El siguiente escrito fue realizado con fines académicos para la materia Ética General. El tema central de este trabajo son Los Cuatro Libros de Confucio.
Comedia en un acto con dos escenas
Acto único
Toda la historia se desarrolla en el mismo lugar. Un salón de clase de una pequeña escuela, encontramos a la izquierda un modesto escritorio, un pequeño armario y una puerta que da al patio de descanso, atrás un tablero negro de tiza empotrado a la pared con unas palabras sobre valores y a la derecha la puerta que da a la calle.
Escena 1
Entra Eugenio del patio, es un hombre alto, con pinta de bohemio e intelectual, más preocupado por las fuerzas cognitivas del aula que por su propia apariencia.
Eugenio: Ah, un buen día para la enseñanza… terminar la ignorancia es labor no muy barata.
Se dirige al armario y saca un lápiz y una hoja de papel… dentro del armario encuentra un reverbero donde se dispone a preparar café. Interrumpe un niño que entra por la puerta de la calle.
Niño: ¡Profesor, Profesor! Venga, González y Ruiz se están peliando. Apúrese o se van a matar
Eugenio: (mira sin sorpresa) Ya voy… Se les había hecho tarde hoy…
Cuando se dispone a salir oye un estruendo fuera, acto seguido entran los dos protagonistas de la pelea y dos niños más.
Coro: Profe, Profe mire que estábamos jugando y de pronto estalló una bomba…
Otro niño lo interrumpe
Niño 2: ¿Cuál Bomba? Eso era como una granadilla…
El Coro estalla en risas
Niño 3: ¿Granadilla? Usted si es mucho bruto ¿no ve que la granadilla es una fruta de la familia de los bananos?
Eugenio: Bueno, déjenlo ya así. Nicolás, ¿Quién me dijo que estaba peleando?
Nicolás: González y Ruiz, profe.
Eugenio: Bueno entonces todos al patio un momento mientras hablo con ellos.
Coro: Pero profe… y si explota otra bomba…
Eugenio: Tranquilos que dentro de la escuela es el lugar más seguro que podrían encontrar, igual no me demoro.
Los niños salen, se quedan Ruiz, González (quienes hasta el momento han guardado silencio) y Nicolás.
Ruiz: Lo que pasa profe, es que este man me dijo esta mañana que dizque mi papá era un corrompido… y que se meta con mi perro pero no con mi papá.
González: No, profe pero es que Ruiz dijo que mi mamá, mi papá y yo no merecíamos vivir en este pueblo… que no hacíamos nada por nadie, además me echo la madre.
Ruiz: yo no se la eché a ningún lado.
Eugenio: Bueno, tranquilicémonos, primero, Ruiz usted sabe que su papá siendo el alcalde tiene que soportar críticas de todo el mundo y se imagina cómo sería si tuviéramos que callarlos a todos así… no, nos da navidad… y González, ¿usted cree que de verdad ustedes no merecen vivir en el pueblo?
González: Lo que pasa profe, es que mi madrina creo que hace ahí unas cosas raras… pero ni mi papá ni mi mamá hacen nada de eso, todos somos muy sanos.
Eugenio: Bueno, de eso hablamos después… ahora recuerden que hablamos de esto la semana pasada con la clase de frases más interesantes de la historia… por ejemplo, recuerdan quien dijo: “no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti?”
Ruiz: El Chapulín ¿no?
González: (lo mira y se ríe) Sí, yo también lo vi.
Eugenio: sí ya sé, pero me refiero a cuando vimos esa clase aquí en la escuela, la semana pasada…
Ruiz: ah sí, un man chino ¿no? ¿Cómo se llamaba? (se pregunta a sí mismo)… Maosentún?
González: ¿Mao Se Tú? ¿O sea que se llamaba Mauricio?
Los dos ríen.
Ruiz: No, espere, tiene nombre de película de Bruce Lee… Kung fu… King Kong… Karate Kid 4… Kiosco Kepis…. Kunfuncio… ¿no era?
Eugenio: Cerquita… Confucio, ése era su nombre…
Niños: ahhh sí, chévere como un pimpón.
Suena otro estruendo afuera. Eugenio se extraña y se dirige al patio en busca de los demás niños.
Eugenio: (voz fuera de escena) Niños, mejor vayan cada uno a su casa porque no sabemos que vaya a pasar aquí. Es por seguridad.
La orden es seguida por una algarabía de gritos y luego todos los niños pasan del patio a la calle por medio del salón. El ruido se disminuye paulatinamente.
Eugenio se dispone a tomar su café cuando entra de la calle un hombre con la camisa desgarrada y bastante maltrecho, sin embargo no presenta rasgos de alguna herida de gravedad.
Hombre: Eugenio, mi amigo, ayúdeme.
Eugenio: José María, mi hermano ¿qué le pasó?
José María: No pues imagínese que tuve un problema con mi mujer… me echó de la casa…
Eugenio: no diga ¿y eso por qué?
José María: Por tener sed…
Eugenio: Esa sí que no se la creo…
José: Sí, es que me dio sed y me fui a la cantina a beber…
Eugenio: ¿Otra vez borracho? Pero se le advirtió que esta vez María José no se la iba a perdonar
José: Sí, pero ella es todo en mi vida… sin ella no puedo vivir… ya me está haciendo falta
Eugenio: pero María José es una mujer sensata, seguro lo perdonará si usted se compromete con ella…
José: ¿Qué? No, yo me refería a la botella… sin ella no puedo vivir…
Eugenio: bueno, entonces piénselo bien porque a María José no le gusta la botella y creo a la botella tampoco le gusta María…
José: Si, Eugenio… ¿pero puede hablar con ella? Al menos para que me deje sacar algo de ropita… ¿y de casualidad no tiene un alka setlzer?
Eugenio: (busca en el armario) Sí por aquí tengo, tome.
José: (empieza a chuparlo)
Eugenio: ¿No es mejor con un vaso de agua?
José: Nooo y ¿esa bulla quién se la aguanta?
Eugenio: Desde el hombre más pequeño al más humilde todos tienen la obligación de mejorar su propio ser. Eso lo dijo Confucio.
José: ¿Y ese quien es? Ahhh el de la farmacia, si o no? Yo le dije lo del alka setlzer pero que no me fiaba… entonces me tocó coger pa’ca.
Eugenio: No, hombre, Confucio era un filósofo de… no, olvídelo, mejor vaya y hable con su mujer… a lo mejor por lástima lo deja dormir un ratico.
José sale hacia la calle.
Eugenio: éste parece que nunca va cambiar.
Suena otro estruendo
Eugenio: (mira preocupado por la puerta del patio) Eso ya se puso raro… ese sí ya no sonó como mecha’e tejo.
Entra Emilio, un hombre que demuestra estar bastante triste
Eugenio: Emilio, compadre ¿qué le pasó?
Emilio: No, compadre, imagínese. Me echaron del trabajo.
Eugenio: No, pero hoy fue el día de las echadas ¿pero cuénteme que fue?
Emilio: bueno, no me echaron exactamente pero sí me suspendieron
Eugenio: ¿Cómo así? ¿Y qué fue lo que hizo?
Emilio: Bueno, no me suspendieron exactamente, pero sí me llamaron la atención.
Eugenio: (un poco desanimado) Bueno pero por que fue?
Emilio: bueno, no me llamaron la atención exactamente, fue que dijeron unas cosas feas…
Eugenio: (ya sin entusiasmo) ah carachas ¿y que le dijeron?
Emilio: Que no me iban a dejar hacer el negocio con los del papel que dizque porque yo no era de confiar… ¿que tal esos cafres?
Eugenio: ¿de confiar? ¿Por qué? ¿Que había hecho? ¿O dicho?
Emilio: no, pues es que yo me hice amigo de todo el mundo allá cuando entré… pero luego me di cuenta que cada uno tenía su corrillo y que no se podían ni ver entre ellos, y que si quería tenía que escoger con quien me iba… pero decidí, como buen ciudadano y hombre justo que soy… irme con ambos y decirles mentiras sobre el otro grupo… cualquiera hubiera hecho lo mismo ¿no?
Eugenio: (sin interés, mientras coge un periódico con las dos manos y se pone a leer) Sí, me imagino.
Emilio: el caso es que la verdad se supo y ahora estoy sin amigos, y el jefe se enteró y dice que si un hombre no es fiel y sincero con sus amigos tampoco lo será con sus superiores, y por eso no gozara de su confianza…. O algo así
Eugenio: (interesado) ¿eso le dijo? ¡Pero claro! Creo que eso es del segundo libro de Confucio. ¿Ya ve? Sus razones tiene.
Emilio: Pues puede ser pero ¿cómo hago?
Eugenio: Pues también piense en Confucio
Emilio: No, gracias… ya tengo esposa e hijos.
Eugenio: Ah bestia. No, mire, piense en los pensamientos de Confucio… El sabio pretende que sus acciones virtuosas pasen desapercibidas a los hombres, pero día por día se revelan con mayor resplandor; Hermanito, comience a trabajar en serio, sin decirle nada a nadie… y tarde o temprano usted se volverá la mano derecha de su jefe.
Emilio: ¡sí! (solemne) No más lloriquear sobre la leche derramada… de ahora en adelante… ¡por el profesionalismo! … voy a una cafetería cerca de la alcaldía, voy a diseñar un plan de cómo volverme más trabajador, y para eso creo que mejor no voy a trabajar hoy, voy a llamar al jefe. Chao Eugenio.
Eugenio: (decepcionado) Chao Emilio.
Sale Emilio, se tropieza con un hombre medianamente elegante, con traje de paño cruzado y la corbata un poco suelta ya, algo despeinado y con muestras de cansancio.
Hombre: ¡Profesor! Usted sí me debe entender, ¿cierto?
Eugenio: ¡Señor Ruiz! ¿Qué hace usted aquí?
Alcalde: Imagínese guachecito, lo que pasó en esa oficina…. Llegó una chusma furiosa dizque a revocarme el mandato… ¿ah? ¿Que tal? ¡Si ni mujer me revoca el mandato a mí!
Eugenio: ¿y que razones le dieron?
Alcalde: ¡Pues imagínese que dizque dice esa plebe que yo me compré la camionetica con plata de la administración! ¡Ah! Lo puede creer, ¿fulanito? Cuando yo, que voy a andar gastando esa platica que me sirve para mejorar las calles por donde voy a meter mi nueva camionetica…que compré con…. Con… con mucho esfuerzo.
Eugenio: Con todo respeto, Señor alcalde, pero de verdad usted ¿con que compró esa camioneta?
Alcalde: Bueno, eso no viene al caso… el caso es la difamación de que soy objeto… además de la desconfianza hacia el manejo del honorario público…
Eugenio: Será erario público… honorario, es el pago por unos servicios, no, ¿señor funcionario público? (lo dice con cierta picardía)
Alcade: (evasivo) ehh sí, eso quise decir… ¿que tonto soy no? Pero eso tampoco viene al caso, el hecho es que yo soy un hombre muy honrado, que me gusta lo mejor, soy un hombre justo y noble y trabajo solo por el bien de la comunidad. Mejor alcalde que esta eminencia con la cual usted, señor profesor, tiene el honor de entablar conversación en este momento, no pudieron haber escogido, estos plebes hijos de otros plebes.
Eugenio: No hable así, recuerde que el hombre prudente es parco al hablar pero activo al actuar.
Alcalde: que bonito, proverbio chino, ¿será?
Eugenio: Sí, Confucio.
Alcalde: ¿Con quién? (Suena un estruendo) Ahhh, ahí vienen.
Sale directamente hacia el patio. Entra una joven estudiante con un palo y muy agitada, entran también dos hombres acompañándola igualmente agitados.
Joven: Profesor, ¿ha visto a ese gandul badulaque del alcalde? Dígale que tiene que ir a ver cómo le quedó esa camionetica.
Alcalde: (voz fuera de escena) Ayyy no me toquen ese vals porque me matan.
Joven (mira hacia el cielo como buscando la voz, después de un tiempo renuncia a hacerlo y prosigue) Tengo pruebas fehacientes de que ese señor se robó una platica y con eso compró ese carro, ¿que tal el desgraciado…?
Eugenio: Sí, ya oí eso. Ten en cuenta que debemos medir nuestras palabras antes de decirlas.
Acto único
Toda la historia se desarrolla en el mismo lugar. Un salón de clase de una pequeña escuela, encontramos a la izquierda un modesto escritorio, un pequeño armario y una puerta que da al patio de descanso, atrás un tablero negro de tiza empotrado a la pared con unas palabras sobre valores y a la derecha la puerta que da a la calle.
Escena 1
Entra Eugenio del patio, es un hombre alto, con pinta de bohemio e intelectual, más preocupado por las fuerzas cognitivas del aula que por su propia apariencia.
Eugenio: Ah, un buen día para la enseñanza… terminar la ignorancia es labor no muy barata.
Se dirige al armario y saca un lápiz y una hoja de papel… dentro del armario encuentra un reverbero donde se dispone a preparar café. Interrumpe un niño que entra por la puerta de la calle.
Niño: ¡Profesor, Profesor! Venga, González y Ruiz se están peliando. Apúrese o se van a matar
Eugenio: (mira sin sorpresa) Ya voy… Se les había hecho tarde hoy…
Cuando se dispone a salir oye un estruendo fuera, acto seguido entran los dos protagonistas de la pelea y dos niños más.
Coro: Profe, Profe mire que estábamos jugando y de pronto estalló una bomba…
Otro niño lo interrumpe
Niño 2: ¿Cuál Bomba? Eso era como una granadilla…
El Coro estalla en risas
Niño 3: ¿Granadilla? Usted si es mucho bruto ¿no ve que la granadilla es una fruta de la familia de los bananos?
Eugenio: Bueno, déjenlo ya así. Nicolás, ¿Quién me dijo que estaba peleando?
Nicolás: González y Ruiz, profe.
Eugenio: Bueno entonces todos al patio un momento mientras hablo con ellos.
Coro: Pero profe… y si explota otra bomba…
Eugenio: Tranquilos que dentro de la escuela es el lugar más seguro que podrían encontrar, igual no me demoro.
Los niños salen, se quedan Ruiz, González (quienes hasta el momento han guardado silencio) y Nicolás.
Ruiz: Lo que pasa profe, es que este man me dijo esta mañana que dizque mi papá era un corrompido… y que se meta con mi perro pero no con mi papá.
González: No, profe pero es que Ruiz dijo que mi mamá, mi papá y yo no merecíamos vivir en este pueblo… que no hacíamos nada por nadie, además me echo la madre.
Ruiz: yo no se la eché a ningún lado.
Eugenio: Bueno, tranquilicémonos, primero, Ruiz usted sabe que su papá siendo el alcalde tiene que soportar críticas de todo el mundo y se imagina cómo sería si tuviéramos que callarlos a todos así… no, nos da navidad… y González, ¿usted cree que de verdad ustedes no merecen vivir en el pueblo?
González: Lo que pasa profe, es que mi madrina creo que hace ahí unas cosas raras… pero ni mi papá ni mi mamá hacen nada de eso, todos somos muy sanos.
Eugenio: Bueno, de eso hablamos después… ahora recuerden que hablamos de esto la semana pasada con la clase de frases más interesantes de la historia… por ejemplo, recuerdan quien dijo: “no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti?”
Ruiz: El Chapulín ¿no?
González: (lo mira y se ríe) Sí, yo también lo vi.
Eugenio: sí ya sé, pero me refiero a cuando vimos esa clase aquí en la escuela, la semana pasada…
Ruiz: ah sí, un man chino ¿no? ¿Cómo se llamaba? (se pregunta a sí mismo)… Maosentún?
González: ¿Mao Se Tú? ¿O sea que se llamaba Mauricio?
Los dos ríen.
Ruiz: No, espere, tiene nombre de película de Bruce Lee… Kung fu… King Kong… Karate Kid 4… Kiosco Kepis…. Kunfuncio… ¿no era?
Eugenio: Cerquita… Confucio, ése era su nombre…
Niños: ahhh sí, chévere como un pimpón.
Suena otro estruendo afuera. Eugenio se extraña y se dirige al patio en busca de los demás niños.
Eugenio: (voz fuera de escena) Niños, mejor vayan cada uno a su casa porque no sabemos que vaya a pasar aquí. Es por seguridad.
La orden es seguida por una algarabía de gritos y luego todos los niños pasan del patio a la calle por medio del salón. El ruido se disminuye paulatinamente.
Eugenio se dispone a tomar su café cuando entra de la calle un hombre con la camisa desgarrada y bastante maltrecho, sin embargo no presenta rasgos de alguna herida de gravedad.
Hombre: Eugenio, mi amigo, ayúdeme.
Eugenio: José María, mi hermano ¿qué le pasó?
José María: No pues imagínese que tuve un problema con mi mujer… me echó de la casa…
Eugenio: no diga ¿y eso por qué?
José María: Por tener sed…
Eugenio: Esa sí que no se la creo…
José: Sí, es que me dio sed y me fui a la cantina a beber…
Eugenio: ¿Otra vez borracho? Pero se le advirtió que esta vez María José no se la iba a perdonar
José: Sí, pero ella es todo en mi vida… sin ella no puedo vivir… ya me está haciendo falta
Eugenio: pero María José es una mujer sensata, seguro lo perdonará si usted se compromete con ella…
José: ¿Qué? No, yo me refería a la botella… sin ella no puedo vivir…
Eugenio: bueno, entonces piénselo bien porque a María José no le gusta la botella y creo a la botella tampoco le gusta María…
José: Si, Eugenio… ¿pero puede hablar con ella? Al menos para que me deje sacar algo de ropita… ¿y de casualidad no tiene un alka setlzer?
Eugenio: (busca en el armario) Sí por aquí tengo, tome.
José: (empieza a chuparlo)
Eugenio: ¿No es mejor con un vaso de agua?
José: Nooo y ¿esa bulla quién se la aguanta?
Eugenio: Desde el hombre más pequeño al más humilde todos tienen la obligación de mejorar su propio ser. Eso lo dijo Confucio.
José: ¿Y ese quien es? Ahhh el de la farmacia, si o no? Yo le dije lo del alka setlzer pero que no me fiaba… entonces me tocó coger pa’ca.
Eugenio: No, hombre, Confucio era un filósofo de… no, olvídelo, mejor vaya y hable con su mujer… a lo mejor por lástima lo deja dormir un ratico.
José sale hacia la calle.
Eugenio: éste parece que nunca va cambiar.
Suena otro estruendo
Eugenio: (mira preocupado por la puerta del patio) Eso ya se puso raro… ese sí ya no sonó como mecha’e tejo.
Entra Emilio, un hombre que demuestra estar bastante triste
Eugenio: Emilio, compadre ¿qué le pasó?
Emilio: No, compadre, imagínese. Me echaron del trabajo.
Eugenio: No, pero hoy fue el día de las echadas ¿pero cuénteme que fue?
Emilio: bueno, no me echaron exactamente pero sí me suspendieron
Eugenio: ¿Cómo así? ¿Y qué fue lo que hizo?
Emilio: Bueno, no me suspendieron exactamente, pero sí me llamaron la atención.
Eugenio: (un poco desanimado) Bueno pero por que fue?
Emilio: bueno, no me llamaron la atención exactamente, fue que dijeron unas cosas feas…
Eugenio: (ya sin entusiasmo) ah carachas ¿y que le dijeron?
Emilio: Que no me iban a dejar hacer el negocio con los del papel que dizque porque yo no era de confiar… ¿que tal esos cafres?
Eugenio: ¿de confiar? ¿Por qué? ¿Que había hecho? ¿O dicho?
Emilio: no, pues es que yo me hice amigo de todo el mundo allá cuando entré… pero luego me di cuenta que cada uno tenía su corrillo y que no se podían ni ver entre ellos, y que si quería tenía que escoger con quien me iba… pero decidí, como buen ciudadano y hombre justo que soy… irme con ambos y decirles mentiras sobre el otro grupo… cualquiera hubiera hecho lo mismo ¿no?
Eugenio: (sin interés, mientras coge un periódico con las dos manos y se pone a leer) Sí, me imagino.
Emilio: el caso es que la verdad se supo y ahora estoy sin amigos, y el jefe se enteró y dice que si un hombre no es fiel y sincero con sus amigos tampoco lo será con sus superiores, y por eso no gozara de su confianza…. O algo así
Eugenio: (interesado) ¿eso le dijo? ¡Pero claro! Creo que eso es del segundo libro de Confucio. ¿Ya ve? Sus razones tiene.
Emilio: Pues puede ser pero ¿cómo hago?
Eugenio: Pues también piense en Confucio
Emilio: No, gracias… ya tengo esposa e hijos.
Eugenio: Ah bestia. No, mire, piense en los pensamientos de Confucio… El sabio pretende que sus acciones virtuosas pasen desapercibidas a los hombres, pero día por día se revelan con mayor resplandor; Hermanito, comience a trabajar en serio, sin decirle nada a nadie… y tarde o temprano usted se volverá la mano derecha de su jefe.
Emilio: ¡sí! (solemne) No más lloriquear sobre la leche derramada… de ahora en adelante… ¡por el profesionalismo! … voy a una cafetería cerca de la alcaldía, voy a diseñar un plan de cómo volverme más trabajador, y para eso creo que mejor no voy a trabajar hoy, voy a llamar al jefe. Chao Eugenio.
Eugenio: (decepcionado) Chao Emilio.
Sale Emilio, se tropieza con un hombre medianamente elegante, con traje de paño cruzado y la corbata un poco suelta ya, algo despeinado y con muestras de cansancio.
Hombre: ¡Profesor! Usted sí me debe entender, ¿cierto?
Eugenio: ¡Señor Ruiz! ¿Qué hace usted aquí?
Alcalde: Imagínese guachecito, lo que pasó en esa oficina…. Llegó una chusma furiosa dizque a revocarme el mandato… ¿ah? ¿Que tal? ¡Si ni mujer me revoca el mandato a mí!
Eugenio: ¿y que razones le dieron?
Alcalde: ¡Pues imagínese que dizque dice esa plebe que yo me compré la camionetica con plata de la administración! ¡Ah! Lo puede creer, ¿fulanito? Cuando yo, que voy a andar gastando esa platica que me sirve para mejorar las calles por donde voy a meter mi nueva camionetica…que compré con…. Con… con mucho esfuerzo.
Eugenio: Con todo respeto, Señor alcalde, pero de verdad usted ¿con que compró esa camioneta?
Alcalde: Bueno, eso no viene al caso… el caso es la difamación de que soy objeto… además de la desconfianza hacia el manejo del honorario público…
Eugenio: Será erario público… honorario, es el pago por unos servicios, no, ¿señor funcionario público? (lo dice con cierta picardía)
Alcade: (evasivo) ehh sí, eso quise decir… ¿que tonto soy no? Pero eso tampoco viene al caso, el hecho es que yo soy un hombre muy honrado, que me gusta lo mejor, soy un hombre justo y noble y trabajo solo por el bien de la comunidad. Mejor alcalde que esta eminencia con la cual usted, señor profesor, tiene el honor de entablar conversación en este momento, no pudieron haber escogido, estos plebes hijos de otros plebes.
Eugenio: No hable así, recuerde que el hombre prudente es parco al hablar pero activo al actuar.
Alcalde: que bonito, proverbio chino, ¿será?
Eugenio: Sí, Confucio.
Alcalde: ¿Con quién? (Suena un estruendo) Ahhh, ahí vienen.
Sale directamente hacia el patio. Entra una joven estudiante con un palo y muy agitada, entran también dos hombres acompañándola igualmente agitados.
Joven: Profesor, ¿ha visto a ese gandul badulaque del alcalde? Dígale que tiene que ir a ver cómo le quedó esa camionetica.
Alcalde: (voz fuera de escena) Ayyy no me toquen ese vals porque me matan.
Joven (mira hacia el cielo como buscando la voz, después de un tiempo renuncia a hacerlo y prosigue) Tengo pruebas fehacientes de que ese señor se robó una platica y con eso compró ese carro, ¿que tal el desgraciado…?
Eugenio: Sí, ya oí eso. Ten en cuenta que debemos medir nuestras palabras antes de decirlas.
Joven: Sí, las ideas de Confucio, pero llevo más de dos meses midiéndolas y midiendo cuanto se esta enbolsillando Ruiz. Ya no hay pierde. Profe, ya que usted parece ser el único que conoce algo de Confucio aquí… ¿no dice él que resulta totalmente imposible gobernar un pueblo si éste ha perdido la confianza en sus gobernantes?
Eugenio: sí, lo dice y dice también que el ejemplo que da un gobernante a sus gobernados será imitado por estos cuando asciendan al poder, la vaina es el círculo vicioso de tamañas proporciones que se crea, ¿no?
Joven: ajá, por eso hay que revocarle el mandato a ese corrupto corruptor de corrompidos. Por cierto, profe, usted no es el profe de mi ahijado… ¿Pedro Pablo González?
Eugenio: (para sí mismo) ah, claro… ya entendí, (vuelve a la conversación) sí, yo soy.
Joven: usted ha hecho un excelente trabajo, ese muchacho es una pilera y muy trabajador, me imagino que usted tuvo que ver en eso.
Eugenio: no lo sé, supongo. Pero espero que siga así.
Unos de los hombres se acerca a la joven y le dice algo al oído.
Joven: Profe lo dejo, porque seguimos en nuestra búsqueda. Igual, no pensamos hacerle daño, pero creemos que debe explicar muchas cosas.
Eugenio: eso me parece bien, hablen con él.
Salen hacia la calle presurosos. Vuelve y entra el alcalde.
Alcalde: ¿Sabe? Creo que tienen razón, voy a dar la cara y mejor, arreglamos todo esto. No quiero que mi hijo haga cosas de las que se pueda arrepentir sólo por seguir el ejemplo de su padre.
Eugenio: (impresionado) ¿en serio? No lo puedo creer. Pues vaya usted al parque que ahí le deben estar esperando. Espero que no se pierda por el camino.
Alcalde: ¿Cómo me voy a perder si me voy en camioneta?
Eugenio: (intenta decirle algo pero se contiene)
Alcalde sale.
Alcalde (voz fuera de escena): ¡Me quiero volver chango! ¡Mi auto!
Eugenio: (para sí mismo) nada que hacer.
Se baja la luz.
Escena 2
Entra María José, una señora joven, de buen vestir aunque sencilla y modesta.
María José: Profesor… Profesor
Eugenio entra del patio, ropa diferente a la escena anterior.
Eugenio: Doña María José… ¿cómo está? ¿Qué nuevas me trae?
María: No muchas… (señalando las medias que tiene puestas) sólo estas que compré ayer…
Eugenio: no, cuando digo nuevas, me refiero a noticias…
María: haberlo dicho. Pues le cuento que estuve ayer en la audiencia pública con el alcalde. Y decidió conformar un nuevo grupo de trabajo…
Eugenio: ¿ah sí?
María: imagínese, a la señorita… o señora… bueno no sé…
Eugenio: yo tampoco, ni me consta…
María: Adelaida… creo que se llama, la nombraron algo así como tesorera o financiera de la administración, es que esa china es estudiada… creo que es familia de los González, que el chino estudia aquí.
Eugenio: sí, ya sé quién es.
María: y a Emilito, el vecino lo mandaron de la empresa a la alcaldía a hablar con el alcalde, ya que misteriosamente estaba cerquita cuando pasó todo. ¿Tan raro cierto? Cuando se supone que tenía que estar trabajando… bueno, pero es que así es él… ¡más juicioso!
Eugenio: sí, juiciosísimo.
María: (lo ignora) Y parece que consiguió un contrato de la empresa con la administración, ahora el jefe lo adora. Al menos eso me contó su señora.
Eugenio: ¿mi señora?
María: No, hombre, la suya no, La de él. Y pues imagínese que mi esposo anoche llegó temprano
y sobrio… ya no me acordaba de las maravillas que hace ese hombre en ese estado… (dice como recordando y acalorándose)
Eugenio: (apenado) No, mejor no se acuerde y siga contándome.
María: Y dijo que había aprendido una lección, y que prefería no volver a tomar que pasar otra noche por fuera. Parece que no vuelve a ser vicioso.
Eugenio: Dice Confucio que sólo puede ser calificado como "vicioso" el que comete un acto deshonroso y no se corrige. Pero si él se ha corregido, quiere decir que es un hombre sabio.
María: sí, pero me sirvió el consejo que me dio una vecina, es duro pero toca castigarlos para que aprendan. También me salió con un cuento de esos cunfundidos que todo el mundo habla, algo como que el castigo es bueno para que un hombre sea fiel.
Eugenio: debe ser que es necesario imponerse castigos cuando convenga. La fidelidad no es contraria a una justa corrección. Y es no “cunfundidos” es Confucio… un filosófo de… no, mejor olvídelo.
María: Imagínese que me dijo que había conseguido trabajo. Ayer con lo del alcalde, pero no me quiso decir de qué… sino que nos veíamos aquí en la escuela a esta hora… ¿lo ha visto profe?
Eugenio: Sí, por ahí lo he visto, no demora en entrar.
María: Oiga, profe, ¿y los niños? ¿No es hora de clase?
Eugenio: sí, pero decidimos hacer un pequeño cambio hoy. Tenemos clases de conducción con una camioneta un poco maltrecha pero buena, que nos donó la administración. Ahí la tenemos en el patio.
María se asoma, observa por unos segundos hacia fuera, mientras Eugenio la mira y sonríe.
María: Chepe María, Papito, ¿usted qué hace aquí?
José María (voz fuera de escena): Le gustó la sorpresa, mamita, es el trabajo que conseguí… (entra sonriente) le enseño a estos niños a conducir… y además gano platica para tomar (María lo mira con desconfianza)… tomarnos unas vacaciones bien bacanas con sumercé. ¿Le gusta la idea o no?
María: ay ole. Usted si que es bien especial, ¿no?
José: ¿Yo? ¡No! El profe Eugenio es el berraco, es la voz de la conciencia de este pueblo pobre de dinero pero rico en valores humanos… Confusaima es todo un lugar para vivir, ¿no profe?
Eugenio: (dice sonriente): No me cabe la menor duda.
Niños: (entran todos y gritan a coro para el público): Realizar cuanto sea para el bien común, ¿No es ésta la mejor forma de generosidad?
Bajan las luces lentamente y cae el
TELÓN
Publicación original en hombredelasleyes.blogspot.com el jueves 16 de noviembre de 2006
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