jueves, 27 de junio de 2013

Gobierno escolar... ¿Por qué no?

Alguna vez me preguntaron que para qué servía todo aquello del gobierno escolar. Me quedé pensando en una respuesta satisfactoria para aquella persona y que, por supuesto, no estuviera distante de lo que yo consideraba. Efectivamente, me tomé unos minutos para responder. Pero antes de que ustedes sepan lo que yo dije en esa ocasión, piensen… ¿Qué responderían ustedes ante una pregunta tan confrontadora?  Sí, lo sé. No es fácil. Al menos, no al principio.

No quisiera detenerme a mirar aspectos puntuales de lo que ha significado este proceso en los colegios del país. Mejor aún, me gustaría recordar cómo era ese proceso cuando yo mismo (a) era un (a) estudiante. Sí, ahora lo recuerdo. Fue hace unos años… no muchos, por cierto, solo unos cuantos. Claro, se trataba de dar cumplimiento a una ley que nos obligaba a jugar al país chiquito. ¿Y por qué no hacerlo? Teníamos grupos de amigos que tranquilamente podrían representar  nuestros partidos políticos y, por supuesto, había contradictores y una férrea oposición, es decir, ¿En qué colegio no se presentan esas pequeñas rivalidades?. También había montones de cosas del colegio de las que nos gustaba hablar con la fórmula mágica del “Que tal si…” Ajá, y ¿Qué tal si abrimos una piscina en el coliseo en lugar de esa cancha de Volley? ¿Y qué tal si alfombramos los corredores? Servirían para caminar descalzos (as). ¿Y qué tal si hacemos que haya un tubo transportador desde las casas hasta el colegio? Genial, no nos mojamos nunca y no llegaríamos tarde, bueno, la mayoría.

Y así pasábamos descansos enteros hablando de lo que podríamos hacer en el colegio como pequeños Julios Vernes escolares. Pero claro, al momento de la verdad, al momento de lanzarse, sólo unos pocos valientes postulaban su nombre. Era entonces el momento de las filiaciones políticas, muchas veces, lo reconozco, por motivos de entrañable amistad o de medianas apatías que nunca faltan.  Y ocurría el primer milagro, salían al ruedo un sinnúmero de propuestas tan sensatas y atrevidas, tan básicas y tan complejas, tan útiles y tan triviales, que solo un desconocido colegio en la no tan lejana Macondo, podría superarlas. Sí, era toda una feria a la creatividad. Y feria que se respete no carece de decorado, esa propaganda que cualquier publicista envidiaría. 

Ocurría entonces, el segundo milagro… aquéllos que no tenían esa amistad incondicional con el candidato ni que lo descartaban por razones personales, llegaban a ese voto ideal, a ese voto de opinión. No, la verdad me gusta lo que propone… no nos engañemos con que alarguen el descanso o nos prometan días soleados, pero esas otras ideas serían geniales. Sí, y de nuevo, ¿por qué no? ¿Por qué no tomar en serio todo este cuento a ver qué pasa?

Y llegaba el esperado día… que sin uniforme, que clases normales, que no, que solo media jornada, que a votar en fila, no, eso no… cada uno a la hora que quiera, como de verdad… Y así, como de verdad, salía el nombre del ganador, del personero o representante que desde ahora, tendría más popularidad simplemente porque su cara fue tachada con una equis más veces que las otras caras. Se convertiría en ese puente invisible y tan necesario, entre nosotros con más voz que nunca, y ellos, los que regían nuestros destinos académicos, quienes a veces, parecían no escuchar, aunque en realidad, ahora lo sé, sí lo hacían.

Y entonces, el último milagro: comenzaban a suceder pequeños cambios. Sí, lo recuerdo, esa vez los parlantes del colegio retumbaron con música rock que abría la emisión de 10 a 10.30 a.m… efectivamente, la primera promesa había sido cumplida. Ahora teníamos una emisora.


¿Saben? Ahora que lo pienso, recuerdo mi respuesta, ya sé para qué sirve todo eso del gobierno escolar. Sirve para que la voz de aquél que tiene que hablar, sea escuchada. Sirve para que cosas maravillosas, antes imposibles, ahora sucedan. Sirve, en resumen, para hacer todo mejor. Y ¿Por qué no? 

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