Alguna vez me preguntaron que
para qué servía todo aquello del gobierno escolar. Me quedé pensando en una
respuesta satisfactoria para aquella persona y que, por supuesto, no estuviera
distante de lo que yo consideraba. Efectivamente, me tomé unos minutos para
responder. Pero antes de que ustedes sepan lo que yo dije en esa ocasión,
piensen… ¿Qué responderían ustedes ante una pregunta tan confrontadora? Sí, lo sé. No es fácil. Al menos, no al
principio.
No quisiera detenerme a mirar
aspectos puntuales de lo que ha significado este proceso en los colegios del
país. Mejor aún, me gustaría recordar cómo era ese proceso cuando yo mismo (a)
era un (a) estudiante. Sí, ahora lo recuerdo. Fue hace unos años… no muchos,
por cierto, solo unos cuantos. Claro, se trataba de dar cumplimiento a una ley
que nos obligaba a jugar al país chiquito. ¿Y por qué no hacerlo? Teníamos
grupos de amigos que tranquilamente podrían representar nuestros partidos políticos y, por supuesto,
había contradictores y una férrea oposición, es decir, ¿En qué colegio no se
presentan esas pequeñas rivalidades?. También había montones de cosas del
colegio de las que nos gustaba hablar con la fórmula mágica del “Que tal si…”
Ajá, y ¿Qué tal si abrimos una piscina en el coliseo en lugar de esa cancha de
Volley? ¿Y qué tal si alfombramos los corredores? Servirían para caminar
descalzos (as). ¿Y qué tal si hacemos que haya un tubo transportador desde las
casas hasta el colegio? Genial, no nos mojamos nunca y no llegaríamos tarde,
bueno, la mayoría.
Y así pasábamos descansos enteros
hablando de lo que podríamos hacer en el colegio como pequeños Julios Vernes
escolares. Pero claro, al momento de la verdad, al momento de lanzarse, sólo
unos pocos valientes postulaban su nombre. Era entonces el momento de las
filiaciones políticas, muchas veces, lo reconozco, por motivos de entrañable
amistad o de medianas apatías que nunca faltan.
Y ocurría el primer milagro, salían al ruedo un sinnúmero de propuestas
tan sensatas y atrevidas, tan básicas y tan complejas, tan útiles y tan
triviales, que solo un desconocido colegio en la no tan lejana Macondo, podría
superarlas. Sí, era toda una feria a la creatividad. Y feria que se respete no
carece de decorado, esa propaganda que cualquier publicista envidiaría.
Ocurría entonces, el segundo
milagro… aquéllos que no tenían esa amistad incondicional con el candidato ni
que lo descartaban por razones personales, llegaban a ese voto ideal, a ese
voto de opinión. No, la verdad me gusta lo que propone… no nos engañemos con
que alarguen el descanso o nos prometan días soleados, pero esas otras ideas
serían geniales. Sí, y de nuevo, ¿por qué no? ¿Por qué no tomar en serio todo
este cuento a ver qué pasa?
Y llegaba el esperado día… que
sin uniforme, que clases normales, que no, que solo media jornada, que a votar
en fila, no, eso no… cada uno a la hora que quiera, como de verdad… Y así, como
de verdad, salía el nombre del ganador, del personero o representante que desde
ahora, tendría más popularidad simplemente porque su cara fue tachada con una
equis más veces que las otras caras. Se convertiría en ese puente invisible y
tan necesario, entre nosotros con más voz que nunca, y ellos, los que regían
nuestros destinos académicos, quienes a veces, parecían no escuchar, aunque en
realidad, ahora lo sé, sí lo hacían.
Y entonces, el último milagro:
comenzaban a suceder pequeños cambios. Sí, lo recuerdo, esa vez los parlantes
del colegio retumbaron con música rock que abría la emisión de 10 a 10.30 a.m…
efectivamente, la primera promesa había sido cumplida. Ahora teníamos una
emisora.
¿Saben? Ahora que lo pienso,
recuerdo mi respuesta, ya sé para qué sirve todo eso del gobierno escolar.
Sirve para que la voz de aquél que tiene que hablar, sea escuchada. Sirve para
que cosas maravillosas, antes imposibles, ahora sucedan. Sirve, en resumen,
para hacer todo mejor. Y ¿Por qué no?

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