Siempre polémico en todo el orbe ha resultado el devenir del conflicto árabe-israelí y más ahora, cuando la primavera árabe y un “renacimiento” de las libertades y la democracia, golpea con fuerza los regímenes autoritarios. Con base en este resurgimiento de nacionalismos árabes y como lucha de un pueblo que se vio atropellado por la historia occidental, Palestina trata hoy de hacerse miembro permanente de la Organización de las Naciones Unidas con voz y voto.
Por supuesto, sus históricos rivales Estados Unidos e Israel están en desacuerdo con la mencionada propuesta. Sus razones, además de la obvia coherencia histórica, pueden tratarse de razones geopolíticas y geoestratégicas en una región que cuenta con sitios claves para el transporte marítimo, la comunicación y la producción de minerales y petróleo. El perder poderío político y eventualmente, militar, en la región puede ser muy perjudicial para las finanzas de la potencia americana. De esta forma, puede ser la Liga Árabe, la que más gane con la aprobación de esta petición, formándose como una potencia estratégicamente posicionada en el mapa, con poder militar y político y con un nacionalismo creciente.
EEUU e Israel, entre otros países que se oponen, argumentan que Palestina no puede ser reconocida como Estado ya que no cuenta con uno de los que en la Convención de Montevideo de 1933, se establecían como elementos fundamentales de un Estado: el territorio; y es que al punto, los territorios palestinos, sus límites históricos y asentamientos, no están claramente definidos ni reconocidos por otros Estados, incluso aquéllos que apoyan su causa.
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