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Rarezas I

Una secuela de Let Down

Las siguientes son historias reales, extraídas del patrimonio cultural familiar y transmitidas por personas que las vivieron. Hoy quiero compartirlas con ustedes. Se ha tratado de mantener fidelidad a tiempos y espacios, de acuerdo a la narración de los hechos. El resto es trabajo del escritor para organizar y realzar las ideas, nada es ficción.


El bebé de mamá

Cementerio de Girardot

Nos ubicamos en el municipio tolimense de Flandes, esta historia fue narrada por mi abuela a mi mamá y ella a mí. Son los principios del siglo XX y Flandes no cuenta aún como entidad territorial autónoma e independiente, por carecer de sitios como la inspección de policía, plaza de mercado, hospital e incluso cementerio. Las casas son pequeñas construcciones de un piso que abarcan un par de habitaciones, un baño y un inmenso solar donde se ubica todo lo demás.

Sucede que en una de estas calles polvorosas y doradas por el intenso sol, una madre comprueba el milagro de la vida al dar a luz a su primogénito, un bebé que a los pocos días encuentra en su cuerpo las secuelas de una enfermedad que no le augura un futuro. También, busca con desesperación tomar leche del pecho de su madre... ella, al saber de su padecimiento le permite saciar su apetito sin restringirle el uso de la manos. Según me cuentan, cuando una madre amamanta a su hijo no debe permitirle que éste la maltrate con su brazos y manos; ella debe disciplinarlo desde ese mismo momento.

Tristemente el niño muere y éste es sepultado en el cementerio de Girardot, ubicado sobre la entrada al municipio por la vía a Melgar. Unos días después del sepelio, la madre vuelve a éste con el fin de arreglar el pequeño sepulcro de la maleza y poner una lápida con el nombre que se quedó sin estrenar, pero descubre horrorizada que del lugar donde su hijo está descansando eternamente sale una mano que pálidamente saluda al sol...

Con los ojos cerrados y reconociendo en ese pequeño fragmento de cadáver al hijo a quien había dado vida, amplió el hueco por donde salía la extremidad y la acomodó de nuevo juento al pecho del infante. Pero esta situación volvióse tan recurrente que la noticia corría por las calles de los dos pueblos separados por el Magdalena.

La madre desesperada no sabía a quien recurrir, cuando recordó al sacerdote que había prestado sus servicios en el bautismo póstumo y posteriores exequias del niño. Aquel personaje no dudo un segundo en darle la solución.

Al amanecer la desconsolada madre regresó al cementerio donde con ojos ahogados por el llanto hizo lo que el sacerdote le había dicho. Al observar aquella mano fuera de su sepultura, ella se inclinó y con una correa (aunque algunos aseguran que fue con un palo) castigó por última vez a ese niño. Fue un castigo como cualquier otro de la época, con regaño y correazo, porque según se dijo en ese entonces, el niño no podría descansar hasta no haber recibido algo de disciplina de su madre.

Lentamente el pequeño antebrazo se fue fundiendo en la putrefacción y mientras era carcomido sucumbía ante la tierra a la cual debía regresar.

Ahora el niño y su madre descansan, porque lo que se debe hacer en vida no da plazo ni tiempo de espera.

Publicado el miércoles 18 de julio de 2007

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