
La voz de los lectores reales pronuncian una sentencia donde los antiguos monjes guerreros eran condenados permanecer en prisión a pan y agua por el resto de sus vidas, para conjurar la herejía que habían cometido.
-¡Todo lo declarado es falso! - irrumpe la impetuosa voz del anciano De Molay -Monseñores, mi hermano y yo protestamos por el uso que se hace aquí de mis palabras de ayer, las cuales no tuvieron otro objeto que el de dar satisfacción al rey de Francia y al Papa, nuestro señor. Y si por esas cosas, reconocidas por todos nosotros para su placer y nuestra obediencia, debemos ir a consumirnos en alguna prisión, entonces declaramos enérgicamente que el Rey y el Papa nos habían asegurado, casi jurado, que ningún daño, fraude o violencia nos resultaría de ello. Siendo así que esto no se ha cumplido, declaramos entonces que nuestras confesiones, obtenidas tanto por tortura como por astucia y engaño, son nulas y no válidas, y no las reconocemos ya como verídicas...
La multitud calla, mientras los soldados reales llevan a los prisioneros de nuevo a sus celdas. La situación se comunicó de inmediato a Felipe El Hermoso, quien en un consejo extraordinario (sin tener en cuenta a clérigo alguno) ordena que los caballeros herejes deben ser quemados vivos al atardecer, éste es el castigo por la reincidencia en el crimen de herejía.
Sin más dilaciones, se preparan las piras, carretas con maderas se dirigen a la plaza donde la multitud ya aguarda ansiosa el macabro espectáculo. Ahora, los prisioneros son llevados en un pequeño bote hasta la isla de los judíos: allí, el fuego no tardaría en consumir sus vidas y con ellas, lo que quedaba de la poderosa Orden.
Godofedro de Charnay, ya yacía en llamas... su cuerpo se estaba desintegrando mientras su
piel se expandía en burbujas. Pero de pronto, una voz se alzó de entre las llamas, era la del Gran Maestre, que hasta el último suspiro defendió su dignidad y la de su Orden:
¡Oprobio! ¡Estais viendo morir a inocentes! ¡El juicio
de Dios caerá
sobre vosotros!
La multitud calló, la atención se concentraba en esa cabeza, ya casi sin forma humana que ardía dentro de ese mar de llamas:
"¡Papa Clemente!..., ¡Caballero Guillermo de Nogaret!... ¡Rey
Felipe!... Antes de un año yo os emplazo para que comparezcáis ante Dios, para
que recibáis vuestro justo castigo. A ti, Felipe, dentro de cuarenta días. A ti,
Clemente, dentro de este año! ¡Malditos hasta la decimotercera generación de
vuestro linaje!"
La voz de Felipe solo la escuchó Monseñor de Valois, a pesar de tener encima los ojos de todos los súbditos reunidos en la plaza:
-He cometid
o un terrible error.
Valios se emocionó
-Reconoceis entonces...
Pero la vos real le interrumpió
-Debí haberle cortado la lengua primero.
Dicho ésto, se dirigió con su corte hacia el interior de su palacio. Lo que quedaba de la otrora Grande y Poderosa Orden de los Caballeros Templarios yacía humeante en una plaza de París.
La maldición no demoro en asir las vidas. Tal cual había sido profetizada se llevó a cabo. Primero fue el Papa, quien la noche del 19 al 20 de abril sintió extrañas fiebres y dolores, que de un momento a otro, no le dieron más que un par de horas de vida. El 29 de noviembre, el Rey Felipe IV caería de su caballo inexplicablemente, ya que era un hábil jinete, sin embargo, nadie se encontraba con él en ese momento, se dijo después que había sufrido un ataque cerebral. Y el otro caso, el guardasellos real, Nogaret, moriría envenenado luego de una serie de intrigas en la corte. Marigny, el tesorero real, fue inculpado de la falsificación del Tesoro; en el mismo patíbulo que mandó construir´se ahogó mientras su garganta era apretada por la soga. La maldición se abría paso.
Uno a uno... Por tres veces la descendencia de Felipe se extinguiría con tres hermanos. Los Capetos, con Luis X el Obstinado, Felipe V el Largo y Carlos IV el Hermoso. Los Valois, con Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Los Borbones, con Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X.
La maldición permaneció en Paris hasta aquel día de enero de 1793 cuando el vigésimo segundo sucesor de El Hermoso, saliera de la Torre del Temple hacia la guillotina que la revolución había preparado. Su hijo, el defín, se envolvería en más misterios de donde salieron todo tipo de leyendas, como la del hombre de la máscara de hierro, lo cierto es que nunca se supo su verdadero paradero. Cuando la cabeza de Luis XVI rodó, se escuchó una voz de entre la multitud:
¡Jacques de Molay, estáis vengado!
hola amigo tu blog esta muyyy bbuueenoo si que me gustan estas historias que narran por aqui de las que no se mucho pero cuando me leo una no se me olvida, indudablemente agragado compa y cualquier cosa en la que pueda ayudarte y cuando tenga tiempo cuente con ello jejeje, salu2 y exitos a tu blog, graciaspor visitarme
ResponderEliminarpero agregueme tambien que una mano lava la otra y junta se lavan las dos jejeje
ResponderEliminarhola tu blogg esta muy bien organizado,,,se ve que te gusta mucho la lectura sigue asi.....
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