo, que debía quedarse sólo únicamente un par de horas, cuestión de ir y volver ¿qué tanto habría de demorarse?
Y ese par de horas se sumó a las que él ya había recorrido desde el amanecer… fatigado y con los píes llagados, decidió sentarse en un banco del parque a tomar un respiro, a veces era más reconfortante que toda una comida. Y a éste parque llegó el otro, porque pensó que podría comenzar vendiendo unos pequeños poemas fotocopiados, mientras conseguía dinero para comprar un alambre, un alicate y adquirir de donde fuera, la habilidad para ponerlos a decir nombres de enamorados que seguramente pagarían por ellos. Y ella se cruzó con los dos, mientras el sueño la había vencido al interior de la buseta.
¡No más! Dijo desesperado él y salió corriendo a cruzar la avenida. ¡Ahora sí! Dijo el otro mientras se dirige hacia una pareja que se disponía a cruzar la calle hacia el parque. ¿Qué pasó? Se preguntó ella cuando el movimiento de la buseta la despertó.
“Un hombre armado se ha subido al vehículo, está nervioso y se le nota alterado” anuncian en el noticiero. Este hombre obligó al conductor a detenerse pero éste al quererse salvar hizo un movimiento brusco que le aseguró una bala en el cráneo, la buseta perdió el control atropellando a un humilde habitante de la calle que vivía de la venta de artesanías menores, la policía tiene acordonada la zona, pero teme que pueda hacerle daño a algún pasajero, por eso no ha actuado ni se ha acercado a aquel hombre que ya se presume muerto.
El tiempo se detuvo mientras una bala atravesó el pequeño espacio al interior de la buseta. Ella quedó con sus ojos abiertos, llenos de sorpresa y tristeza al ver a aquel hombre, que después de borrar su pasado adelantó su futuro de otro balazo. En aquel instante, Santa Marta vio impotente como la luz artificial perdió su verticalidad llenando de calor y humo el pequeño recinto.
Ahora, los tres se han reencontrado, él y sus noches con ella, quien después lo abandonó, ella y el papá de su hijo, aquel que se fue de la ciudad un día sin explicación y sin saber que su fruto había quedado sembrado, y el otro que nunca conoció ese fruto, pero que en un par de horas se unirá también a ellos.
Publicación original del viernes 27 de abril de 2007
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