Ella se encontraba un día como cualquier otro, en una ciudad como cualquier otra, a una hora como cualquier otra, con personas alrededor que miran sin ver y escuchan sin oír. Esta ciudad como ninguna otra, caos, desesperación, ganas de huir, pero aún aquí, sin poder creerlo, sin poder huir.
Se encontraba en aquel día como cualquier otro, lleno de caos y desesperación, con rostros confundidos, preocupados, letárgicos, con ganas de correr, de reír, de soñar.
Pero allí estaba con ganas de soñar, de vivir, de amar, cuando se acerca un hombre como cualquier otro, de esos que se cuentan dentro de los siete mil millones que estamos aquí, alto, simple, sin mucho que contar, solo existía, pero para quién, para ella, solo para ella, en ese momento solo existían ellos dos, todo se desvanecía a su alrededor, no existía nadie más, ni el bullicio, ni los niños, ni Dios, solo ellos, ellos dos como uno solo.
¿Cómo el destino los había encontrado, o era acaso coincidencia, o el universo lo había planeado...? No... Eran ellos, solo ellos dos, como uno solo. Aquel azar, aquella tarde, aquel día lluvioso, como cualquier otro, que delicia, que armonía, todo era hermoso para ellos.
No se miraban, solo ellos lo sabían, entendían que eran el uno para el otro, pero no podían hablar, tenían miedo, ese miedo que no nos deja seguir, que no nos deja actuar, maldito miedo, pensaban tal vez.
Cada uno con su miedo, trataban de acercarse con el movimiento, pensando o actuando como si fueran cosas de la física, que sus cuerpos trataban de quedarse donde estaban, tratando de pasar desapercibidos, que el otro no lo notara, pero cada uno lo pensaba, lo intentaba, lo lograba, lo soñaba, su cometido, acercarse más y más.
Sus manos se rozaban poco a poco, milímetro a milímetro, cada segundo contaba, cada respiración, cada movimiento era una forma de acercarse, sus manos sudaban, se encontraban, se soltaban y volvían de nuevo...
Sus miradas se cruzaban con miedo, se iban, venían, con el movimiento... maldito miedo que nos aturde, que no nos deja actuar, pero allí estaban, juntos, inseparables, unidos por las circunstancias, él salía de su casa a esa hora, ella también, necesitaban el mismo autobús, ¿Quién lo diría? nadie lo puede asegurar, eso de las coincidencias, del azar.
Repasaban las estaciones y cada vez su confianza aumentaba, se sentían como uno solo, no les importaba el miedo, se había ido, pero aún quedaba parte de este, que no los dejaba hablar, miradas cruzadas, destinos marcados por las coincidencias del ahora y del después, allí estaban en la ciudad que nunca duerme, que nunca sueña, que nunca despierta, esa ciudad de millones, en donde solo importan dos, esos dos más unidos que nunca, más enamorados que nunca, sin decirse nada, solo tocaban sus manos, sus dedos se movían suavemente, sin saber que pensaba el otro, con miedo al fracaso, con miedo a ser rechazado.
Y pasaba el tiempo tan rápido que ni se daban cuenta del tiempo, del ahora, de sus asuntos, de su dirección, de su motivo en el mundo, nada de eso importaba, por unos minutos se olvidaron de todo, o al menos eso creía ella, y sus manos seguían tocándose tan suavemente, tan delicadamente, tan profundamente, eso parecía amor; amor?
Pero qué es el amor, un sentimiento, un lugar, un momento, para ellos lo era ese momento, y que momento, que momento tan especial, que momento tan lindo, tan puro, tan mágico...
Se acercaban cada vez más al lugar de destino, y cada vez el miedo se desvanecía, sus miradas cruzadas, sus manos más cerca, sus cuerpos más cerca, sin hablarse aún, el miedo, ese miedo que no nos deja actuar, ese maldito miedo...
Y como todo lo que empieza termina, así fue, ella pudo soltar unas palabras, cuantas veces las había dicho antes, pero no le salían, su cuerpo temblaba, su garganta no respondía, su respiración aumentaba, sus palpitaciones descontroladas, como queriendo desaparecer su día, su día lleno de tareas, aquella tarde, aquel día, en aquel autobús como cualquier otro, sin nada que esperar cuando se levantó esta mañana, pensando que iba a ser como cualquier otro, pero no, ese día no, para ninguno de los dos lo era.
Ella pudo decir con mucho esfuerzo - aquí me bajo- sin más ni más.... llegando a su destino y él aún con su mano encima de la de ella, sudorosa, sin poder decir nada, se miraron, y él sin querer soltarle su mano, esa parte de ella, que para él lo era todo, su aroma, lo único que le quedaba de ella, para siempre tal vez.
Se abrieron las puertas, y el tiempo que es relativo, se pasaba tan rápido, ella bajó, sin despedirse, sin mirar atrás, sin más ni más... así como sin importancia, se bajó del autobús, sin decir más, en ese día tan normal para todos, pero no para ellos dos.
Sin mirar atrás, sin pensar si quiera en mirarlo por última vez, sin pensar que él se bajaría con ella. Ese miedo que nos deja actuar, el maldito miedo, ese miedo que no los dejó ni hablar, ni correr, ni mirar, ese miedo que lo dejó petrificado allí, sin poderse mover, sin poder decirle nada, miedo, ese miedo.
Y ahora qué, de nuevo en el mundo real, el sueño había terminado, para siempre, nunca más se volverían a ver, nunca más volvería a tocar sus manos, a soñar con que eran el uno para el otro, sin pensar en nada, sin saber nada, solo importaban ellos dos, cuando el destino o el universo los había unido, ese día como cualquier otro, esa tarde como cualquier otra, ese bus como cualquier otro, que para ellos no se repetirá, y todo por el miedo... el miedo a actuar, a vivir, a soñar.
Super bonito y super romantico! Que rico escribes. Un beso.
ResponderEliminar