Segunda entrega (final): Las culpas
En el histórico sector de Grassmarket, se tiene una hermosa vista del Catillo de Edimburgo, coronando la peña que recibe el nombre de Castle Rock y al que se tiene acceso a través de la Calle de los Príncipes, un sendero que sube la peña rodeado de árboles y desde donde se obtiene una gran perspectiva del río.
El presbítero había sido abordado por dos caballeros de la corte de Carlos I, que sin ningún tipo de violencia, lo tomaron de los brazos y sin decir palabra, lo condujeron hacia el castillo.
Ernest no musitó palabra; había llegado el momento de comprobar si los rumores que circulaban en las lóbregas calles de Edimburgo, eran ciertos. Al parecer, aquella firma en el documento rebelde, era el tiquete de ida a las mazmorras del Castillo, el problema estaba en el de regreso.
Era el año de 1638, antes de Mount Mills, 7 firmantes habían desaparecido misteriosamente, o talvez no había tal misterio, el secreto a voces indicaba que el Rey estaba destrás de todo esto.
Al entrar al oscuro recinto, se acabó de repente la amabilidad de los guardias. Al tenerlos plenamente identificados, después de hacerlos entrar ya no había riesgos de equivocaciones. Entre insultos fue conducido a una húmeda celda donde un bulto oscuro en un rincón, era todo lo que rompía la monotonía gris de los muros.
Al ser dejado allí, Ernest se dirigió inmediatamente hacia el lugar donde reposaba aquel montículo envuelto en telas azules o negras, no se distinguía bien por la oscuridad. Al acercarse, el presbítero descubrió que se trataba de un saco, burdamente cosido a partir de una túnica religiosa... A pesar de forzar su mente, no logró determinar a qué comunidad pertenecía: los monasterios era algo que abundaba en Europa. Este saco estaba completamente lleno de huesos humanos, principalmente cráneos y fémures, lo que indicaba que el manejo de los cuerpos de los prisioneros, no era precisamente el más ortodoxo: sufrían mutilaciones hasta después de muertos.

Ernest contempló este frío panorama con aparente calma. Había tenido tiempo de digerir y entender cuál sería su destino por haber sido parte importante del documento de la Alianza Nacional. Ahora, se resignaba a esperar la muerte.
La noche llegó rápido, la oscuridad era directamente proporcional a los gritos que emanaban de las celdas contiguas. Pero así como aparecían de un momento a otro en la noche, así mismo se dispersaban, solo para aparecer de nuevo, pero esta vez más cerca y en otra garganta. No había duda, la noche de la Alianza Nacional había llegado.
Cuando Ernest perdió el conocimiento, sintió que en ese dolor terminaría toda la hazaña de la Alianza; no sospechaba que apenas empezaban los 40 años que duró esta persecución. Cuando ese día de 1679, más de 1200 aliados, entre presbiteros y laicos, sufrirían las mimas torturas y asesinatos que el pacto había conjurado desde el comienzo.
Hoy, en el Grassmarket, en Edimburgo, existe un pequeño recuerdo de lo que fue la Gran Matanza. En el Castillo de Edimburgo, se puede visitar una pequeña exposición.

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