Tercera entrega
El asunto ya había aparecido en los noticieros a nivel nacional, el colegio estaba en la mira de la opinión pública y las directivas trataban desesperadamente de tomar medidas al respecto. Los profesores habían sido avisados de tratar el asunto con mucha precaución y sobre todo, de buscar algo de indicios para establecer el porqué de la muerte de estos dos estudiantes del grado séptimo.
Fernando, en un espacio entre clases, se encontraba tomando café con la vista perdida a través de la ventana que daba al parqueadero del colegio.
Fernando, en un espacio entre clases, se encontraba tomando café con la vista perdida a través de la ventana que daba al parqueadero del colegio.
-Lo más triste es que esto va a seguir – Le interrumpió la pesada voz de Justo, el profesor de sociales de bachillerato.
A pesar de haber pensado en lo mismo, Fernando notó algo extraño en las premisas de su colega.
- ¿Por qué, profe? ¿Sabe algo?
- No, si no que digo que los muchachos son muy curiosos y con algo como esto que pasó, les puede dar ganas a otros de hacer lo mismo… y es que salen con unas cosas ahora, estos jóvenes.
- ¿Cosas? ¿Cómo cuáles? – preguntó Fernando con la inquietud creciendo en su interior.
- Pues con todas esas cosas de grupos y ropas y música y esas vainas que se inventan. Respondió ensimismado en su empanada, el profesor de sociales.
Al atardecer, la línea de emergencia de la policía recibía una llamada desde el conjunto cerrado contiguo al colegio, a dos y tres cuadras de las urbanizaciones donde habían sucedido los hechos hace tres y cinco días.
Flor Alba, una profesora de sesiones particulares de baile, decidió llamar a los padres de Paula Martínez, de once años de edad, porque la niña no había llegado a la clase, como acostumbraba hacer todas las tardes después del colegio.
Al atardecer, la línea de emergencia de la policía recibía una llamada desde el conjunto cerrado contiguo al colegio, a dos y tres cuadras de las urbanizaciones donde habían sucedido los hechos hace tres y cinco días.
Flor Alba, una profesora de sesiones particulares de baile, decidió llamar a los padres de Paula Martínez, de once años de edad, porque la niña no había llegado a la clase, como acostumbraba hacer todas las tardes después del colegio.
Cuando el señor Carlos Mario Martínez, dueño de una microempresa de juguetes, recibió la llamada, de inmediato buscó comunicarse con su exesposa, quien estaba a cargo de su hija ese día. Ella no respondió el teléfono porque al parecer, había salido del apartamento. Ella nunca lo hacía con Paula, porque uno de los compromisos pactados en la separación, era la asistencia de la niña a estas clases.
Al no poder comunicarse, decidió ir hasta el apartamento, ubicado en el tercer piso del bloque 1. Carlos Mario entró y recorrió con la vista la sala-comedor, la cocina, los cuartos y el patio de ropas; sólo cuando llegó al baño, encontró a su pequeña hija recostada contra el inodoro, totalmente pálida y con su ropa destrozada. Su inerte rostro reflejaba una lucha desesperada contra ella misma. El interior de su estómago se dispersaba por el suelo en multicolores sustancias… apenas bañadas, de vez en cuando, con un líquido de tono ocre sanguinolento que al parecer, había perdido su capacidad de coagularse.
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