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Más que nacionalidad y gentilicio

Recientemente mucho se habló sobre la renuncia de Fernando Vallejo a la nacionalidad colombiana. Pero como sucede con todo, bueno o malo, no trascendió en el tiempo y se quedó sólo para aquellos a quienes la noticia nos afectó verdaderamente. Pero este abatimiento no es por perder a un genio escritor, que igual dejó de hablar paisa hace más de veinte años, sino por ver cómo son tantos los que se suman a él, talvez por vergüenza a ser reconocidos como ciudadanos de esta patria tricolor.

Más allá del nacionalismo falso de una manilla de tres franjas en la muñeca derecha, debemos comenzar a conocer el país que nos legó la fortuna, y no digo el destino, porque este término siempre se emplea en connotaciones negativas y nada más positivo que ser colombiano, haber nacido en esta tierra o haber llegado a ella, y amarla como sólo se puede amar toda esa herencia de una hamaca meciendose lentamente en el calor de un llano o una sabana, o de una tarde lluviosa en la montaña, calentada con aguadepanela y almojabana. Todo esto es ser colombiano.
Corresponde ahora el turno a una Oda al país del Norte. A ese lugar donde ocurren cosas tan inverosímiles que dignamente pueden ser sacadas de la pluma de García Márquez (de quien por cierto disfrutaba más cuando era chico, ahora me aburre).
Me encantaría preguntarle a Vallejo si de este país hijueputa, como él mismo lo definió, conoció al menos Caño Cristales, y si alguna vez viajó al Parque Nacional Natural Sanquianga, o si probó una de las paredes de Catedral de Sal en Zipaquirá (patria chica donde me encanta vivir), o si sintió el frío del Parque Nacional El Cocuy. O sin ir tan lejos, sentir cada vez que quisiera el sabor de una bandeja paisa o de un ajíaco. Seguramente Méjico tiene otros platos, también deliciosos, pero sin ese sabor amarillo, azul y rojo, que nos hace dormir tan bien en las noches, o en las tardes si la modorra de un pueblo de más de 20 grados centigrados así lo obliga.
Todas éstas, tareas a realizar durante la vida, y sólo después de conocer todas las maravillas y tesoros colombianos renunciaré a esta nacionalidad, lo bueno es que no me va a alcanzar la vida, para disfrutarlas todas. Según el anterior silogismo: Seré colombiano hasta después de muerto.
Colombia, tierra querida, decía Lucho Bermúdez con una melodía que aún hoy, a los más pequeños colombianitos agrada escuchar. Y es que si no es fácil vivir aquí, dónde más sino en la berraquera nacional, se ve este entrenamiento, dónde más sino en el humor criollo (y por favor, no pensemos en Sábados Felices... ), dónde más sino en el popular rebusque... donde la gente puede ser todo lo que se quiera, pero por encima de todo, no es idiota y hace lo que sea por su familia y por los suyos.
Aquí aún hay libertades y las posibilidades de salir adelante son tantas, que pasan por en frente nuestro sin darnos cuenta. Aquí aún los jóvenes le ceden el puesto a las mujeres embarazadas o con niños de brazos en trasmilenio, donde todavía me alegro de no ver rayones ni escritos en los asientos.
Colombianos de corazón somos muchos, de nacimiento somos más, y de residencia son invaluables. Todos aquellos colombianos que no tienen padres nacionales ni nacieron aquí, que apenas si hablan español o que lo hablan con acento de otro lugar latinoamericano, que vinieron y se quedaron. Vinieron e hicieron familia aquí.
Ahora me pregunto ¿vale la pena ser colombiano? Cierta es esa frase de cajón que dice que en Colombia, los buenos somo más. Seguramente, pero talvez hacemos menos. Y eso debe cambiar. Como dice un correo en cadena que me llegó hace poco, la salvación no está en nuestros dirigientes, (Léase A propósito de RCTV, en este blog) sino en nosotros mismos y en nuestra dedicación y ambición. ¿Cuántas Francias caben en Colombia? ¿Cuántas Holandas o Inglaterras? Ni contar cuantos Japones. Materia prima humana y natural (Remítase a Let Down, vínculo en barra lateral) tenemos suficiente para ser potencia mundial en cualquier aspecto que nos propongamos.
Y con todo esto: Ay, ¡Qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano!
Colombianos, trabajemos siempre y luchemos por esta patria, sólo así seremos más los buenos, y si van quedando malos, que renuncien a su nacionalidad y se vayan a Méjico, porque los buenos nos hemos de quedar siempre en nuestra casa. Y como dice la típica calcomanía de tienda: Aquí no hablamos de la situación del país, aquí estamos bien y mejorando.
Señor Fernando Vallejo, muérete lejos que no queremos que contamines este suelo hermoso.

Publicado originalmente el sábado 26 de mayo de 2007

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