miércoles, 23 de julio de 2008

6 de noviembre

Carlos Mario* cuenta ya con 22 años, orgulloso hijo de un militar colombiano de muchos años de experiencia, quiere seguir los pasos de su padre. Terminó el bachillerato hace unos años y después hacer una carrera técnica aspira a entrar a las filas para emular la exitosa vida militar de su progenitor.

Aunque para el hijo de un militar no debe ser dificil el ingreso a las filas, algo hizo que el proceso esta vez se entorpeciera, un papel más y un documento que faltó, una palanca que no funcionó. En estos trámites, Carlos Mario tuvo que viajar hacia el centro de la capital, más específicamente, a la notaria tercera, en la carrera 8 con calle 12, muy cerca de la Plaza de Bolívar, una de las manzanas más históricas de la República. Una vez finalizado el proceso de sacar copias de un registro civil, Carlos Mario se dirige hacia el sur, hacia el Palacio Liévano, en la mencionada plaza, solo porque alguna vez alguien le dijo que por allí cerca vendían almuerzo corriente muy bueno y muy barato, tal como nos gusta a los colombianos.

Cuando este joven se acercó a la esquina sur occidental del Palacio de Justicia, un anciano indigente se le acerca, le pide una moneda y ante la negativa del muchacho, le dice:

"No sabes cuál es el origen de tu vida, no sabes cuán verdaderamente grande es tu padre, no sabes nada!"

Muchos podríamos pensar que personas como éstas, con sentencias como éstas, no reportan mayor importancia en una ciudad donde la población crecre en cifras alarmantes y la línea de miseria le sigue los pasos de cerca. Sin embargo, Carlos Mario notó algo raro en este sujeto... debajo de su ropa maltrecha tenía un pantalón, viejo sin igual, color caqui, como aquel que usaba su padre, pero además este pantalón venía acompañado de unas botas militares que habían perdido, hace mucho, su brillo. El joven reconoció en esas botas, unas similares que su padre guardaba como una requilia sagrada de algo que había sucedido cuando el estaba por nacer, o talvez, ya había nacido. ¿Quién podría recordarlo con exactitud?

- ¿Quién es usted? ¿Por qué usa esas botas?

- Éstas eran mis favoritas, y lo siguen siendo, las use ese día cuando tu madre te trajo al mundo, muy cerca de aquí.

- jajaja - La sonora risa del joven, le hizo entrar en confianza. - Yo nací en Pereira, mi madre vivía allá y mi papá estaba en un batallón aquí en Bogotá.

- Tu padre no lo conocí, pero sé que nunca fue militar y tu madre... tu madre fue una heroína.

El joven quedó perplejo pero en pocos segundos creyó comprender que todo era un desvarío del viejo.

- Sí, el suboficial Vega se la daba de valiente, pero nunca supo lo que fue ser un héroe.

Al escuchar el apellido de su padre y el que él mismo portaba, Carlos Mario sintió como un escalofrio hizo chocar sus piernas.

- ¿Cómo sabe de él? ¿Quién es usted? - Repitió cada vez más nervioso.

- Mi nombre es Fernando Gámez*, era soldado raso del Batallón Charry Solano, cuando el M-19 se tomó el Palacio, por aquí mismo entraron esos hijueputas. - Dijo señalando la entrada del sótano en el costado occidental de Palacio.

Carlos Mario no supo más que decir, con su vista pidió al anciano que continuara hablando.

- Tu madre se llamó Ana Rosa Castiblanco Torres **, era empleada de la cafeteria de Palacio, ese 6 de noviembre, día de tu cumpleaños. Yo mismo saqué a tu mamá de Palacio. Cuando salí con ella en hombros por la puerta principal, un coronel del ejército nos obligó a subirla a un camión, diciendo "Ojo, con esta malparida, ésta es especial"... Yo mismo la vi, escondida entre los baños de la cafeteria, no era especial, no era guerrillera, era una simple empleada, además, una embarazada no se mete a una toma guerrillera porque quiere. Pero no la quise dejar con ellos, se veía muy mal con esa barriga y en el mismo camión rompió fuente.
Cuando los policías y soldados están en una misión así, creen que tienen el poder de hacer cualquier cosa. Y ese suboficial, Vega... te tomó, solo porque su señora no podía tener hijos, eso dijo, aunque después nos enteramos que había tenido dos hijos más, tus hermanos.

Carlos Mario, había dejado de pensar y sentir hacía unos minutos, simplemente observaba con grandes y esféricos ojos a aquel ser entrado en desgracia. Su historia, por más loca que pudiera ser, era también posible. Su padre se decía a sí mismo, héroe de Guerra por participar en la Retoma.

-Cuando quise denunciar todo lo que estaba pasando, lo que pasó con tu mamá y con los otros desaparecidos, los de arriba me mandaron callar. Por cosas del destino pude salir, no lograron ajusticiarme y hoy, no tengo identidad, no tengo documentos, no tengo servicios de salud ni menos, una pensión de las F.F.A.A. simplemente hago lo que puedo para sobrevivir.

Sin decir una palabra, Carlos Mario sacó un billete de 20 mil pesos y se los dio a Gámez. Dio media vuelta y regresó a casa en un tiempo récord, allí saludó a su madre con un lapidario:
¿Quién soy?

Se trata de Ana Rosa Castiblanco Torres, auxiliar de cocina en la cafetería del Palacio. Ella fue conducida a la Escuela de Caballería, y allí, aún en las angustias del parto, fue obligada a brincar del camión. Luego la llevaron hasta las caballerizas donde la sometieron a torturas hasta quitarle la vida. Para desaparecerla, su cadáver fue lanzado a una fosa común como una N.N (ningún nombre), a pesar de que los oficiales que la secuestraron sabían cuál era su identidad. El Ministerio de Defensa Nacional fue condenado por este crimen el 12 de diciembre del año 2007.

(El Palacio sin máscara - Germán Castro Caycedo)
La anterior es una historia ficticia basada en un hecho de la vida real, cualquier parecido con nombres u otros hechos reales, es coincidencial. Éste es un homenaje a las víctimas inocentes de la fatídica Toma del Palacio de Justicia, ocurrida el 6 y 7 de Noviembre de 1985.

* Nombre ficticio
** Nombre real

1 comentario:

  1. Historias parecidas tenemos a miles por mi tierra, y lamentablemente tampoco son ficticias!
    Un abrazo

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¿Comentarios? Claro, éste es el espacio.

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